*El “Príncipe de los poetas españoles” renovó profundamente el panorama de la lírica española. Fue soldado y poeta genial: Garcilaso no solo fue modelo de los poetas de su país en la época de Cervantes, quien siempre habló muy bien de él, sino también de Sor Juana Inés de la Cruz.

Martha Cupa León

El verso libre es lo de hoy. Escribir con rima y métrica está demodé, dicen algunos de mis amigos poetas. 

─Evita los arcaísmos para que los lectores no crean que eres anticuada ─me sugieren.

Explican que los poemas sujetos a ritmo y medidas determinados pasaron de moda porque, en su afán de rimar y apegarse al número de sílabas reglamentadas, se priorizaba la forma soslayando el fondo, por lo que si bien los versos sonaban rítmicos, carecían de esencia.

─En aras de rimar las palabras se abusó del gerundio y del copretérito, por ejemplo ─indica Inés.

 ─Pero hay autores de versos libres que insertan palabras rebuscadas en frases donde no encajan, provocando que la lectura sea incomprensible. Pareciera que abren el diccionario, eligen términos raros y los enlistan en sus poemas de modo incoherente para después quejarse de que el lector no entiende sus metáforas. El hecho de que vayas a la vanguardia no garantiza que seas un buen poeta, y, por consiguiente, escribir con rima y métrica no te hace uno malo. Lo importante en ambos casos es armonizar el fondo y la forma, darle musicalidad a tus creaciones mientras transmites un profundo y emotivo mensaje ─argumento. 

Yo prefiero el verso con rima y medida. Poetas medianamente conocidos me han confesado que en sus libres soledades escriben poemas con estas características. Sin embargo, no los dan a conocer porque prefieren formar parte del grupo de los modernos, de los que seguramente sí aparecerán en las fotos de este siglo revolucionario. Algunas veces los he descubierto contando sílabas con los dedos. Yo escribo por placer, prioritariamente: quizá por eso me considero artista… Demodé, pero artista. A veces lo demodé regresa.    

A mi favor argumento que he sido y soy fervorosa lectora del primer poeta lírico de categoría, surgido a principios del siglo XVI, quien armonizó el fondo y la forma en sus versos serenos, elegantes; utilizó palabras llanas que entendía el común de la gente. Además, sus metáforas eran sencillas, comprensibles para la mayoría de sus lectores contemporáneos. Por estas razones nadie vaciló en concederle el título de “Príncipe de los poetas españoles”. Me refiero a Garcilaso de la Vega, autor toledano de vida breve y muerte malhadada.

Garcilaso no solo fue modelo de los poetas de su país en la época de Cervantes, quien siempre habló muy bien de él, sino también de Sor Juana Inés de la Cruz. En la actualidad también es admirado por grandes poetas como David Huerta (Premio Fil de Literatura en Lenguas Romances) quien nos recuerda que casi todos los versos escritos por Miguel de Cervantes Saavedra en su magistral obra el “Quijote” poseen estilo garcilasiano, por lo que, añade David, “el Quijote tiene una deuda muy grande con Garcilaso”.

El “Príncipe de los poetas españoles” renovó profundamente el panorama de la lírica española. Fue soldado y poeta genial: manejó con igual maestría la pluma y la espada, aunando en su persona las armas y las letras. En 1519 conoció a su gran amigo íntimo Juan Boscán, quien lo introdujo en las novedades de la poesía italiana y a quien Garcilaso debe su gran aprecio por los versos del valenciano Ausiàs March. Cabe destacar que Virgilio influyó en la temática, y Petrarca en la forma de las creaciones de Garcilaso.

Garcilaso fue un hombre de mundo (debido a su cercanía con el emperador Carlos V) y culto: aprendió griego, latín, italiano y francés, así como el arte de la esgrima y a tocar la cítara, el arpa y el laúd. Alrededor de 1519, la métrica italiana empezaba a irradiar modernidad, sensibilidad, exquisitez por toda Europa. 

La producción lírica de Garcilaso de la Vega, máxima expresión del Renacimiento castellano, se convirtió, desde muy pronto, en una referencia inexcusable para los poetas españoles, que desde entonces no pudieron ignorar la revolución métrica y estética operada por él en la lírica española al introducir con Juan Boscán y Diego Hurtado de Mendoza una serie de estrofas (terceto, soneto, lira, octava real, endecasílabos sueltos, canción en estancias), el verso endecasílabo mucho más flexible que el rígido y monótono del dodecasílabo.

La poesía de Garcilaso está dividida por su estancia en Nápoles (primero en 1522-1523 y luego en 1533). Antes de ir a Nápoles su poesía no estaba marcada por rasgos petrarquistas, fue en Nápoles donde descubrió a los autores italianos. Después de su estancia abundó en rasgos de la lírica italiana, influido tanto por autores anteriores, como Francesco Petrarca, como por autores contemporáneos, como Jacopo Sannazaro. También influyó a Garcilaso Ludovico Ariosto, de quien tomó el tema de la locura de amor.

Curiosamente, las poesía del príncipe de los poetas (así lo denominó su comentarista Fernando de Herrera) no fueron publicadas en vida, sino que fueron editadas con las de su amigo Juan Boscán, poco después de la muerte de ambos. En 1569 los editores separaron del conjunto las creaciones de Garcilaso, mismas que en solitario comenzaron a tener éxito. 

Su obra poética, compuesta por cuarenta sonetos, cinco canciones, una oda en liras, dos elegías, una epístola, tres églogas, ocho coplas castellanas, tres odas y un epigrama en latín se publicó por primera vez en 1543, a modo de apéndice de las Obras de Juan Boscán.

─¿Por qué te gusta tanto Garcilaso? ─me pregunta un estimado poeta.

─Porque su lenguaje es claro y nítido, tiene precisión, naturalidad y, sobre todo, carece de cultismos extraños. Considero que tanto en la poesía rimada y medida, como en el verso libre es preferible evitar la retórica pomposa y la expresión forzada: el mejor poema es el que se percibe como sincero, genuino y espontáneo. El objetivo del poeta debe ser la comunicación de sus sentimientos profundos, no la superficial búsqueda de admiración. 

Después del intercambio de pareceres, mis amigos poetas y yo nos dirigimos a nuestras respectivas soledades. Empiezo a practicar el verso libre, en tanto que algunos de ellos retoman las creaciones tradicionales de ritmo y métrica. Dicen que es de sabios cambiar de opinión: quizá en un futuro no muy lejano yo publique poemas intencionadamente alejados de las pautas de rima y metro, y ellos retomen la poesía occidental que predominó hasta finales del siglo XIX: lo demodé tiende a regresar.