Martha Cupa León

Conocí a Juan José Arreola en 1986, en una entrevista que le hice sobre Juan Rulfo, quien acababa de fallecer. Nos vimos en un estudio del canal 11, al finalizar un programa en el que él participaba. Me recibió de pie, con su capa inconfundible, su bastón y sus rizos alborotados, aspecto que algunos calificaban de excéntrico, pero que a mí me pareció honorable. Luego de un dolido obituario a la muerte de Rulfo, se deshizo en elogios a la vida y obra de su gran amigo

–¿Cómo era Juan Rulfo? –le pregunté.
–Mozongo y entrambulcado –contestó.
No me pregunten qué significan esos dos adjetivos: no están en el diccionario, ni

Arreola los definió. Al respecto, simplemente me comentó que Rulfo y él tenían un pacto de escritores que consistía en contarse puras mentiras el uno al otro. Luego entrelazó los dedos y miró al suelo, meditativo. Aproveché ese silencio para dirigir la charla hacia él.

–Efectivamente, aprendí a leer “de oídas” –confesó–. Como casi todos los niños, yo también fui a la escuela, pero no concluí la educación primaria porque mi infancia transcurrió en medio del caos provinciano de la Revolución Cristera. Yo era sobrino de curas y, como estaban cerrados los colegios religiosos, no debía ingresar a las aulas oficiales porque si lo hacía me acusaban de hereje.

Fue un joven autodidacta que aprendió el francés con solo ver películas, pero su gusto por la instrucción marchó a la par de la búsqueda del sustento, así que para subsistir, el futuro maestro de las letras tuvo que desempeñar los más singulares oficios: criador fracasado de gallinas, vendedor de sandalias, cobrador, peón, panadero, recitador de cuentos en plazas públicas, y más adelante, profesor de francés, traductor, impresor y corrector de pruebas en el Fondo de Cultura Económica.

El hablar incesante de mi entrevistado trajo a mi mente lo que este le dijo a Federico Campbell en 1971: “Ya casi son 50 años los que llevo de hablar y cuarenta de tratar de escribir, pues desde muy temprano me deleitaba en la melodía verbal…”. Efectivamente, Arreola era un gran conversador, “casi puede decirse que era un conversador excesivo, que no dejaba hablar a los demás, que de pronto era como poseído por el espíritu de la conversación”, como diría Guadalupe Loaeza.

Con la grabadora en la mano, yo no dejaba de admirar al hombre cuya conversación se volvía cada vez más declamatoria, sin dejar de ser agradable e interesante. Había momentos en que me daba la impresión que era un actor interpretando apasionadamente su papel. Recordé también que, cuando Borges regresó a Argentina luego de visitar nuestro país, le preguntaron por Arreola, a lo que respondió: “Sí, lo conocí y conversé con él, me dejó intercalar algunos silencios”.

Adolfo Castañón expresó que la primera imagen que tuvo cuando conoció a Juan José Arreola fue “la de un duende apresurado que atravesaba los patios de la Facultad de Filosofía y Letras con una elegante capa oscura de paño que flotaba tras de él como la sombra de un ave inquieta”. Sin embargo, el prólogo escrito por Jorge Luis Borges para la edición de Confabulario de la colección Tezontle, fue uno de los mejores homenajes que Arreola recibió en vida. Borges afirmó:

Creo descreer del libre albedrío, pero si me obligaran a cifrar a Juan José Arreola en una sola palabra que no fuera su propio nombre, esa palabra estoy seguro sería libertad. Libertad de una ilimitada imaginación regida por una lúcida inteligencia. Desdeñoso de las circunstancias históricas, geográficas y políticas, Juan José Arreola, en una época de recelosos nacionalismos, fija su mirada en el universo en sus posibilidades fantásticas. Que yo sepa, Juan José Arreola no trabaja en función de una causa y no se ha afiliado a ninguno de los pequeños ismos que parecen fascinar a las cátedras y los historiadores de la literatura. Deja fluir su imaginación para deleite suyo y para deleite de todos.

Aprovechando un pequeño silencio del hombre, un momento en el que se quedó viendo al piso, transido de pasión y melancolía, di por terminada la entrevista y con un enorme agradecimiento, admiración y respeto me despedí de él. Desde entonces hasta hoy lo he vuelto a ver en innumerables ocasiones a través de su valioso legado literario.