OTRO PAÍS

Tomás Tenorio Galindo

Poco a poco empieza a quedar claro que hay un fondo y una lógica en la determinación de Andrés Manuel López Obrador de cancelar la construcción del nuevo aeropuerto en Texcoco. Que no es un simple capricho ni un golpe de autoritarismo. Pero el presidente electo no ha explicado a cabalidad ese fondo, aparentemente porque no encuentra una forma adecuada para hacerlo.

Por esa razón, en reemplazo de las palabras, López Obrador recurrió a los símbolos, que son una clase diferente de palabras, y en el mensaje que puso en circulación el martes de la semana pasada incluyó algunos libros en la escenografía de la videograbación, con intención tan evidente que si la audiencia no se percataba por sí misma, tenía que percatarse porque él mismo volteó varias veces la vista hacia esos libros para llamar la atención hacia ellos. El más visible era ¿Quién manda aquí?, escrito entre otros autores por el ex presidente español Felipe González y que versa sobre los problemas actuales de la democracia. El contenido del libro no parece tener relevancia para el propósito que López Obrador buscaba, sino el título, el simple letrero del título. Habría podido poner detrás suyo una manta que dijera “Aquí mando yo”, pero ese letrero no habría tenido ninguna elegancia. En cambio, el título del libro le permitía decir lo que quería decir, sin decirlo, y con la elegancia que el mensaje requería. El mensaje fue, pues, “aquí mando yo”.

Eso mismo lo dijo también López Obrador de otra manera en el video, ya en su conocido lenguaje: “Serénense, tranquilícense, ya se llevó a cabo un cambio en el país, hay que notificarles a algunos, hay que informarles que ya es otro México y que yo no voy a ser el florero, no estoy de adorno, yo traigo un mandato de los mexicanos, quieren que se acabe, que se destierre la corrupción y la impunidad, y me canso ganso. Vamos a acabar con la corrupción”.

Lo que en términos de poder significa que se acabó el antiguo régimen, caracterizado por el maridaje entre el poder económico y el poder político, la corrupción como eje y motor del sistema político y la creación de fortunas a costa del presupuesto público. En esa perspectiva, el aeropuerto en construcción resume la confluencia de todos esos intereses, y su abrupta interrupción simboliza la muerte de ese régimen.

Para usar una de las imágenes favoritas de López Obrador, se trata de la expropiación del poder hasta ahora secuestrado por los poderes dominantes, políticos y económicos. La analogía con la expropiación petrolera de 1938 aparece naturalmente, incluso por el hecho de que el presidente electo comprometió su palabra ante los empresarios que construyen el aeropuerto de que no perderán un peso cuando se produzca el cese de las obras, pues sus contratos les serán pagados. Así interpreta López Obrador el mandato de la elección, y por eso advierte que no va a ser un florero, como se supone lo fueron los presidentes que lo antecedieron al menos después de Lázaro Cárdenas. Y en eso tiene razón.

Ese es el fondo y la lógica de la cancelación del aeropuerto. A pesar del quebranto financiero que significará para el presupuesto federal la cancelación, es posible que esta decisión adquiera más tarde una dimensión épica y sea vista como un hecho de trascendencia histórica.

Pero López Obrador deberá explicar más, esta y otras decisiones que está tomando y las que adopte en el futuro como presidente. La consulta pública que organizó para brindar cobijo a la cancelación del nuevo aeropuerto era innecesaria, y como fue realizada pareció una farsa destinada a manipular la opinión de los que participaron, más que un ejercicio honrado para recoger la opinión social. Era innecesaria porque efectivamente, ya tenía un mandato expresado en 30 millones de votos y más del 50 por ciento de la votación. Ese es un aval más que suficiente para que el próximo presidente proceda a hacer no lo que se le antoje ni a su capricho, pero sí aquello que ofreció y puso al escrutinio de los electores en su campaña.

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