*La enfermedad de sentenciar es una de las más difundidas entre los hombres, y prácticamente todos se ven aquejados por ella

 

Martha Cupa León

 

El hombre siente la profunda necesidad de clasificar a la gente en dos grupos: “buenos” y “malos”. Los describe como se los imagina o quiere que sean. Los concentra como si debieran luchar entre ellos: solo pueden estar unos contra otros.  

A los primeros los vuelve exclusivos: solo les atribuye características positivas, cualidades, virtudes. Los etiqueta como seres superiores. Obviamente, quien los clasifica se incluye en este grupo. A los malos, por el contrario, los carga de hostilidad, destaca sus defectos o se los endilga. Los considera inferiores. Este proceso tiene el objetivo de crear tensión entre ambos grupos, de volverlos enemigos. 

En grupos pequeños o grandes siempre hay alguien que efectúa esta clasificación dualista: entre hermanos, en la familia política, en el salón de clases, en el pueblo… Y siempre tiene la intención de llevarla más lejos, hasta la hostilidad activa e incluso sangrienta entre las dos mutas.

Luego, quien clasifica se erige como líder de los buenos, para guiarlos y defenderlos de los malos: de los seres inferiores que los hostigan. Les promete una vida mejor si lo siguen y acabará por conducirlos a la guerra con la consigna de exterminar a los malos.

Así surgió Hitler. Clasificó a los judíos como los malos, los inferiores e instigó a los arios, la raza superior, a eliminarlos. Así se originó el holocausto del pueblo judío. 

Así ocurre en nuestras sociedades: el que uno u otro de estos grupos se convierta en una muta exacerbada y se abalance contra su muta enemiga antes de que esta se le adelante dependerá de una simple ocasión, como dice Elías Canetti en su libro Masa y poder (1960). “Las sentencias en apariencia pacíficas acaban por ser luego sentencias de muerte contra el enemigo. Los límites de los buenos quedan entonces perfectamente definidos ¡y pobre del malo que los traspase! Nada tiene que buscar entre los buenos y deberá ser aniquilado”, dice el escritor búlgaro.

A todos nos gusta enjuiciar. “Es un mal poeta” dice alguien; o “es un escultor malo” y enseguida aparenta tener algo objetivo que decir. La expresión en su rostro revela que disfruta clasificar. “Un mal escritor” o “un mal pintor” suena como si se dijera “un mal hombre”. El placer que produce el juicio negativo es inconfundible. Es un placer duro y cruel que no se deja turbar por nada. 

¿En qué consiste ese placer? En que apartamos algo de nosotros, relegándolo a un grupo inferior, lo cual presupone que nosotros mismos pertenecemos a uno superior. Al rebajar nos encumbramos. Sea lo que sea lo bueno, existe para que se distinga de lo malo. Nosotros mismos decidimos qué pertenece a lo uno y qué a lo otro. 

Y aunque no seamos ni hayamos sido designados jueces, nos permitimos sentenciar siempre en todos los ámbitos. Para ello no se presupone ninguna competencia. Los que se abstienen de sentenciar por pudor pueden contarse con los dedos de la mano. 

La enfermedad de sentenciar es una de las más difundidas entre los hombres, y prácticamente todos se ven aquejados por ella. Intentemos evitar sentirnos superiores, dejar de dividir entre buenos y malos para crear tensión entre ambos grupos. Así comenzaron muchas guerras. Así se originó el holocausto del pueblo judío.