*Hasta que alguna farmacéutica anuncie que ya encontró el antídoto y los gobiernos lo pongan al alcance de todos. 

 

Martha Cupa León

Hoy en todo el mundo vivimos en una igualdad de atroz expectativa: somos testigos de la mortalidad que se difunde. Hombres y mujeres, niños y adultos, ricos y pobres tenemos el mismo temor de contagiarnos de covid-19, más conocida como coronavirus.

Las grandes epidemias estallan repentinamente, como las catástrofes naturales, pero mientras un sismo termina luego de breves sacudidas, las pandemias pueden durar meses. El terremoto finaliza de golpe, sus víctimas mueren o son heridas al mismo tiempo; en cambio, una pandemia tiene un efecto acumulativo: primero son atacados pocos, luego se multiplican los casos, algunos mueren… El número de enfermos y muertos aumenta.

Es como si lucháramos en una guerra mundial contra un enemigo secreto: no lo vemos, no tenemos la certeza de saber cómo vencerlo… Solo tememos ser atacados por él. En la lucha, el coronavirus es el único que ataca, nosotros solo tratamos de huirle.

El contagio hace que las personas se aparten unas de otras: lo mejor es no acercarse demasiado a los demás, mantener por lo menos ese metro y medio que las protege… Pero en un lugar tan denso como la Ciudad de México es difícil, casi imposible, lograr ese espacio entre unos y otros. Entonces salen de la ciudad, pero los gobiernos advierten: las cuarentenas no son vacaciones, sobre todo si el destino son ciudades turísticas; lo que se pretende es evitar las aglomeraciones. 

Los italianos, lo más afectados por esta pandemia, lanzan un mensaje al mundo:  “Cometimos el error de salir de nuestras casas cuando se nos indicó que nos mantuviéramos dentro de ellas para evitar más contagios”. Tomamos conciencia de que esto es importante. Nos encerramos en nuestros hogares y no admitimos a nadie.  

Nos evitamos unos a otros, como ocurrió en 2009 con la influenza. Mantener las distancias se convierte en la principal medida preventiva, casi en la última esperanza para muchos. La expectativa de vida se reduce a mantenerse a distancia de los enfermos, de los que tienen síntomas sospechosos, de los portadores asintomáticos, de todos… 

Los infestados son los más temidos, pero obviamente no los podemos ni debemos atacar: nos apiadamos de ellos; surge o se refuerza la fe en un ser divino: le rogamos que lo cure, que haga lo que no está en nuestras manos; los no contagiados debemos mantenernos alejados de ellos.

Es necesario estar lejos de todos y de cada uno; en algunos casos incluso de los parientes si parecen infectados, de las parejas, de los hijos… La esperanza de sobrevivir convierte al hombre en un ser aislado. ¿Por cuánto tiempo? Por el necesario. Hasta que se erradique el coronavirus, hasta que se detengan los contagios…

Hasta que alguna farmacéutica anuncie que ya encontró el antídoto y los gobiernos lo pongan al alcance de todos. 

Hasta que desaparezca este miedo y surja otro: ¿a la pobreza? Quizás: ojalá dure poco.

Espero sobrevivir a esta pandemia y que también sigan vivos mis seres queridos, mis amigos, mi gente. Y, como ocurre en México, luego reírme de ella con los ingeniosos chistes y memes que seguirán surgiendo. Y, si me enfermo, antes de mi ejecución a manos de ese enemigo invisible, espero sacarle mucha diversión a la vida.