Foto: Cuartoscuro

Por Humberto Musacchio

Periodistas Unidos. Ciudad de México. 23 de octubre de 2020.- Fue impresionante el ascenso de Morena hasta conquistar la Presidencia de la República. Creado como organismo social de apoyo al candidato presidencial del PRD en 2012, en ese mismo año se registró como asociación civil, dos años después obtuvo registro como partido político y en 2018 triunfó arrolladoramente en las elecciones y conquistó la Presidencia de la República, la mayoría en el Senado y en la Cámara de Diputados y las gubernaturas de varias entidades.

Pero si el ascenso fue deslumbrante, la caída es algo más que estrepitosa, como ocurrió en los dos procesos electorales de este año, en Hidalgo y Coahuila. En el primero de esos estados el PRI ganó 32 de los 84 municipios, diez más que en 2016, en tanto que Morena apenas pudo imponerse en seis alcaldías y en cinco más como parte de una coalición con el PT y organizaciones tan desprestigiadas como el Partido Verde y los evangélicos de Encuentro Social, que en Hidalgo tienen registro estatal.

Donde Morena vivió un desastre fue en Coahuila. Ahí los priistas, como en los viejos tiempos, se levantaron con carro completo y se llevaron todas las diputaciones. De poco sirve que Alfonso Ramírez Cuéllar denuncie que hubo compra de votos, detención ilegal de opositores, violencia y otras de las acostumbradas triquiñuelas del PRI. Lo cierto es que Morena fue incapaz de contener las ilegalidades del tricolor, pues ni siquiera pudo contar con representantes en todas las casillas, lo que muestra una debilidad que no empata con un partido que hace menos de dos años ganó arrolladoramente.

Como se sabe, la victoria tiene muchos padres y madres, pero la derrota carece de progenitora. De ahí que, como era previsible, ahora los morenistas se acusan unos a otros del fracaso. En Coahuila, un grupo de militantes del partido guinda, encabezado por el folclórico senador Armando Guadiana, quien no se quita el sombrero ni para bañarse, acusó de traición a las dirigencias estatal y nacional.

En especial, Guadiana señaló a las hermanas Miroslava y Hortensia Sánchez Galván de ayudar a los adversarios y “andar acarreando gente para el PRI”. Hasta Alfonso Ramírez Cuéllar salió raspado, pues el vaquero denunció que los morenos no contaron con estructura ni con recursos económicos la mayor parte de la campaña. En el colmo, declaró que “desaparecían” las listas de representantes de casilla, pues era gente que participaba en el trasiego de votantes. “Eso no se vale, porque fue desde adentro de Morena”, agregó la diputada Melba Farías.

Por supuesto, no les fue mejor al PAN y al PRD, que en estas elecciones acabaron de desfondarse. Con una alta dosis de mala leche, la dirigencia nacional de PRI dijo que “a los morenistas les quedó claro que no es lo mismo tener al Presidente en la boleta que no tenerlo”, lo que anticipa que si Morena quiere meter a Ya Saben Quién en las boletas del año próximo, seguramente presenciaremos un agrio debate por el abuso.

Lo cierto es que la realidad le cobró a Morena el desgarriate en que vive. Ningún partido puede funcionar adecuadamente si carece de una dirección aceptada por toda la militancia, con autoridad sobre grupos, corrientes y personas, con un rumbo preciso y políticas claras. De seguir las cosas como hasta ahora, ni Marcelo Ebrard ni Claudia Sheinbaum la tendrán segura en 2024, pues no se ganan elecciones sin contar con una fuerza popular organizada, disciplinada y consciente del proyecto que la guía.

Otro que hace cuentas alegres es el mismísimo fundador, artífice y líder político de Morena, quien declara que puede dejar la organización y los serviciales magistrados del Tribunal Electoral, previsores, le conceden registro a dos partidos-patiño: el renacido PES y el del líder charro Pedro Haces. Siempre será más fácil manejar a políticos acomodaticios que darle estructura y orientación a un movimiento donde cada quien jala por su lado.

AMLO asegura que no intervendrá en los conflictos internos de los morenos, pero repetidamente asesta mandarriazos a los dirigentes y de ese modo les resta autoridad ante sus bases. Por ese camino, lo más seguro es que el año próximo Morena sufrirá un quebranto y en 2024 le será difícil ganar la elección, la grande. El desastre tiene responsables.