*Ha transcurrido una década de la muerte de Monsiváis y, como si hubiese sido ayer, recuerdo cada instante de ese día…

 

Martha Cupa León

Aunque solo tardaría 15 minutos en llegar a la casa de Carlos Monsiváis, salí de mi vivienda ubicada en la calle Orinoco de la colonia Portales, con dos horas de anticipación. El motivo era una entrevista. A pesar de que era su vecina desde un año atrás, nunca había ido a visitarlo. Su teléfono me lo dio un amigo reportero de un periódico de circulación nacional, que cubría la fuente policíaca.

¿Qué relación tiene la fuente policíaca con Carlos Monsiváis?, seguramente te preguntarás, querido lector. La respuesta es que a cualquier persona le gusta la literatura de Monsiváis porque en esta él le habla a todos: al intelectual, al político, al artista, al vendedor de tacos, al estudiante, al acomodador de autos, al obrero, al campesino, a sus vecinos… Y siempre lo hace con un divertido tono irónico que atrapa.

–Claro, te espero el lunes a las ocho de la noche –me dijo el escritor.

La colonia Portales es un barrio tradicional, aún alejado de la globalización que nos masifica, una colonia en la que todavía predomina el comercio local: decenas de tiendas de abarrotes y fondas familiares le dan el toque de comunidad, de buena vecindad. En tiempos postcolombinos fue la gran Hacienda de Nuestra Señora de la Soledad de los Portales (de ahí el nombre de la colonia). 

Monsiváis era cliente asiduo del “Mercado de las pulgas” ubicado en la calle Rumania, entre Libertad y Santa Cruz. Ahí adquirió muchos artículos que conforman sus famosas colecciones que se pueden ver en el Museo del Estanquillo, en el centro de la Ciudad de México.

Desde 1944, dicho mercado atesora teléfonos, cámaras, discos, quinqués, máquinas de coser, relojes… Muchos de los ayateros solo se enteraron de lo valiosa que era su mercancía de segunda mano cuando Monsi se las compró. Por cierto, a Monsiváis lo puedo considerar un antípoda del snobismo: sabía mucho, pero no le gustaba presumirlo y ante sus vecinos se mostró siempre humilde y sencillo, como estos mismos lo manifestaron. 

El día de la cita apenas pasaban de las seis de la tarde, así que para hacer tiempo, me desvié hacia un popular club de baile ubicado en la Calzada de Tlalpan. La primera vez que entré a ese salón de baile fue para hacer un reportaje: me llamó la atención que la gente iba a bailar sin beber alcohol. El sitio me agradó en demasía al darme cuenta de que existen hombres que no necesitan que el vino le saque pasos de baile que el cuerpo se calla y que deberían salir cuando el hombre bebe agua, parodiando a Alberto Cortés.

Eran las 6:30, aún muy temprano. El tiempo que restaba lo dediqué a pensar cómo iniciar la entrevista al autor de Los rituales del caos, libro que, por cierto, se lo regaló y autografió a su vecino y amigo de la infancia Enrique Manríquez, quien, ufano, después de la muerte de Monsiváis platicaría que le dijo al autor: “A ver cuándo me das uno de tus libritos. Me dijo: sí, cómo no y me regaló, me autografió Los rituales del caos”.

En el libro que posee el orgulloso amigo del escritor se puede leer en la dedicatoria escrita con puño y letra de Monsi: “Al vecino, amigo y compañero Manríquez, estas crónicas de la Ciudad de México que ambos sufrimos y queremos, con aprecio, Carlos Monsiváis.”

Regresando al día de la entrevista, debía decidir con cuál pregunta empezar. Es obvio que esto lo debí haber hecho con anticipación, pero ad hoc con mi entrevistado, quien, según lo he leído, decía que, generalmente, un periodista no sabe cómo va a empezar y cómo va a terminar una crónica. Que lo premeditado se debilita o se elimina cuando se escribe la versión definitiva… Por eso, decidí crear las preguntas sobre la marcha.

La primera pregunta de la entrevista sería muy fácil, tendría que ver con lo que le obsesionaba: las multitudes, la vida sexual, la vida de las minorías, la política como opresión o presunta liberación… Después, de acuerdo con sus respuestas, lo seguiría interrogando hasta llegar a lo que me interesaba: su consejo.

Pero aún faltaba poco más de una hora para llegar a su casa. Por lo pronto, me convertiría en una flanêur, que en francés significa paseante. Vagaría por el barrio de la Portales, como seguramente Monsiváis lo hizo cientos de veces. De este se dice que tenía el don de la ubicuidad: quizás al mismo tiempo que sus vecinos lo vieron allí, otros lo vieron dentro de Metro, en Chapultepec, en el centro de la ciudad, o noséqué parte de La merced, o en una noche de juerga en cabarés con los caifanes.

Como consecuencia de leer la obra de Monsiváis, me parece que este forma parte tangible e intangible, no solo de la colonia Portales, sino de la Ciudad de México entera: se apoderó en sus crónicas de sus calles, sus barrios, su gente y su cultura. El autor de A ustedes les consta y Amor perdido, entre otras tantas obras, se constituyó en un personaje muy importante de su ciudad natal.

Finalmente llegué a la amplia fachada amarilla con puerta roja de metal, tres ventanas en la planta baja y tres arriba: una grande, una mediana y una pequeña, como en el cuento de “Ricitos de oro”, en donde esta llega a una casa en el bosque en el que viven el papá oso, la mamá osa y el osito, cuyos muebles y accesorios personalizados se describen siempre así: uno grande, uno mediano y uno chiquito. Sin embargo, en el caso de Monsiváis no vivían tres ositos, sino varios gatos. Charlamos en su escritorio: estaba repleto de libros, documentos, fotografías, figuras de luchadores…

Respondió mis preguntas con su característica ironía, contó que de niño se sentía menospreciado por ser hijo natural, por ser protestante, por pertenecer a la clase popular… Luego habló de la discriminación de la que fue objeto por ser de izquierda, por apoyar a las minorías y formar parte de estas… 

Habló de Arturo de Córdova, Prudencia Grifel, Gloria Trevi, Juan Gabriel, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, Frida Kalho, Diego Rivera… ¡Ufff! ¡Cuántos temas, cuánto conocimiento! Grabé, tomé nota. Y cuando consideré que ya lo había interrogado sobre lo más interesante, periodísticamente hablando, respiré profundo para lanzarle la pregunta que más me importaba: 

–¿Cuál es el consejo más importante que nos puedes dar a los jóvenes? (Porque yo, en aquel entonces era una joven de 20 años).

–Que nunca pidan consejos –contestó claro y sin titubear–: experimenten y cometan sus propios errores, para que aprendan.

Ha transcurrido una década de la muerte de Monsiváis y, como si hubiese sido ayer, recuerdo cada instante de ese día que lo entrevisté. Quizá ya olvidé lo que me dijo, pero lo que tuve, tengo y tendré siempre muy presente es la última pregunta que le hice, con su respectiva respuesta.

 

           

 

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