“Quien creyó que todo lo que dije fue en serio, es un cándido, y quien creyó que todo fue en broma, es un imbécil.”

 

Martha Cupa León

La gente cuenta que un fantasma recorre Guanajuato. Aseguran que tiene un ojo mágico para ver la realidad y llegar como rayo a sus entrañas. En esta noche fría me dispongo a seguirle los pasos para disfrutar su irreverencia, su mordacidad y desparpajo. 

¿Quién es ese fantasma de nombre impronunciable? Es Jorge Ibargüengoitia, el señor que sigue escribiendo en las mañanas párrafos en los que mezcla chistes y chismes de vidas ajenas, pero muy cercanas a él. Aunque estos nos provoquen risa inquebrantable, debemos leerlos con reserva, ya que, como él mismo dijo sobre sus escritos: “Quien creyó que todo lo que dije fue en serio, es un cándido, y quien creyó que todo fue en broma, es un imbécil.”

La pandemia y niebla gélida de esta noche me deprimen, pero el aliento del escritor guanajuatense impregnado en ese ambiente provinciano me despierta el sentido del humor, el cual “es una concha, una defensa que nos permite percibir ciertas cosas horribles que no podemos remediar, sin necesidad de deformarlas ni de morirnos de rabia impotente”, como él decía.  

Así, siguiendo a Jorge, la ironía me ayuda a percibir con distancia al coronavirus, la pobreza, la corrupción y otras barbaridades para poder sobrellevarlas y de este modo ser capaz de leer: “muerte acumulativa”, “cremación” o “cadáver” sin que se me rompa algo por dentro.

Ese señor de apellido complicado era un escritor simple: jamás impuso nada. Se limitó a narrar sin juzgar, plasmó sus escenarios con pocas pinceladas y fracciones del  universo de su historia. No era afectado en sus expresiones literarias, porque como él mismo decía: “si mis escritos son ingeniosos es porque tengo ingenio, si son arbitrarios es porque soy arbitrario, y si son humorísticos es porque así veo las cosas…”. 

Lo que más le interesaba a Jorge Ibargüengoitia era contar historias, incluso más que sus personajes. Sus novelas, cuentos, obras de teatro, artículos periodísticos y relatos infantiles eran incandescentes, mordaces, plenos de sarcasmo e ingenio. En sus libros predomina la ironía sobre la historia y la vida cotidiana, el humor, la desacralización de lo establecido, lo cual le valió el reconocimiento de miles de lectores en todo el mundo. En su figura las nuevas generaciones de escritores tienen una reserva privada de libertad y de inteligencia. 

En un estudio sobre Ibargüengoitia, el crítico Jaime Castañeda Iturbide dice que “el escritor se burla de la Revolución mexicana en el momento en que todos la veneran. Cuando se escriben libros en contra de las dictaduras de América Latina, el aguafiestas, el insoportable, hace una farsa en la que se igualan los héroes y sus enemigos.”  

Camino por este “manicomio grandote” como Jorge llamó a Guanajuato. Percibo el reconocimiento del que este escritor goza en la actualidad entre sus paisanos, los cuevanenses, porque ahora sabemos que el Cuévano de Estas ruinas que ves es Guanajuato. Llego al monumento al Pípila y percibo nuevamente en el ambiente al fantasma desmitificador de Ibargüengoitia. Recuerdo la anécdota que refiere la escritora Margarita Villaseñor. Jorge la cuestionaba: “¿A poco crees que el Pípila fue un héroe? ¿No se te ocurre pensar que el español rebelde le gritó al indígena humilde: ‘Oye tú, Pípila, échate una losa al lomo y ve a quemar esa puerta’?”.  

Visito el Museo del Pueblo de Guanajuato donde se presenta la exposición documental Los pasos de Jorge Ibargüengoitia en la que a través de algunas de sus obras, hemerografía e imágenes que muestran aspectos de su vida, el público puede acercarse a uno de los escritores más representativos de la literatura mexicana del siglo XX, quien nació aquí en 1928.

Murió el 27 de noviembre de 1983, en un accidente aéreo en Madrid camino al primer Encuentro de Cultura Hispanoamericana en Bogotá, Colombia, invitado por Gabriel García Márquez. Ese día desapareció con Jorge el original de una novela en la que trabajaba y que tenía como título provisional Isabel Cantaba.

Aunque Jorge abarcó varios géneros literarios, “Él se consideraba novelista; lo que le gustaba hacer era escribir novelas”, dice Joy Laville, su esposa. Jorge, por su parte, en su artículo “¿Usted también escribe?’’, aparecido en el periódico Excélsior, afirmó: “Un Lic., un Arq., un Dr., un Ing., antes del nombre, o un ctp después, son signo de que alguien se ha pasado años leyendo libros que nadie leería motu proprio. ¿Pero nosotros? Para escribir novelas no se necesita más que leer novelas que, después de todo, se supone que la gente lee por gusto. Así que además de parásitos superfluos somos hedonistas.”

Termino mi recorrido por Guanajuato, siguiendo los pasos del fantasma que liberó a la literatura mexicana del agobio de la solemnidad. Como yo también soy hedonista, leeré las obras de Jorge, quien es uno de los autores más divertidos, singulares y relevantes de la narrativa hispánica contemporánea.