¿Podrán mitigar el hambre las familias mexicanas, mejorar la comunicación entre ellas, crear armonía y, por tanto, beneficiar a toda la sociedad? 

 

Martha Cupa León

Tener hambre significa sentir un vacío interior y lo colmamos con alimentos para superar esta molestia. Cuanto más ahítos estamos, mejor nos sentimos. Al comer en familia se establece un respeto recíproco entre quienes nos reunimos: la comida que está en la mesa nos pertenece a todos por igual, por lo que al tiempo que la ingerimos verificamos que los demás también coman.

Tradicionalmente, el hombre aporta el dinero para la comida, y la mujer la compra y la prepara. Que él consuma los alimentos que ella hace constituye el vínculo más importante entre ambos. Quien ama a su pareja y a sus hijos procura comer con ellos: la imagen que salta a la vista cuando se piensa en una familia unida es la de todos sus integrantes sentados alrededor de una mesa. 

Cuando más a menudo padres e hijos se reúnen para comer, la comunicación entre ellos es mayor, la convivencia es más armoniosa y disfrutan tener invitados con cierta frecuencia para compartir con estos su ración y su alegría: el bienestar alcanza a otros. Cuando la mayoría de las familias están bien, la sociedad también. 

Generalmente es la madre quien pone a la mesa las viandas y verifica que alcancen para todos los comensales. Por naturaleza es ella quien vigila que sus hijos coman. Desde que los concibió les dio de comer su propio cuerpo: los alimentó dentro de ella. Luego les dio su leche: los amamantó. Esta actitud se mantiene atenuada durante años: sus pensamientos como madre giran en torno al alimento que necesitan sus hijos para vivir y mantenerse sanos. 

¿Pero qué pasa cuando falta la comida en casa porque no hay dinero para comprarla? ¿Qué ocurre si una familia vive al día y los proveedores –papá, mamá o ambos– no deben salir a la calle porque hay una pandemia y corren el riesgo de contagiarse de un virus letal y contagiar a sus seres queridos? Si no trabajan no comen, y si no comen se pueden morir de hambre. En este caso se ven obligados a salir a trabajar.

En México, una gran cantidad de familias tienen empleo informal. En la actual situación de pandemia, aunque salgan a trabajar hay poca gente en la calle que les compre su mercancía, les dé propinas, les remunere algún servicio… La mayoría está en cuarentena para protegerse del coronavirus. El ingreso es ínfimo y la comida escasea: se torna borrosa la imagen de padres e hijos reunidos alrededor de una mesa. 

Las familias pobres se vuelven rígidas: sienten un vacío interior que no pueden colmar con alimentos para desaparecer esa molestia. Ya no conciben la idea de compartir su comida con quienes no forman parte de ellas. Las madres se preocupan casi exclusivamente por alimentar a sus hijos y soslayan la amenaza callejera. Lamentan ya no ser capaces de dar sus propios cuerpos a sus vástagos para saciar su hambre. Papá, mamá y a veces hasta sus pequeños hijos salen a trabajar, creen más factible morir de inanición que de coronavirus.

China anuncia que el 7 de abril ya no reportó muertes por coronavirus. El mundo voltea a ver ese país para saber cómo controlan el contagio: quedándose en casa y con estrictas medidas de higiene. Los países en los que reina la desigualdad social dudan poder imitar esta actitud de los chinos porque significa que la mayoría de aquellos sí tienen asegurada la comida casera y, por tanto, la reunión, la armonía y la comunicación familiar. Y si están ahítos se sienten mejor: si están bien, la sociedad también.

El gobierno mexicano anuncia medidas económicas para apoyar a los que considera más vulnerables en esta pandemia: principalmente los adultos mayores y los pobres. ¿Serán suficientes para que las familias de escasos recursos puedan permanecer en sus casas y poder controlar la pandemia? ¿Podrán mitigar el hambre, mejorar la comunicación entre ellas, crear armonía familiar y, por tanto, beneficiar a toda la sociedad? 

Ojalá.