OTRO PAÍS

Tomás Tenorio Galindo

En un sentido histórico es como si, en su prolongada búsqueda de un cambio, los electores hubieran repuesto este domingo la elección presidencial del año 2000, o la del 2006. En el primer caso porque la alternancia representada por Vicente Fox no significó ningún cambio, y en el segundo porque el triunfo de Felipe Calderón en 2006 fue producto de prácticas fraudulentas y sólo trajo mayores desgracias al país. Respecto a esos dos gobiernos del PAN, con el paso del tiempo se arraigó en la sociedad mexicana una aguda sensación de frustración, agravio y desesperanza, y sobre ese estado de ánimo (más un inocultable pacto de poder con Calderón y la marcha de una poderosa maquinaria de mercadotecnia que no reparó en gastos), se construyó hace seis años la candidatura y la victoria electoral de Enrique Peña Nieto. Y hoy, sobre la frustración y la desesperanza en que naufraga el gobierno de Peña Nieto se levanta el triunfo de Andrés Manuel López Obrador. Un triunfo que implica también la reivindicación plena de la izquierda mexicana.

El origen de la apabullante victoria de López Obrador –cuyo partido se queda con la Presidencia, con la mayoría en el Congreso, con la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México y con cinco gubernaturas– se encuentra en el desencanto social generalizado que despertó el gobierno de Peña Nieto una vez avanzada la segunda mitad del sexenio, y en el extravío y entrampamiento en que cayó el PRI de la mano del presidente, que por mucho es también el entrampamiento que afectó al PAN y que entorpeció la candidatura de Ricardo Anaya hasta inutilizarla. Esa mecánica por sí sola no era suficiente para producir el resultado de la elección presidencial de este domingo, pero abrió el cauce a la pulsión de cambio que latía en la ciudadanía al cabo de dieciocho años de gobiernos frustrantes, y que el candidato de Morena comprendió y supo capitalizar electoralmente.

Sin embargo, es evidente que el López Obrador que ganó la Presidencia no es el mismo de hace 12 años –cuando muy probablemente fue despojado de la victoria mediante maniobras sucias en las que intervinieron el entonces presidente Vicente Fox y el candidato panista Felipe Caderón, acompañados por las cúpulas empresariales–, y ni siquiera el de hace seis, cuando fue derrotado por Peña Nieto en alianza con el entonces presidente Felipe Caderón.

El López Obrador que finalmente conquistó el poder en unos comicios incuestionablemente democráticos se parece mucho a Luiz Inácio Lula da Silva, quien ganó la presidencia de Brasil en 2002 en su cuarto intento, después de una larga travesía y un aprendizaje que le enseñó a enfrentar a las élites políticas y económicas, que lo veían con gran recelo por su origen sindicalista, sus posiciones de izquierda e incluso por su falta de un título de Harvard. Cuando ganó, Lula arrasó.

Como Lula, López Obrador aprendió a enfrentar a las élites políticas y económicas del país. No es exacto decir que al término de dos intentos previos modificó sus posiciones, pues en realidad son las mismas de siempre, pero sí es cierto que recinceló su personalidad política y cuidó las formas y su discurso para concentrarse en el debate de la sustancia. Este elemento quedó de manifiesto durante la campaña, particularmente en el debate por la construcción del nuevo aeropuerto, tema en el que López Obrador pasó de la cancelación a la concesión, de la confrontación a la conciliación con los empresarios. Fue un ejemplo de su capacidad de moderación, que le será indispensable para ejercer el poder.

Esa evolución permitió a López Obrador mantenerse presente a lo largo de estos años y utilizar los grandes errores del gobierno de Peña Nieto como motor de su proyecto político. Los abundantes y graves casos de corrupción gubernamental del sexenio, y el fracaso de la estrategia de seguridad, fueron combustible para la adhesión social que suscitó y fue acrecentando López Obrador conforme pasó el tiempo.

No hay abuso en el señalamiento de que el gobierno de Peña Nieto llevó en hombros a López Obrador hasta la Presidencia, lo que explica el fracaso del discurso que durante más de dos años desarrolló el presidente contra el “populismo”, el fracaso de la estrategia por la que designó candidato a José Antonio Meade, y el hundimiento final sufrido por el PRI en las urnas este 1 de julio.

En la campaña del 2012, López Obrador se vio acorralado por la propaganda que lo etiquetaba como un violento enemigo de las instituciones. Esta vez se repitió esa propaganda, dirigida por Peña Nieto, pero ya no surtió efecto. El descrédito gubernamental, reflejado en la desaprobación ciudadana de 80 por ciento que tiene la administración de Peña Nieto, convirtió en un ejercicio inútil el esfuerzo oficial por frenar la popularidad de López Obrador, en cuya persona fue depositada la posibilidad de alcanzar una mejoría en el país. En busca de un cambio, el electorado se volcó ayer a entregarle la Presidencia a quien se erigió –con credibilidad y autoridad moral— en el representante de ese cambio. Se manifestó ahí el malestar social y el voto de castigo a un gobierno. Un voto de 53 por ciento, que es el estimado anoche por el conteo rápido del INE y que no tiene precedente en elecciones presidenciales del México moderno, es abrumadoramente mayoritario y rotundo, y refleja un mandato claro, inequívoco: la población quiere un gobierno diferente, compromiso que López Obrador deberá honrar en los siguientes seis años. Un atisbo de ello quiso ofrecer López Obrador en su mensaje de anoche tras el anuncio de su victoria por parte del INE, en el que ratificó sus viejos compromisos: primero los pobres, los olvidados y el pueblo indígena; combate a la corrupción; todo con respeto a la ley, y no a una dictadura.

Estampas inéditas

El muy temprano reconocimiento de sus derrotas por parte de José Antonio Meade y Ricardo Anaya, y su disposición a establecer una relación democrática con el gobierno de López Obrador, es un hecho inédito en México y así debe resaltarse. Que antes de las nueve de la noche quedara resuelta la elección presidencial, sin asomo de conflicto, sin las cifras oficiales del INE y sólo con las encuestas de salida dadas a conocer por medios de comunicación, es un paso gigantesco de civilidad política que el país desconocía. Eso anticipa una transición institucional tersa y posiblemente signifique la colocación de la primera piedra de una reconfiguración de la convivencia política y, por mucho, de la vida pública. Ya veremos lo que suceda después en el ejercicio del poder bajo el estilo del nuevo presidente.

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