OTRO PAÍS

Tomás Tenorio Galindo

De acuerdo con las tendencias marcadas por las encuestas, Andrés Manuel López Obrador podría obtener entre 47 y 52 por ciento de los votos el próximo 1 de julio, Ricardo Anaya entre 25 y 29, José Antonio Meade entre 18 y 21 y Jaime Rodríguez Calderón entre 3 y 4 por ciento. Coinciden en esas estimaciones todas las encuestas y todos los sitios dedicados a sacar los promedios de las encuestas (como Oraculus, de donde se extraen estos datos, y Bloomberg). No hay en estas tendencias espacio para la duda y la noche del domingo el conteo rápido del INE tendría que ratificar estos datos o acercarse a ellos.

Detrás de las encuestas que pronostican el triunfo de López Obrador se asoma una realidad que arrastra al PRI a una derrota implacable y explica la popularidad del candidato de la coalición Morena-PT-PES. No es sólo el genio político y la persistencia lo que conduce a López Obrador a la Presidencia, pues hay al menos dos factores muy específicos que parecen hechos a la medida de su tercera candidatura: lo que podemos llamar el fracaso del gobierno de Enrique Peña Nieto, traducido en una generalizada y profunda decepción ciudadana, y la ruptura de la alianza establecida hace poco más de veinte años entre el PRI y el PAN, que de una u otra manera estuvo presente a lo largo de los gobiernos y en varias de las recientes elecciones presidenciales (especialmente las del 2006 y 2012). Sin estos dos últimos ingredientes, el proyecto lopezobradorista habría carecido de combustible suficiente para alcanzar la cima de las encuestas.

Coyunturalmente podría pesar más en la derrota del PRI la ruptura con el PAN (que en realidad es la ruptura personal entre el presidente Enrique Peña Nieto y Ricardo Anaya, originada en una disputa no escrita públicamente) que las muy malas cuentas que reporta el gobierno peñanietista.

Debe recordarse que a principio de año no existía la distancia que hay en este momento entre López Obrador y Ricardo Anaya en las encuestas, y que el crecimiento sostenido del candidato de Morena comenzó en marzo, cuando el PRI y la Procuraduría General de la República emprendieron una campaña de persecución contra el aspirante de la coalición Por México al Frente con motivo de un presunto caso de lavado de dinero. En la encuesta publicada por el diario Reforma el 15 de febrero, igual que en otras, López Obrador aparece con 33 por ciento de la intención del voto, y Anaya con 25, una distancia corta y manejable (Meade con 14 por ciento).

Debemos suponer que según la estrategia oficial los golpes lanzados contra Anaya beneficiarían a Meade para sacarlo del tercer lugar, pero no sucedió eso, sino que catapultaron a López Obrador. Hacia finales de marzo empezó el despegue de López Obrador en las encuestas, con alrededor de 42 por ciento, mientras Anaya se mantuvo o bajó algunos puntos hasta casi empatar con Meade en torno a los 24 puntos. A partir de entonces nada detuvo el ascenso del tabasqueño, y sólo después del primer debate el 22 de abril pudo Anaya rozar los 30 puntos mientras Meade se mantuvo en el tercer lugar, donde sigue. El cálculo del PRI y del gobierno de Peña Nieto, de que al reducir el puntaje de Anaya en las encuestas los puntos que perdiera se acreditarían a Meade, fue completamente erróneo y, mientras no surja otra explicación, es el origen del fortalecimiento que López Obrador experimentó de marzo a la fecha.

Sin embargo, la casi segura victoria de López Obrador se sostiene también en el rechazo social al gobierno de Peña Nieto. El presidente afirma una y otra vez que en los poco más de cinco años de su gobierno el país cambió y es otro gracias a las reformas que promovió, pero la población no lo ve así, como se puso de manifiesto en enero del año pasado con el “gasolinazo”. También lo muestran las encuestas. Casi 80 por ciento de la población desaprueba el desempeño de Peña Nieto y un porcentaje similar considera que la situación del país ha empeorado durante su administración, particularmente en materia de seguridad pública, corrupción y pobreza. Coincidentemente, 79 por ciento de la población considera que debe cambiar el partido en el gobierno, y 61 por ciento de ese universo piensa que quien representa ese cambio es López Obrador. (Reforma, 30 de mayo de 2018).

En esas condiciones, ¿qué destino podía tener un candidato como José Antonio Meade, que cifró su proyecto político en su cercanía con el presidente Peña Nieto, a quien defiende contra viento y marea? No es preciso ser egresado de Harvard para localizar las causas del estancamiento de Meade en el tercer lugar de la contienda, y es iluso pretender lo contrario. Los electores van a castigar al gobierno de Peña Nieto, representado en esta campaña por Meade, y van a optar por un candidato sin vínculos con el poder actual y ajeno a los escándalos de corrupción (aunque al final haya aceptado pactar con Peña Nieto). Los datos indican, pues, que la elección está prácticamente decidida y el PRI será derrotado por López Obrador.

Notimex, agencia de Estado con sesgo partidista

Según sus estatutos, la agencia Notimex está comprometida a difundir información bajo los principios de independencia, profesionalismo, pluralidad, veracidad, imparcialidad y objetividad. Pero no es eso lo que ha hecho en la actual contienda electoral. Toda la información que difunde sobre las campañas está sistemáticamente sesgada en favor del candidato del PRI, José Antonio Meade, y en contra de Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Anaya, a tal grado que en numerosas ocasiones sus notas son periodísticamente inservibles. No es cosa de los reporteros, por supuesto, sino de quienes mandan en la agencia. La explicación de ello quizá se encuentre en el perfil de dos de los integrantes de la junta de gobierno de Notimex, Luis Videgaray y Aurelio Nuño, y en el de algunos integrantes del consejo editorial.

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