Por Tomás Tenorio Galindo//

 

“Mi papá es priísta”, dijo José Antonio Meade el sábado al comentar las reformas practicadas a los estatutos del PRI con el fin de abrir en el 2018 la candidatura presidencial a un simpatizante o a un externo a ese partido, cambio que parece pensado casi exclusivamente para él.

Quiso subrayar de esa forma su condición de simpatizante del PRI, pero su expresión termina por resaltar ese limbo presuntamente desideologizado que rodea a los tecnócratas que han permanecido en el poder desde los ochenta pese a la alternancia de partidos, bajo cuyo mando se han profundizado los problemas del país.

En realidad el padre de Meade ha sido priista y panista, pero su perfil público está trazado por su pertenencia al mundo financiero del sector público. Lo mismo que su hijo el actual secretario de Hacienda, quien también ha brindado sus servicios por igual a gobiernos del PRI y del PAN.

Dionisio Meade y García de León, el padre de José Antonio Meade, fue durante años funcionario de Hacienda, diputado federal del PRI entre 1997 y el 2000, y subsecretario de Gobernación en el sexenio de Vicente Fox. Comenzó en 1972 su carrera en el Instituto Mexicano de Comercio Exterior, y a partir de esa fecha trabajó en la Secretaría de Hacienda, en la Secretaría de Comercio y en el Banco de México. Hoy es director general de Relaciones Institucionales del Banco de México.

 

Hoy de 48 años de edad, José Antonio Meade siguió los pasos de su padre. Comenzó a trabajar en Banamex en 1991, y desde entonces tuvo empleos en la Comisión Nacional de Seguros y Fianzas, en la Consar, en el IPAB y en la Secretaría de Hacienda, hasta que en el 2002 fue designado director general de Banrural, desde donde pasó a la Secretaría de Hacienda para desempeñarse como coordinador de asesores del secretario y en el 2008 fue nombrado subsecretario.

Nieto sagaz del viejo sistema político priista, a partir de ahí su carrera se aceleró de tal manera que fue secretario de Energía y de Hacienda en el gobierno de Felipe Calderón, y de Relaciones Exteriores, Desarrollo Social y de nuevo de Hacienda en la administración de Enrique peña Nieto. Sólo el presidente sabe qué hace bien Meade, pues no cabe duda de que atesora su presencia en el gabinete. O Luis Videgaray, a quien se atribuye el padrinazgo que tanto ha beneficiado al actual secretario de Hacienda.

Ese padrinazgo ha colocado a Meade en la antesala de la candidatura presidencial del PRI, pues es el único beneficiario de las reformas a los estatutos priistas aprobadas el sábado en la 22 Asamblea Nacional de ese partido, y que provocaron el recordatorio de Meade sobre la militancia de su papá.

Como es obvio que todo lo que sucedió en las mesas temáticas y en el pleno de la asamblea priista ocurrió por la orden o el consentimiento del presidente Peña Nieto, puede acreditarse la fecha del sábado como la del destape de Meade. Sin duda alguna, Peña Nieto prepara las cosas para que el secretario de Hacienda sea el candidato del PRI a la Presidencia en el 2018. No por nada así fue tratado Meade en la asamblea, como el “tapado” según la antigua usanza priista traída de regreso por Peña Nieto. Sin embargo, aunque todo sugiere que esa es su intención, nada garantiza hoy que en efecto lo vaya a designar. Si se admite la posibilidad de que algo de prudencia quede en Los Pinos, al final es posible, sólo posible, que la presión generada por el riesgo de la derrota se imponga a la pulsión de que la voluntad presidencial debe prevalecer a toda costa. Porque Meade carece de fuerza propia, de popularidad, de proyección, de la imagen mínima de presidenciable que necesitan los aspirantes. Es solamente el capricho de un presidente.

En una encuesta realizada por la propia Presidencia de la República recientemente, a una pregunta sobre los candidatos presidenciales sin importar el partido que los postule, Meade aparece en el noveno lugar, después de Andrés Manuel López Obrador, Margarita Zavala, Miguel Angel Osorio Chong, Ricardo Anaya, Rafael Moreno Valle, Eruviel Avila, Miguel Angel Mancera y José Narro. Y figura con 3.7 por ciento de las preferencias de voto, frente a 8.4 de Osorio Chong. No es todo, pues a la pregunta ¿quién considera usted que es el mejor candidato del PRI a la Presidencia?, el primer lugar lo obtiene Osorio Chong con 18.85 por ciento y le siguen Eruviel Ávila con 12.77, Manlio Fabio Beltrones con 8.29, José Narro con 8.12, José Antonio Meade con 7.84, y Luis Videgaray con 4.27 por ciento. El quinto lugar. (La Jornada, 28 de julio de 2017)

Ese es el pobre perfil tecnócrata y esa la escasa puntuación política de José Antonio Meade. Y con todo, no hay duda de que es el favorito de Peña Nieto para hacerlo candidato, ante la imposibilidad de designar a Luis Videgaray, el verdadero recipiendario de sus afectos. El segundo en la línea sucesoria es Aurelio Nuño, el secretario de Educación Pública. En la perspectiva presidencial, después de ellos entraría en escena Osorio Chong, es decir, si ninguno cuaja. Y no parece que Eruviel Avila o José Narro tengan posibilidades reales en esa disputa.

Cuando José Antonio Meade era secretario de Desarrollo Social, dijo alguna vez que el leitmotiv de la política es “generar condiciones de satisfacción que permitan superar la pobreza”. Lleva cerca de veinte años en los primeros círculos del poder público, y unos diez en altas posiciones de decisión, y los grupos a los que pertenece o ha pertenecido han tenido durante más de treinta años las riendas del país, y no han reducido la pobreza. Al contrario, han hecho del país un lugar más pobre y más inseguro. Pese a todo, el sábado pasado se puso al frente en la carrera de la sucesión priista.

Si los planes de Peña Nieto se consuman, se confirmará el recelo que el presidente y su grupo manifiestan hacia Osorio Chong y la imperiosa necesidad de alguien que les cuide las espaldas al término del sexenio. De ahí que hayan puesto en práctica el mismo modelo utilizado para las elecciones del estado de México, y con el mismo objetivo: ganar a como dé lugar.

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