–Es que yo no lo sabía… apenas ayer lo leí –le expliqué a la pared que tengo enfrente…. que solo escucha, no critica.

Martha Cupa León

La pared que tengo enfrente solo escucha, no critica. En cambio, mis colegas me miraron como si estuviera loca cuando les conté que mi obra ocupaba el segundo lugar entre las mejores del mundo.

–Ah, ¿sí? ¿Quién te dijo? –preguntó César socarronamente.

–La asociación de escritores de Suecia realizó una encuesta entre un centenar de escritores de todo el mundo para determinar la lista de las cien mejores novelas de todos los tiempos, y varios eligieron la mía.

–Sí, cómo no –exclamó Humberto al tiempo que con la punta de la lengua empujaba la parte inferior de su mejilla derecha.

Yo había escrito tres novelas y ninguna editorial importante aceptó publicarlas: dijeron que tenía buena calidad literaria, pero que la historia no atrapaba, así que me recomendaron algunas editoriales independientes. A una de ellas pagué  una importante suma de dinero para que me las imprimieran. Antes, por supuesto, las registré en Derechos de Autor, cada una con su respectivo Número Internacional Normalizado del Libro (ISBN, International Standard Book Number).

Estaba segura de que las tres obras de mi autoría eran excelentes y confiaba en que con el tiempo serían valoradas por el público lector. Sin embargo, mis compañeros del club literario no opinaban lo mismo: argumentaban que las grandes casas editoriales las habían considerado no publicables y que, por tanto, no eran buenas.

Desde mi atalaya les insistí que mi novela estaba entre las cien mejores, pero no me creyeron. Les dije que me había dado mucho gusto que hubieran considerado esa obra como clásica debido a la adhesión a ella de los lectores en forma constante, que superó las fronteras espaciales, así como las barreras lingüísticas, culturales y temporales porque seguía hablándoles de temas que les conciernen a hombres y mujeres nacidos en lejanos países mucho después de haberla escrito. 

–Me estás preocupando –susurró alguien.

–Está bien, te creemos. –Se acercó a mí Pedro, quien además de escritor es psicólogo–. ¿Cuál novela está en la lista?

–La mejor de todas, la que cambió mi vida.

–¿Cuál? –Lentamente llenó de aire sus pulmones para armarse de paciencia.

En busca del tiempo perdido.

–Esa es de Marcel Proust. ¿Por qué dices que es tuya?

–Porque me identifico mucho con su personaje principal: el joven escritor. Es mi novela favorita, por eso digo que es mía.

–¡Uf!, esa elección la hicieron en 2002, y la ganadora fue el Quijote –señaló Pedro al tiempo que caminó en reversa, alejándose lentamente de mí sin dejar de mirarme con extrañeza. Luego se volteó hacia los compañeros y con los dedos de la mano derecha encogidos, excepto el índice, le dio discretamente algunas vueltas a la oreja del mismo lado. Todos se fueron. 

–Es que yo no lo sabía… apenas ayer lo leí –le expliqué a la pared que tengo enfrente y que solo escucha, no critica.