*Teme el contacto con los demás, le tiene miedo a la garra. Guarda su distancia con respecto a quienes no son iguales a ella, está tensa… ¿Nada cambia?  

EL TEMOR DE SER TOCADA, EL CONSUELO DE LA IGUALDAD  Y LA TRAICIÓN EN EL GRUPO

Martha Cupa León 

 

La ciudad es enorme, hay sobrepoblación. El transporte público está hacinado, las calles, congestionadas. Elisa teme el contacto físico con los demás. Cada día sale de su casa tratando de evitar ser tocada por los otros, y si accidentalmente alguien la rosa, empuja  o golpea, o ella a él, surge de inmediato una reacción aterrada y la consiguiente disculpa.

–¡Perdón!

Y sigue su camino temiendo al personaje de sus pesadillas: esa desconocida, misteriosa garra que amenaza con alcanzarla, asirla, atraparla. Cae en la cuenta de que en su vida cotidiana, respecto a los otros no solo debe mantener la distancia física, sino también la de raza, rango, jerarquía, religión… No debe permitir que su secretaria, el señor de la limpieza o el acomodador de autos se le acerquen demasiado: son diferentes. Tiene muy presentes las palabras de su madre: “Sé amable con los menos favorecidos, sencilla, incluso humilde, pero jamás les hagas creer que son iguales: te faltarían al respeto”.

Su mamá tenía razón. Recordó cuando su padre se enfermó y su mamá no podía llevarla a la secundaria privada en la que estudiaba. La inscribió en una escuela pública ubicada a la vuelta de su casa. Trató de mantener bajo perfil, pero sus compañeros se dieron cuenta de que pertenecía a un estrato social más elevado que el de ellos: fue víctima de acoso escolar. Varios de sus compañeros aseguraban que las altas calificaciones de Elisa se debían a las influencias de su familia; si les sonreía a los varones, decían que les coqueteaba; si salía acompañada de un hombre la tildaban de suripanta; si salía sola era porque se sentía superior y despreciaba a todos… Su desgaste emocional fue tan grande que sus padres la enviaron con un siquiatra.

–Doctor, en la escuela me pisotean –se lamentó.

–¿Y por qué se pone en el piso? 

Elisa decidió nunca más ponerse en el piso. No buscó vengarse de sus compañeros de escuela, simplemente se inscribió en una escuela particular: se relajó con sus iguales. 

A veces caía en la tentación de ir a una fiesta organizada por sus subalternos y se divertía: bailaba y reía con ellos, pero no faltaba la sugerencia de su jefe: “Es mejor que no conviva de ese modo con ellos porque agarran confiancita, y no cumplen bien con su trabajo”. Así que Elisa prefirió actuar con profesionalismo manteniendo la distancia con las personas que aparecían en la parte inferior del organigrama. Se sentía tensa. Quería relajarse. Pero casi todos sus “iguales” eran aburridos: no les gustaba salir a fiestas, bailar, cantar… Tenían responsabilidades y una imagen laboral, social y familiar que debían mantener, igual que ella.  

Las noticias que aparecían en los diferentes medios de difusión acrecentaban su paranoia, pero también su indignación. Le impactaron especialmente los casos de Ingrid, asesinada y desollada por su pareja; el de Fátima, la niña de 7 años a quien una pareja le dio muerte, y los de niñas abusadas sexualmente por sus familiares. Esto le partía el alma.

Una tarde que fue de compras a una tienda de Reforma vio sobre esa avenida a unas cinco mujeres que traían pancartas en la que se leía: “Ingrid merece justicia”, “No hay minutos de silencio para Fátima porque no podemos acallar esta rabia”. Suscribe con ellas. También desea protestar por esos hechos indignantes. Se une. El pequeño grupo camina en una dirección, hacia el Palacio Nacional. Conforme avanzan se les une cada vez más gente. La masa crece más y más, se vuelve densa, cada vez más densa. 

