Las personas con coronavirus llegan a los hospitales y, si tienen la suerte de que los atiendan, entran a una dimensión desconocida para el familiar, quien no sabe si su paciente regresará o desaparecerá definitivamente de los límites de la realidad y sólo recibirá sus cenizas…

Martha Cupa León

En el avión donde viaja, un hombre descubre a un ser cuyo aspecto es una mezcla de gnomo y bestia sobre el ala izquierda de la aeronave, tratando de destruirla. Aterrado, aquel da aviso a la azafata, quien no ve al extraño ente y, por tanto, considera que el pasajero ha perdido la razón. El avión se derrumba, muchos mueren.  Los peritos no se explican la causa del accidente y no creen que lo haya provocado un gnomo como asegura uno de los sobrevivientes, a quien han sacado del avión realmente enloquecido.

La historia anterior es de un capítulo de la Dimensión desconocida, una serie televisiva de ciencia ficción, fantasía y terror que fue muy popular en varios países. En México la vi a mediados de los años ochenta.

La escritora chilena Nona Fernández nos cuenta en su libro La dimensión desconocida (2019) que ella veía dicha serie en su país en la década de los setenta. “Sentada frente a un televisor en blanco y negro… veía los capítulos de la Twilight Zone… tengo grabada… la voz del narrador que invitaba a participar de ese mundo secreto, un universo que se desarrollaba más allá de las apariencias, detrás de los límites de lo que estábamos acostumbrados a ver. Eran capítulos cortos, con historias fantasiosas y delirantes… En todos los capítulos se abría una puerta, una pequeña fisura que dejaba ver esa realidad análoga que tanto me gustaba visitar a través de la pantalla”, se lee en las páginas 47 y 48 de su obra.

Nona no escribió el libro para recordar lo que vio en dicho programa, sino para contarnos historias extrañas que ocurrieron durante la dictadura chilena: agentes de inteligencia que se llevaban a hombres de aspecto común que estaban en la calle o en su casa conviviendo tranquilamente con su familia, para torturarlos. Las víctimas gritaban aterrados, como si vieran bestias o gnomos que los acosaban. Entre súplicas, patadas y empujones los agentes o carabineros se llevaban a esos ciudadanos para desaparecerlos definitivamente de los límites de la realidad.

El personaje principal de la obra es un hombre real: Andrés Antonio Valenzuela Morales, agente de la policía secreta, quien en agosto de 1984 llegó a la redacción de la revista chilena de oposición Cauce. “Quiero hablarle de cosas que yo he hecho. Quiero hablarle de desaparecimiento de personas”, le dice a una periodista que encendió su grabadora para escuchar un testimonio que abrió las puertas de una dimensión hasta entonces desconocida.

Posteriormente, en la portada de la revista apareció la foto de un hombre común y corriente, sin nada particular, salvo unos bigotes gruesos. Sobre su rostro un titular decía: “Yo torturé”. Abajo podía leerse: “Pavoroso testimonio de funcionario de los Servicios de Seguridad”. En el interior venía la larga y exclusiva entrevista en la que Andrés Antonio hizo un recorrido por su paso como agente de inteligencia, desde que era un joven conscripto de la Fuerza Aérea hasta el momento mismo en el que dio su testimonio a la revista. 

“Recuerdo las primeras marchas. La gente salía con carteles de sus familiares desaparecidos. A veces pasaba entre esa gente. Veía a esas señoras, a esos señores. Miraba las fotos que traían y yo decía: ellos no saben, pero yo sí sé dónde está esa persona, yo sé qué pasó con ella”, señaló.

Fueron varias páginas con información sobre lo que había hecho, con nombres de agentes, de prisioneros, de delatores, con direcciones de centros de detención, con la ubicación de lugares donde se enterraron cuerpos, con la especificidad de métodos de tortura… Era un hombre que después de participar en operativos deteniendo y torturando gente, regresaba a su casa, escuchaba un casete con canciones románticas y leía revistas del Hombre Araña junto a su hijo para hacerlo dormir. 

Su doble vida, esta división absoluta entre lo íntimo y lo laboral lo fue agobiando secretamente. Ya no se sentía cómodo en su trabajo, sus nervios comenzaban a traicionarlo, los calmantes no le hacían efecto, no dormía ni comía. Dejaba de hablar con su mujer, de tocar a su hijo, de relacionarse con sus compañeros. Se sentía enfermo, angustiado y atemorizado por sus superiores.

Atrapado en una realidad de la que no sabía cómo huir, en un gesto desesperado de catarsis y desahogo, acudió a sus propios enemigos para entregarles el testimonio brutal de lo que había hecho como agente de inteligencia. Después de esto, los directivos de la revista Cauce y otros personajes de la oposición ayudaron a Andrés Antonio a salir clandestinamente del país, para protegerlo.         

El nombre del libro de Nona Fernández es La dimensión desconocida por las razones que ya mencioné. Yo también he titulado así esta columna porque, como en los episodios de la serie televisiva, hoy vivo en una zona de locura, en la que en la pandemia he visto historias de insania, como la del hombre que murió a las puertas de un hospital institucional. Cuando aún estaba vivo, su hijo y su esposa gritaron, se arrodillaron suplicando al personal del nosocomio que lo salvara. Aseguraban que no estaba enfermo de covid, que padecía de insuficiencia renal, que no contagiaría a quienes le brindaran ayuda médica… Pero nadie respondió a los ruegos.

En los episodios que he visto, que infortunadamente son reales y cercanos, la gente compra oxígeno para mantenerse viva. En el mejor de los casos, los proveedores lo encarecen (esta zona de locura puede convertir a un ser humano en una mezcla de gnomo y bestia), y en el peor, hay tanta escasez de tanques con este elemento vital que los enfermos de covid ni siquiera lo pueden conseguir. Los panteones parecen hornos de Hitler, la gente huye de su prójimo por el temor de contagiarse, los parientes no conviven, los amigos se separan…

Las personas con coronavirus llegan a los hospitales y, si tienen la suerte de que los atiendan, entran a una dimensión desconocida para el familiar, quien no sabe si su paciente regresará o desaparecerá definitivamente de los límites de la realidad y sólo recibirá sus cenizas… Espero que estos episodios reales con aspecto de ciencia ficción, fantasía y terror concluyan pronto con las vacunas.