¿Qué se puede decir ante el dolor más terrible al que una persona puede enfrentarse? 

Martha Cupa León

Ayer, antes de comenzar uno de los cursos virtuales que estoy tomando, el maestro nos dio la noticia: “Nuestra compañera Rita avisó que no se conectará a la clase porque anoche falleció su hijo en un accidente”. Durante unos minutos reinó el silencio. ¿Qué se puede decir ante el dolor más terrible al que una persona puede enfrentarse? 

Hace seis años mi hermana Elisa afrontó esa horrible experiencia: su hija Diana, de 25 años, falleció en un accidente automovilístico.

Diana terminó la carrera de Turismo y comenzó a trabajar a principios de 2014 en un conocido hotel de la Ciudad de México. Estaba muy contenta. Uno de sus compañeros de trabajo la invitó a su boda que se realizó el 15 de febrero de ese año. Ella no quería ir porque estaba enojada con su novio y, por tanto, no tenía pareja para asistir, pero su compañero le insistió: “quiero que estés presente en mi boda”. Así que mi sobrina no pudo negarse.

Un día antes de la fiesta le dieron su tarjeta de crédito y fue de compras con su mamá. Diana se compró un vestido guinda, largo, y unas zapatillas del mismo color. El evento estuvo muy divertido, por lo que se prolongó hasta varias horas del día siguiente. A las siete de la mañana su madre le envió un mensaje por celular para preguntarle: “¿Todo bien?”, pero quien se reportó fue una paramédica para informarle que Diana había tenido un accidente automovilístico y para consultarle sobre el hospital donde la llevaría.

En el momento del percance, la joven iba sentada en el lugar del copiloto, dormida, con el cinturón de seguridad puesto. Otro compañero de trabajo, quien se ofreció a llevarla a su casa, manejaba a alta velocidad. En algún momento se descuidó y chocó con el muro de contención. Él resultó con apenas unos rasguños, y a Diana originalmente le diagnosticaron fractura de columna. 

La llevaron al hospital de traumatología de Las Bombas. La joven llegó consciente, hablando y sonriéndole a los médicos y enfermeras que la atendían. La principal preocupación de su mamá y de todos sus parientes era que quedara bien de la columna, pero después se supo que la fractura era un problema secundario.

Cuando la preparaban para la cirugía notaron que su vientre se había abultado mucho, por lo que la revisaron y encontraron que había tenido estallamiento de vísceras: El páncreas estaba necrosado y, según el médico, había que extirparlo junto con un riñón y parte del estómago, pues al impactarse el auto, el cinturón había oprimido demasiado el cuerpo de la chica. 

Después sólo le quitaron una parte del páncreas y la mantuvieron sedada porque debían mantener abierta la herida para limpiar dicha glándula cada vez que sangrara o se infectara. Le estuvieron transfundiendo sangre, pero esto provocó falta de coagulación… Después se necrosó parte del intestino… Luego tuvo peritonitis… Más adelante septicemia… 

Algunos de los doctores que la estaban atendiendo decían que era posible salvarla, otros, que estaba en manos de Dios; otros, que era cuestión de horas… Elisa, la madre, estaba deshecha, y sus parientes, mucho muy tristes. Diana estaba en terapia intensiva, y cada vez que la llevaban a cirugía (para limpiarle la herida) le pedían a su mamá que firmara la autorización, pues “es posible que no salga viva”, le decían… Luego salía y algún médico daba alguna esperanza para después derrumbarla con alguna mala noticia… Su madre le pedía a Dios que hiciera lo que fuera mejor para su hija… El 12 de marzo, el cumpleaños 25 de Diana, pasó sin que ésta se diera cuenta… Falleció a finales de ese mes. 

Han transcurrido seis años y aún me resulta doloroso narrar esa experiencia. Sin embargo, las realidades que no se nombran son difíciles de afrontar. Por esta razón la Federación Española de Padres de Niños con Cáncer ha pedido a la Real Academia Española (RAE) que incluya en el diccionario la palabra “huérfilo” que esa ONG (Organización No Gubernamental) ha creado luego de consultar a varios lingüistas. Aquí cabe destacar que una de las acepciones de la palabra “huérfano” del diccionario de la RAE es: “Dicho de una persona: A quien se le han muerto los hijos”. Sin embargo, popularmente se emplea solo en relación con aquellos que han perdido a uno o a los dos progenitores.

Victoria Carrazoni, portavoz de la mencionada federación integrada por 21 asociaciones, explicó que la etimología de “huérfilo” procede el latín y significa “pérdida del hijo”. Está formada por la misma raíz indoeuropea “orbh” (separar, perder, alejar) que la palabra huérfano, y por la palabra “filius” que también procede del latín y que significa “hijo”. La terminación de “filo” en vez de “filius” es una adaptación que se hace para evitar su confusión con “filia” (atracción, obsesión) como ocurriría en el caso del femenino, señaló Carrazoni. 

El 9 de abril de 2019, representantes de dicha ONG se reunieron con el director de la Real Academia Española, Santiago Muñoz Machado, quien les hizo énfasis en que la labor de la RAE es recopilar los términos extendidos en el uso social. El dirigente explicó: “Para que una palabra sea considerada por la RAE debe ser utilizada por personas de todas las edades, que no pertenezca a un sector o grupo concreto; que aparezca en medios de comunicación, redes sociales, trabajos de investigación… Que no solo la empleemos en asociaciones de pacientes, que esté normalizada”, informó Carrazoni. 

Por tanto, la mencionada federación exhortó a la sociedad y a los medios de difusión a que utilicen el término “huérfilo” cuando se refieran a padres a quienes la muerte les haya arrebatado un hijo o hija. No se trata solo de llenar un hueco lingüístico ─precisa la federación─, sino también de dar visibilidad emocional y administrativa a una situación dolorosa y difícil de asimilar.