Como parte de las protestas globales, en México marchamos con rabia para exigir el fin de la más grave crisis de violencia de género en el país

 

Opinión  Laura Castellanos
Fuente: WP
Laura Castellanos es periodista feminista que escribe de subversiones, autora del libro ‘Crónica de un país embozado 1994-2018’.

En 2020 participé en las dos protestas de mujeres más multitudinarias y cimbreantes de la historia mexicana: la manifestación del 8 de marzo (8M) en la capital, que sumó más de 200,000 participantes según las convocantes, y el paro económico nacional “Un día sin nosotras” que se realizó un día después, que provocó pérdidas estimadas en 37,000 millones de pesos (1,850 millones de dólares) según la Asociación Mexicana de Dirección de Recursos Humanos.

Como parte de las protestas globales, en México marchamos con rabia para exigir el fin de la más grave crisis de violencia de género en el país, que el COVID-19 solo ha ahondado. El saldo oficial hoy registra más de 20,000 mujeres desaparecidas y 10 asesinadas en promedio cada día.

El confinamiento sofocó el ímpetu de las protestas públicas del feminismo, pero la legitimidad de sus causas y su combatividad e ingenio para defenderlas han irrumpido en la agenda política y de los medios de comunicación, al tiempo que ha expandido y diversificado su base social. Su fuerza lo ha convertido en el movimiento opositor más potente contra el orden patriarcal en México.

 

Asombran sus logros conseguidos en un año. Puso en vilo la candidatura de Félix Salgado Macedonio a la gubernatura de Guerrero, con dos denuncias por violación y tres acusaciones de abuso y acoso sexual; obtuvo la despenalización del aborto en Oaxaca, antes solo vigente en la capital; y legisladoras de todos los partidos han impulsado la inclusión de la paridad de género en 86 leyes, entre ellas la que rige las candidaturas electorales, que deberá cumplirse en los comicios de junio este año.

Salgado Macedonio fue postulado por Morena, el partido del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien lo ha respaldado y redujo su caso a un golpeteo de sus adversarios. El presidente personifica al patriarcado mexicano: desoye a las mujeres; recorta el presupuesto de programas públicos; desdeña las causas de las feministas ­­como la despenalización del aborto; dice que somos manipuladas por los conservadores, y para este 8M mandó blindar Palacio Nacional con una enorme valla metálica, algo nunca antes visto. Sin duda, él es el atizador más porfiado de la rabia en los feminismos que existen en el país.

Es un movimiento amplio de activistas de distintas generaciones, clases sociales, identidades raciales y de género, militancias políticas y formas de pensamiento y acción, en el que también están quienes no se asumen feministas pero comparten sus causas prioritarias: erradicar la violencia y la opresión de género, y la despenalización del aborto.

 

Si bien tal constelación de feminismos comparte una ideología antipatriarcal, no conforma un movimiento social tradicional con jerarquía, líderes encumbrados en riesgo de ser cooptados o perseguidos, agenda de trabajo unificada y un territorio de acción focalizado. Es un movimiento diverso, horizontal, transgresor y autogestivo. Particularmente la cuarta ola feminista. Y eso, precisamente, es lo que desquicia al orden patriarcal.

La cuarta ola es la expresión más frondosa, beligerante y provocadora del movimiento feminista. La conforman decenas de colectivos, autodenominados “colectivas”, que se han multiplicado en los últimos dos años. Les dan vida jóvenes que rondan los 20 y 30 años, el rango de edad más expuesto a la violencia de género.

La omnipresencia del feminismo y la multiplicidad de sus acciones subversivas funcionan como una guerra de guerrillas. En ella, fuerzas irregulares, que pueden ser una sola persona o células, enfrentan a un enemigo de mayor volumen. Lo atacan al unísono o por separado, en un solo punto o de forma dispersa, para desquiciarlo y resquebrajar su superioridad. Estas acciones contra la violencia de género suelen ser expresión de la rabia y la desesperación ante la impunidad.

 

Durante el confinamiento sanitario, por ejemplo, decenas de mujeres rurales de San Pedro Tlanixco, Estado de México, bloquearon una autopista en protesta por la desaparición y asesinato de una adolescente; madres de víctimas se apropiaron de oficinas de la Comisión Nacional de Derechos Humanos para exigir la resolución de sus casos; jóvenes embozadas tomaron el plantel vacío de la escuela Vocacional 4 en la capital para exigir la atención sobre sus denuncias de acoso.

La cuarta ola ganó atención por embozarse de negro y realizar acciones subversivas como el cierre de calles, performances, pintas, cristalazos y destrozos, que después incluyeron tomas de planteles escolares para denunciar a acosadores y la apropiación pacífica de las sedes de los congresos legislativos de Puebla y Quintana Roo para exigir la despenalización del aborto.

Con ello colocaron, inesperadamente, la demanda histórica del feminismo por el derecho al aborto en las agendas legislativas de dos estados. El 2 de marzo el congreso de Quintana Roo la rechazó por 13 votos contra siete, lo cual fue posible porque seis legisladores de Morena votaron en contra o se ausentaron. En Puebla aún no se discute, pero el 25 de febrero fue aprobada otra de las exigencias de las feministas que tomaron el congreso estatal: la Ley Agnes, que reconoce la identidad de género autoapercibida de las personas.

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Otras mujeres han elegido las redes sociales como campo de batalla y algunas han salido triunfantes. Ahí el movimiento #MeToo desató encauzamientos penales contra agresores sexuales como el escritor Andrés Roemer. Y saltó a la plataforma de YouTube cuando la youtuber Nath Campos, desde su canal, hizo pública su denuncia de violación sexual contra el youtuber conocido como Rix, lo que derivó en su arresto y vinculación a proceso.

Pero las victorias son la minoría, porque el pacto patriarcal entre hombres les garantiza un ejercicio de poder supremacista e impune, sea social o desde el aparato de Estado. Así ignora o descalifica las denuncias, intimida o persigue o estigmatiza a las denunciantes, retuerce la procuración de justicia, o violenta sus protestas, como Amnistía Internacional advirtió que sucedió en los estados de Sinaloa, Estado de México, Guanajuato, Chihuahua, Ciudad de México y Quintana Roo.

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Entre un cúmulo de batallas ganadas y perdidas, el feminismo se ha consolidado como el principal movimiento contestatario en México no solo por su accionar coyuntural, también por su análisis histórico sobre la opresión de género y por formular propuestas para eliminarla desde lo institucional, comunitario y personal.

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El que en su interior exista un proceso de redefinición de posturas y conceptos habla de su viveza. Pero la amplitud de colectivas sin una agenda común regional o nacional, difumina su fuerza. Y como cualquier otro movimiento, también tiene contradicciones y pugnas internas, a veces virulentas, que lo desgastan. Su reto es abrir la reflexión y articulación común entre generaciones o posicionamientos distintos. Y espacios de diálogo entre vertientes enfrentadas, como la trans incluyente y excluyente. No olvidemos que el enemigo es el orden patriarcal.

Este 8M no se replicará la marcha asombrosa de 2020, en parte por el confinamiento sanitario, pero también porque ha sido un año de desgaste y desánimo por el incremento de la violencia de género. Algunas saldrán a las calles con belicosidad, otras más se expresarán en las redes sociales o en sus entornos cotidianos. Pero el 8M es en 2021 más que una parada conmemorativa en la lucha contra la violencia patriarcal en México. Hoy nutre nuestra combatividad y esperanza al constatar que no estamos solas. Que de nuevo somos parte de una protesta global de la revolución social del siglo XXI.