*En la homosociedad mexicana del siglo XIX, surgió una nueva forma de ser hombre: elegante, sobrio, comedido, de buenas maneras y, por supuesto, heterosexual.

Martha Cupa León

La homofobia es resultado de la misoginia: cuanto más se parece el hombre a la mujer, más se les desprecia. Por eso, la redada en el “Baile de los 41”, en el que se divertían homosexuales aristócratas de la sociedad porfirista, tuvo una represión espantosa. Cuando llegaron los policías encontraron a 42 gays, pero reconocieron a uno de ellos: a Ignacio de la Torre y Mier, yerno del presidente, y lo ayudaron a escapar por las azoteas. Esa madrugada se intensificaron los rumores sobre la homosexualidad del esposo de Amada Díaz. Estudiosos del tema aseguran que ella misma lo confirmó más adelante en su diario, en el que escribió que encontró a su marido revolcándose con Emiliano Zapata.

Poco después, el 4 de diciembre de 1901, hubo otra redada en una reunión de lesbianas, pero los policías no fueron tan crueles con ellas. “Esto se debió a que las autoridades consideraron que en el Baile de los 41 estaban hombres degradándose al actuar y lucir como mujeres, en tanto que en el caso de las lesbianas, eran mujeres imitando a los varones, es decir, superándose”, comentó con un poco de ironía Juan Carlos Yustis.

La historia de los 41 comenzó el 18 de noviembre de 1901, durante una fiesta gay en una casa de la calle de la Paz, hoy Ezequiel Montes, en donde 19 hombres estaban travestidos. Un vecino chismoso dio aviso a la policía y, alrededor de las tres de la mañana, esta irrumpió en el lugar, los aprehendió y los llevó a cárcel de Lecumberri, a la celda “J”, por lo que los demás presos los etiquetaron como “los jotitos”.

Parientes de los más acaudalados lograron interponer amparos para evitar el escándalo y que los dejaran libres. A uno de los homosexuales lo liberó su mamá argumentando que a él “le dijeron que era una fiesta de disfraces y que su hijo se podía disfrazar de lo que quisiera”. Otro utilizó el recurso asegurando que solo fue a ver; a alguien más lo excarceló su esposa, quien ese día descubrió las preferencias sexuales de su marido. Sin embargo, menos de 20 no pudieron pagar y tuvieron que soportar el arresto, humillaciones, golpes y trabajos forzados. 

Durante el XII Seminario Histórico LGBTTTI Mexicano, realizado el viernes 8 de noviembre, Juan Carlos Yustis, Mauricio Zabalgoitia Herrera, Martha Durán y Juan Carlos Harris hablaron del Baile de los 41, incidente que, dijeron, fue tomado como símbolo de la lucha de los colectivos homosexuales mexicanos. “Historiadores y sociólogos usaron la redada para escribir tratados y libros sobre identidad y sexualidad”, indicó Harris.

Martha Durán, colaboradora de la revista Proceso contó que en dicho baile rifaron desnudo a “Pepito”, un sexoservidor. “Los detenidos ricos no fueron presentados a la prensa, pero sí los golpearon. Los pobres fueron encarcelados: se les acusó por delitos a la moral y buenas costumbres”. 

En 1906, Ignacio de la Torre, “Nachito”, conoció a Emiliano Zapata y quedó prendado del bigotito del morelense. Lo llevó a trabajar como caballerango a su mansión de Reforma, que actualmente es el edificio de la Lotería Nacional. Mucha gente comenzó a decir que entre ambos había una relación sentimental. Seis meses después Zapata regresó a su natal Anenecuilco, decepcionado de ver que los caballos de Ignacio vivían mejor que los campesinos de Morelos. 

Cuando Porfirio Díaz abandonó el país, Nacho se opuso abiertamente a la administración de Francisco I. Madero y se vio implicado en el asesinato de este porque rentó uno de sus coches para que transportaran al vicepresidente José María Pino Suárez y a Madero a la penitenciaría de Lecumberri para asesinarlos. En 1910 lo llevaron a esa misma cárcel por órdenes de Venustiano Carranza, bajo los cargos de difamación al gobierno de Madero y por apoyar a Victoriano Huerta.

“Amada lo visitaba todos los días y le llevaba su comidita, pero quien curiosamente lo liberó fue Zapata, ¿por qué este gesto de Zapata?”, subrayó Martha Durán y continuó: “lo tomó como su prisionero personal, por lo que lo llevaba con él a todos lados”. 

Hay quienes aseguran que De la Torre se encargaba de preparar comida para la tropa, disfrazado de soldadera. Al darse cuenta de que era homosexual, los integrantes de la tropa de Emiliano Zapata lo violaron hasta el punto que le destrozaron la cavidad anal. 

A finales de 1917, Ignacio de la Torre y Mier partió en barco hacia Estados Unidos, se estableció en Nueva York y a principios de 1918 fue internado en un hospital para que le curaran la cavidad anal, pero por error médico le reventaron una vena del esfínter y esto le ocasionó la muerte el primero de abril de 1918. Su esposa Amada, “que no fue amada por su esposo”, precisó Martha, tuvo que vender todas sus propiedades para pagar las inmensas deudas que le heredó.

Otro de los ponentes, Mauricio Zabalgoitia Herrera, licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara (México), y máster y doctor en Filología Española por la Universitat Autònoma de Barcelona, describió el contexto social en el que se desarrolló el Baile de los 41:

“En la homosociedad mexicana del siglo XIX, surgió una nueva forma de ser hombre: elegante, sobrio, comedido, de buenas maneras y, por supuesto, heterosexual. Imperaba el poder masculino en todos los ámbitos del país, y la mujer estaba fuera de esta organización, ella debía dedicarse a la crianza de los hijos. 

“Durante el porfiriato, en la clase alta de México había mucha influencia europea, especialmente parisiense, por lo cual surgieron ‘Los Lagartijos’: hombres bien arreglados cuyo objetivo era conquistar damas ricas para disfrutar de su dinero. Comúnmente vestían con sombrero alto de bolo paja, bastón, zapatos de charol con polainas, jaquet, saco cruzado, corbata de moño, camisa muy almidonada y con puños y guantes. También eran conocidos como ‘Dandis’, ‘Catrines’ o ‘Rotos’.

“Los Lagartijos se acercaban a las mujeres diciéndoles piropos y las seguían como una lagartija: de ahí su apodo. Los de mayor edad, también llamados ‘viejos verdes’ cortejaban principalmente a las jóvenes. A los de 21 años, se les conocía como ‘pollos’.

“Porfirio Díaz admiraba a Francia y logró traer sus influencias, pero tratando de no salirse de las normas morales, las cuales fueron muy estrictas en su administración. Por tanto, se rodeó de criollos guapos, blancos, ataviados al estilo europeo: con suntuosidad y ornamentos cuyos códigos eras más propios de la femineidad. Este ambiente ‘caldeó los ánimos’ para el surgimiento de la homosexualidad en el siglo XX, cuya primera manifestación importante fue el Baile de los 41”, en el que solo participaron lagartijos.

En su turno, el abogado Juan Carlos Harris destacó que debido al estigma de homosexualidad que tiene el 41, los cuerpos oficiales del estado y el Ejército Nacional aún evitan este número. Sin embargo, añadió, con el tiempo, el “Baile de los 41” se consideró el punto de partida de la lucha por los derechos gays.