OTRO PAÍS

Tomás Tenorio Galindo

No es de sorprender la falta de argumentos que exhibió Andrés Manuel López Obrador en la defensa que hizo del nombramiento de Manuel Bartlett en la Comisión Federal de Electricidad, pues no los hay. Ante la ola de indignación y rechazo que esa designación suscitó, incluso dentro del equipo más cercano del presidente electo, López Obrador sólo apeló a su autoridad moral.

López Obrador dijo que Bartlett ha tenido presencia en la defensa del sector energético, y arbitrariamente atribuyó al pensamiento conservador los cuestionamientos contra el ex priista. “Respeto mucho las opiniones de todos los ciudadanos y respeto la opinión de Tatiana (Clouthier), pero no comparto el punto de vista que ellos tienen y lo digo de manera muy respetuosa”, expuso. “Nosotros estamos actuando por un mandato que recibimos que tiene que ver con acabar con la corrupción en el país. Una de las empresas con más corrupción es la CFE”.

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Si esos son los motivos que tuvo para sumar a Bartlett, significa que no encontró a nadie más nacionalista, a nadie más preparado para combatir la corrupción, y a nadie mejor que él para materializar la cuarta transformación en el sector eléctrico, y eso sencillamente es absurdo.

Es obvio que con esa salida, López Obrador se desentendió y evadió el fondo de la cuestión. No es la pericia política ni la aptitud burocrática de Bartlett lo que es cuestionado, sino la turbiedad que lo ha acompañado siempre en el ejercicio de la función pública y que lo sitúa en el extremo opuesto de la moral y la ética que López Obrador reclama como características principales de su gobierno. Tan es así, que ha propuesto la elaboración de una Constitución moral para el país.

Como secretario de Gobernación en el sexenio de Miguel de la Madrid, Bartlett fue el operador del triunfo electoral fraudulento de Carlos Salinas de Gortari en 1988. Aún no se disipan las dudas sobre esa elección, y con razón en la izquierda permanece la convicción de que muy probablemente la ganó Cuauhtémoc Cárdenas. Y no puede olvidarse que en 1984 Bartlett era el jefe del ex director de la Dirección Federal de Seguridad, José Antonio Zorrilla Pérez, cuando éste dirigió el asesinato del periodista Manuel Buendía, por el que fue encarcelado en 1989 después del cambio de gobierno y bajo la presión del gremio periodístico. Persiste la sospecha sobre el papel que tuvo Bartlett en este asesinato, pero lo que sí es un hecho incontrovertible es que el entonces secretario de Gobernación protegió a Zorrilla y lo sacó del país para mantenerlo fuera de la justicia. Sólo por mencionar dos episodios que retratan la personalidad pública de Bartlett.

Tímidamente, la futura secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, dijo que “la responsabilidad del señor presidente electo es nombrar a su gabinete, él sabe y tiene sus razones por las cuales nos ha nombrado a cada uno de nosotros en las diversas posiciones”. En cambio, Tatiana Clouthier, la coordinadora de campaña de López Obrador, dijo sin rodeos que “había mejores opciones”, aunque matizó agregando que el hecho de “que una persona no sea bien recibida, no quiere decir que ya se acabó el país”.

Tatiana Clouthier y su familia conocen muy bien a Bartlett porque como secretario de Gobernación en aquellos años hostigó a su padre, Manuel Clouthier, el empresario sinaloense que revolucionó la política en el PAN y como candidato presidencial panista en 1988 hizo frente común con Cárdenas y Rosario Ibarra de Piedra para encarar la “caída” del sistema en la extinta Comisión Federal Electoral.

Nada de ese historial de Bartlett tomó en cuenta López Obrador a la hora de optar por él para encabezar la CFE. Pero en tanto viejo representante del régimen autoritario del PRI y con un historial así de sucio, el hecho de que Bartlett haya sido incorporado al gobierno de López Obrador es un mensaje que contradice la esencia misma del cambio emanado de las urnas, que sin embargo, el presidente electo usa artificiosamente para justificar su nombramiento. Impensable: ¿Bartlett adalid de la cuarta transformación de López Obrador?

A la muy seria contradicción que significa el nombramiento de Bartlett, debe sumarse el anuncio que el próximo director de la CFE hizo en medio de los cuestionamientos a su designación: dijo que el gobierno lopezobradorista respetará la reforma energética. Como Bartlett no podría haber dicho algo así sin estar autorizado por el presidente electo, debemos preguntarnos si ese anuncio significa lo que parece, y si López Obrador dio un vuelco en la posición crítica que ha mantenido ante las reformas estructurales impulsadas por el presidente Enrique Peña Nieto. Si bien en la campaña López Obrador fue menos contundente sobre la reforma energética que sobre la reforma educativa, lo cierto es que dijo siempre que revisaría con lupa los contratos adjudicados al amparo de la reforma petrolera. Si ahora la postura es de respeto a la reforma energética, entonces ya hubo un cambio.

Lo que a su vez, y como consecuencia lógica, replantea el tema de la relación de López Obrador con Cuauhtémoc Cárdenas, quien por su parte durante las campañas mantuvo su postura de que apoyaría al candidato presidencial que se comprometiera a echar abajo la reforma energética. Unos días antes de las elecciones del 1 de julio, López Obrador visitó a Cárdenas. Y dos días después de las elecciones, Cárdenas visitó a López Obrador e hizo público su apoyo al nuevo gobierno. Eso estimuló la especulación pública sobre el posible nombramiento de Cárdenas en Pemex. Ahora sabemos que quizás nunca existió esa posibilidad, y que el viejo distanciamiento entre ambos podría haber adquirido una mayor profundidad. Porque además de todo lo dicho, que Bartlett sea parte del gobierno del cambio es también una afrenta para Cárdenas.

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