Foto: Cuartoscuro

Por Humberto Musacchio

Periodistas Unido. Ciudad de México. 14 de agosto de 2020.- Es cierto que el PRI está en la lona, pero la cultura priista sigue presente y marca de manera decisiva nuestra vida política. Hoy tenemos más libertades que durante el viejo régimen, pero eso no es regalo del gobierno presente, sino conquista duramente adquirida a lo largo de cruentas batallas libradas por varias décadas.

Sí, hay más libertad, pero el aparato de poder se muestra inconmovible en algunos aspectos. El más evidente de todos es, como en los viejos tiempos, el presidencialismo, la sacralización del que manda, la condena rotunda de toda disidencia, la intolerancia feroz ante el que piensa distinto.

Por fortuna, ese presidencialismo ya no impera en el conjunto de la sociedad, sin embargo, rige dentro de la fuerza política dominante, representada por Morena y sus aliados. En ese conglomerado priva una obediencia religiosa hacia el Tlatoani y la crítica al mandatario se considera imperdonable herejía.

Dos hechos desnudan esa indeseable realidad: la entrevista a Porfirio Muñoz Ledo del colega René Delgado y la tramposa grabación de que fue víctima Víctor Manuel Toledo, secretario de Medio Ambiente. En ambos casos, las huestes fanáticas que apoyan al presidente López Obrador llaman traidores a los citados personajes y los han llenado de insultos.

Muñoz Ledo, el político más brillante del último medio siglo, habló sin pelos en la lengua, pues señaló que el equipo del Ejecutivo “no se está caracterizando por ser un gobierno de izquierda” y no permite la independencia de personajes con liderazgos y experiencia, no se tiene una política económica integral, la relación con los empresarios es contradictoria, al secretario de Hacienda, Arturo Herrera, “no le hacen caso cuando advierte que no se puede seguir adelante sin una reforma fiscal” y los gobernadores han sido marginados en temas como la actual pandemia… En suma, el Presidente “sí oye a los críticos, pero no los escucha”.

Por su parte, Víctor Manuel Toledo se opuso a la iniciativa de ley preparada por la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, la Sader, misma que echaría abajo la norma que impide el empleo del glifosato, plaguicida calificado por la Organización Mundial de la Salud como probable cancerígeno y probado depredador de especies como las abejas melíferas.

Víctor Villalobos, quien encabeza la Sader, es el impulsor de la llamada Ley Monsanto y, por eso mismo, su política es apoyar “fundamentalmente a los agronegocios, está en contra de la agroecología y trata de imponer toda la visión que impera en el mundo con las grandes corporaciones” —dice Toledo en la grabación pirata— y cuenta con el apoyo de Alfonso Romo, quien es “el principal operador para bloquear lo ambiental, la transición energética y la agroecológica”, quien le pidió al propio secretario de Medio Ambiente “ser más accesible con Grupo México”, el depredador de Sonora y otros estados.

Toledo se refirió también a un subsecretario de Gobernación cuyo nombre no mencionó, pero que es, obviamente, Ricardo Peralta, quien convocó a una reunión para convencer a “cinco secretarías” de que apoyaran a la transnacional Constellation Brands. Por si hiciera falta, Toledo también hizo referencia a la secretaria de Energía, Rocío Nahle, quien, como el resto del gabinete, “no está para nada” con una visión en favor del ambiente, lo que “tampoco está en la cabeza del Presidente”.

Se puede entender que en el gabinete se presenten contradicciones de ese calibre, pues el triunfo electoral de 2018 requirió de una amplísima suma de fuerzas en la que hubo —y hay— las más diversas tendencias e intereses. Pero después de haberse recorrido la cuarta parte del sexenio, la indiscutible autoridad presidencial no se transmite todavía a los mandos superiores y medios, requisito indispensable para que la pirámide del poder funcione con eficacia.

La causa de tanto desbarajuste está en la falta de una definición precisa del proyecto político, pues el cúmulo de actitudes contradictorias y de líneas dispersas son pequeños remolinos convertidos en un vendaval, donde los propios tripulantes de la nave ignoran el rumbo, lo que, contra las esperanzas de la mayoría de los mexicanos, puede llevar a un naufragio de consecuencias incalculables para la nación.