*El feminismo de Beauvoir se reivindicaba, así, como humanismo, reclamando para las mujeres la energía creativa y las capacidades que le habían sido negadas históricamente.

Por Alejandra Campos

La escritora, profesora, filósofa, feminista francesa Simone de Beauvoir es una de las figuras más reconocidas de la lucha por la igualdad de la mujer en el siglo XX, dedicando prácticamente toda su vida a este movimiento. Luchadora incansable por los derechos de la mujer, a favor de la despenalización del aborto. 

Simone nos puso ojos, nos mostró ante el espejo de la verdad y valentía y nos abrió el camino de la reflexión sobre aquello de lo que nos hicieron sentir culpa. En este momento recuerdo una película que se llama “Amor a colores”, así se tituló en México o “Plesantville” la cual trata que anteriormente (en una época distinta, quizás de nuestros padres o abuelos) se veía la vida en blanco y negro, pero en cuanto los personajes se van dando cuenta de que los patrones impuestos, sobre todo aquellos que tienen que ver con los roles establecidos hacia las mujeres o la forma de interactuar en el amor, han hecho daño a hombres y mujeres, entonces la vida empieza a verse a color y todo a su alrededor deja de estar en blanco y negro incluso ellos mismos, aquí vemos una metáfora no sólo de la vida sino del papel de las mujeres en la sociedad. Esto mismo pasa con las lecturas de Simone de Beauvior nos abre la puerta al mundo  oscuro, en el que nos deja ver ese sometimiento a una vida de tabúes y estereotipos que está a nuestro alrededor y de manera muy cercana, y que si queremos podríamos transformarla.

Hablando de uno de sus libros más leídos “LA MUJER ROTA” dice lo siguiente “La gente feliz no tiene historia. En el desconcierto, la tristeza, cuando uno se siente quebrantado o desposeído de sí mismo, experimenta la necesidad de narrarse […] La mujer rota es la víctima estupefacta de la vida que ella misma se eligió” “Me siento solidaria de las mujeres que han asumido su vida y que luchan por lograr sus objetivos; pero eso no me impide -al contrario-interesarme por aquellas que, de un modo u otro han fracasado, y, en general, por esa parte de fracaso, que hay en toda existencia”

Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre

Simone de Beauvoir dijo que “la mujer, como el hombre, es su cuerpo” y a partir de ahí comienza una profunda producción de la literatura feminista y obviamente de uno de los pensamiento más avanzados del siglo, en sus propias palabras, mientras “el hombre percibe su cuerpo como una relación directa y normal con el mundo (…), la mujer tiene ovarios”. Desde la infancia, la mujer ve su cuerpo como un algo que tiene que proteger, tratando siempre de actuar en congruencia con su feminidad por ejemplo, a que sus movimientos cororales, no entren en contradicción con la feminidad que se espera que proyecte en todo momento, siguiendo los estereotipos impuestos desde la familia, la educación, incluso la imitación y las costumbres, algo que se ve reflejado en todas las mujeres. Mientras que el hombre con independencia de sus oportunidades y sus grandes posibilidades de elección en todos los ámbitos.  “Él es el Sujeto, es el Absoluto: ella es la Alteridad”. Para la filosofíala alteridad es lo contrario a la identidad y, en este sentido, puede ser definida como la relación de oposición que se registra entre el sujeto pensante, es decir, el yo, y el objeto pensado, o sea, el no yo. Así, la alteridad es el principio filosófico que permite alternar o cambiar la propia perspectiva por la del otro. Y así, desde este enfoque, define Simone de Beauvoir al patriarcado, ese concepto que tanto miedo absurdo sigue generando.

El feminismo de Beauvoir se reivindicaba, así, como humanismo, reclamando para las mujeres la energía creativa y las capacidades que le habían sido negadas históricamente. Así el libro “El segundo sexo” a sus 70 años sigue siendo una obra repleta de interrogantes que abren el mundo de las mujeres, pero también de los hombres, hacía nuevas posibilidades y horizontes de libertad y acompañamiento para caminar juntos de la mano con él, con ella, o en las soledades de sus propias decisiones.