Elisa se da cuenta, con agrado, de que no solo ha perdido el miedo a ser tocada. La razón es que a todas las personas junto a ella las une el mismo deseo: protestar por los asesinatos de la mujer y la niña, y esto las iguala. En ese momento, Elisa está con sus iguales. Hay una descarga: todos se liberan de las presiones sociales que los obligan a mantener la distancia entre ellos. En la masa no hay razas, no hay clases, rangos ni jerarquías. 

En la masas solo hay igualdad, nadie le teme a nadie, ninguno trata de evitar ser tocado, al contrario, se sienten más relajados conforme más se acercan unos a otros; todos quieren que la masa sea más densa, que no deje de crecer. No hay líderes, todos obedecen la dirección del grupo. Gritan en una sola voz.

 

¡FÁTIMA ERA UNA NIÑA DE SIETE AÑOS!

¡NO SALIÓ DE NOCHE!

¡NO SUBIÓ A UN TAXI!

¡NO VESTÍA “PROVOCATIVA”!

¡NO TENÍA NOVIO!

¡NO CONOCIÓ A NADIE POR INTERNET!

¡NO SE ESCAPÓ CON NADIE!

¡ELLA SOLO FUE A LA ESCUELA A JUGAR Y APRENDER!

¡JUSTICIA PARA INGRID!

 

Elisa se une al grito, a la protesta, al clamor. Unas mujeres, enardecidas, dañan monumentos. Esto lo interpretan las autoridades como salvajismo, pero ellas aseguran que esos actos representan su deseo de abolir las jerarquías porque si bien los monumentos son parte de nuestra cultura nacional, también simbolizan el poder de quienes dieron instrucciones de construirlos y la servidumbre o esclavitud de quienes trabajaron arduamente en su elaboración. Las jerarquías, dicen las mujeres, solo buscan el poder, el beneficio personal de unos pocos: por eso intentamos derribarlas.

Las mujeres rompen ventanas, tiran puertas. Las autoridades aseguran que es vandalismo. Ellas dicen que es el aniquilamiento de los límites porque las puertas y ventanas representan la separación entre la gente que está dentro y la gente que protesta en la calle: deben unirse para que la masa aumente su volumen; si se detiene su crecimiento desaparece.

La manifestación sigue, la masa se agranda. En ella hay igualdad, las personas siguen una dirección, pero de repente ocurre algo inesperado, alguien traiciona al grupo: unas mujeres encapuchadas encienden un camión, queman libros. ¿Quiénes son? ¿Por qué lo hacen? Ese no era el objetivo: había que protestar, quizá dañar monumentos, incluso romper puertas y ventanas, pero el fuego no es admisible, no estaba previsto porque destruye todo, también a la masa, a los manifestantes. ¿Acaso las mujeres incendiarias son infiltradas? ¿Alguien las contrató para atacar al grupo? 

El fuego se extiende hacia la masa: todos están en peligro, tratan de huir, pero el grupo es tan denso que chocan unos contra otros, no pueden ponerse a salvo. Corren unos encima de otros, ya no les importa el prójimo, no les preocupa si aplastan mujeres, niñas o ancianas… Cada quien lucha por su vida, ya no se sienten iguales sino enemigos unos de otros porque no les franquean el paso para alejarse del fuego, no quieren que nadie esté frente a ellos, quieren el camino despejado…

La masa se dispersa poco a poco. En las calles deambulan personas heridas, hay gente llorando, sangre, lamentos… Elisa camina rumbo al estacionamiento donde dejó su auto, llega a su casa, se acuesta en su cama, descansa. A la mañana siguiente los medios informativos transmiten las noticias sobre la manifestación: ocurrió lo mismo de siempre.

Transcurren los días. Todo sigue igual. Elisa sale rumbo a su trabajo. Teme el contacto con los demás, le tiene miedo a la garra. Guarda su distancia con respecto a quienes no son iguales a ella, está tensa… ¿Nada cambia?