*El psiquiatra, se transforma en un sentido megalómano su autoimagen, sintiéndose transmutado de escuálido hidalgo de 50 años en un individuo juvenil revestido por las más excelsas cualidades psíquicas, físicas, sociales y eróticas, presentándose como hercúleo, valeroso, famoso y un seductor irresistible. 

 

Martha Cupa León

Ayer les llamábamos locos, hoy les decimos psicóticos: la ciencia rechaza el término locura por acumular una carga semántica tradicional peyorativa al modo de un insulto y porque en el argot popular se empareja con la insensatez como si no existieran enfermos mentales protagonistas de grandes hechos literarios, artísticos o históricos y abundaran los disparates o los desatinos a cargo de sujetos considerados normales. 

Durante el curso que tomé en este mes: “Diversidad, exclusión y crítica social en el Quijote: lecturas fragmentarias”, impartido por Lucía Melgar, doctora en literatura, una de las participantes preguntó: “¿Cuál es el nombre del trastorno mental del Quijote? Lucía me permitió dar la respuesta: don Quijote padecía delirio de autometamorfosis megalomaniaco. 

Expliqué que en la última sesión del Seminario Cervantino, dirigido por David Huerta, nuestro compañero Eben Oviedo Rodríguez, neuropsicólogo clínico, nos hizo una presentación en la que fundamentó dicho delirio diagnosticado por  el reconocido psiquiatra español Francisco Alonso-Fernández. 

Con base en un ensayo publicado por Alonso-Fernández, Eben nos habló de la «locura lúcida» del hidalgo Alonso Quijano, cuyo punto cardinal es la transformación delirante de sí mismo en el caballero andante, conmovedor y anacrónico que conocemos simplemente como el Quijote. 

En el delirio de autometamorfosis megalomaniaco, aparte de la transformación de sí mismo, se incluye un amplio repertorio de falsas identificaciones de personas, como el reconocimiento de una aldeana como Dulcinea y la confusión de los famosos molinos de viento por gigantes de brazos descomunales.

¿Pretendía Cervantes crear una novela psicopatológica?, se pregunta Alonso-Fernández y muestra las fuentes literarias y psiquiátricas de Miguel de Cervantes para establecer, de hecho, que Don Quijote es la gran novela psicopatológica de cualquier época. Pero la tesis central del ensayo del psiquiatra se relaciona con la transformación.

“Yo sé quién soy, y sé que puedo ser no solo los que has dicho, sino todos los doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron, se aventajarán las mías”. Según el crítico estadounidense Harold Bloom, esta frase del Quijote representa su esencia literaria, y ciertamente se inscribe en el delirio de autometamorfosis diagnosticado por Alonso-Fernández. 

Alternaba don Quijote los extravíos de la realidad con momentos de lucidez luminosa. Entre sus espacios más brillantes sobresalían los discursos sobre la libertad (“la libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos”, II, 58), los tiempos dorados (I, 11), las armas y las letras (I, 37) o las normas dictadas a Sancho para el recto gobierno de la Ínsula Barataria (II, 42, 43, 51), a los que se agregan sus sorprendentes comentarios sobre la educación de los niños, la psicología femenina o el patriotismo. 

Don Quijote “un cuerdo loco y un loco que tira a cuerdo”, era un profesional de la caballería andante que trataba de cumplir con su deber inspirado en el principio de “desfacer entuertos y agravios” haciendo justicia por las villas y los caminos, estimulado por la motivación personal narcisista de conquistar fama mundial y gloria universal. Su vida estaba consagrada al deber y al amor. El deber de caballero andante, sujeto al imperativo categórico de Inmanuel Kant: “Haz lo que debes”.

El delirio de autometamorfosis del que nace don Quijote engloba la identidad y la autoimagen con un significado de grandeza. El cambio de identidad se manifiesta por el ingreso en la profesión de caballero andante, la toma de un nuevo nombre, la transformación de una rústica labradora en la amada princesa Dulcinea y la conversión de su jamelgo, un famélico rocín, en un brioso corcel apodado Rocinante. 

Asimismo, agrega el psiquiatra, se transforma en un sentido megalómano su autoimagen, sintiéndose transmutado de escuálido hidalgo de 50 años en un individuo juvenil revestido por las más excelsas cualidades psíquicas, físicas, sociales y eróticas, presentándose como hercúleo, valeroso, famoso y un seductor irresistible. 

  “He hablado en nombre de una novela que al tiempo divierte, ilustra y por su ejemplaridad altruista o espiritual emociona y conmueve, girando siempre alrededor de la historia personal de don Quijote, el eje auténtico de la novela, aunque les pese a muchos, tal vez víctimas gnoseológicas tanto de su propio adoctrinamiento ideológico como de su desconexión con la psicopatología. Recordemos a este respecto que ya Platón exigía saber geometría para ser admitido en su Academia”, concluye Francisco Alonso-Fernández.