Foto: Alejandra Campos

Roland Topor es un estilista del humor negro y un maestro en el arte de los delirios. Por algo, si no, tiene esa enorme fama, desde los tiempos en que fundó en París el Grupo Pánico

Reseña por Tomás Tenorio

El quimérico inquilino es una vieja novela del francés Roland Topor, un escritor que es cineasta, dibujante, actor y víctima de una fuerte inclinación a realizar trabajos de plomería doméstica en sus ratos libres. 

En Francia se publicó por primera vez en 1964 y a México no parece haber llegado sino veinte años después, en una edición de la firma madrileña Valdemar, por añadidura casi inexistente en las librerías.

Roland Topor es un consumado heredero de Franz Kafka. En esta novela exprime sin piedad el género del humor negro y la locura: es impecable con sus personajes y con los lectores y termina del peor modo posible. Se trata de la historia del enloquecimiento de un pobre hombre que cree que lo quieren matar y se arroja de un quinto piso, va a dar al hospital y allí es visitado por él mismo, como él lo había hecho en efecto tiempo atrás, en un delirante y perfecto circuito narrativo. Pero además de esta novela, Roland Topor ha escrito otros seis o siete libros  de narrativa y es autor también de libros de gráficas y de varias obras de teatro. En el cine ha sido guionista y actor. Son suyos los dibujos de la película El planeta salvaje, sobre un mundo al revés, como en la utopía infantil, donde los seres humanos, pequeños igual que los abatúa de la leyenda africana, son las mascotitas de una raza superior de animales.

Uno de los libros, que sí es conocido en México, es la colección de cuentos Acostarse con la reina y otras delicias, publicada por la Editorial Anagrama en 1982 aunque fueron escritos en los sesenta. Son relatos breves construidos por una imaginación sin límites, irónicos y crueles. Aquí viene la historia de la niña a la que la madre le había prohibido lavarse la cara como hace toda la gente, pero un día de juegos con otras niñas, que brincaban y se echaban agua en la cara, no resistió la tentación de hacerlo, ella también. Cuando levantó la cabeza, en el sitio de los ojos, la nariz y la boca quedaba solamente una pelada redondez de carne. La última línea del cuento dice:” Y la mataron, como a la bestia que era”. Y así son todos, como el de los gambianos que se hacían enterrar vivos sólo para salir en la noche a comerse a los que de veras estaban muertos, o el de los viajeros espaciales que se topan con unos seres cuyo esqueleto semejaba una jaula en la que estaban recluidos.

Roland Topor es un estilista del humor negro y un maestro en el arte de los delirios. Por algo, si no, tiene esa enorme fama, desde los tiempos en que fundó en París el Grupo Pánico con Fernando Arrabal y Alejandro Jodorowsky. El crítico Gabriel Rolin escribió en el diario francés Le Monde, en alguna fecha imprecisa, que Topor presenta ”una imagen invertida de la realidad” . Los objetos y las gentes, dice, en sus libros “se deslizan hacia el absurdo en una convincente pesadilla”. Así es.