*Con todas las averiguaciones realizadas quedó demostrado que no hubo supervivientes de la familia imperial rusa asesinada en 1918 y se acabó con el mito de que la gran duquesa Anastasia Románov sobrevivió, como se creía en la cultura popular.

Martha Cupa León

Sin duda, el asesinato de los Románov pasó a la historia como uno de los más desgarradores del siglo XX y dejó tantas incógnitas que durante más de ochenta años se estuvo dilucidando si algún integrante de la familia imperial rusa pudo sobrevivir a la ejecución que tuvo lugar el 17 de julio de 1918.

Remontémonos a la fría noche del 17 febrero de 1920, es decir, dos años después del cruento suceso. Un policía que realizaba su ronda contempló atónito a una joven que intentaba zafarse del abrazo de las aguas del río Spree, y la rescató. Era una mujer hermosa, tímida, trémula; parecía muda: no hizo ningún intento por revelar su identidad. La llevó a un hospital, en donde la registraron como la chica “desconocida”. 

En un estado casi catatónico y sin que nadie la reclamara, la desconocida pasó del hospital a una institución mental. Allí pareció recuperar la memoria y le aseguró a una enfermera que su nombre era Anastasia Románov, la gran duquesa, y que fue recuperada in extremis por un joven soldado ruso, miembro de aquel pelotón de ejecución. Le platicó que este muchacho, enamorado de su belleza e inteligencia, la salvó, se enamoraron, fueron felices hasta que él fue asesinado en las calles de Rumanía y que, Incapaz de soportar su dolor, ella intentó acabar con su  vida en el río Spree.

El rumor de que uno de los Románov había sobrevivido se esparció por todos los rincones de Europa. La joven empezó a recibir visitas de allegados de la familia real que deseaban conocerla. No obstante que solo habían transcurrido dos años desde la desaparición de Anastasia, nadie tenía la certeza de que la desconocida fuera la hija de Nicolás y Alejandra, o de que no lo era. 

Para unos no había ningún parecido, pero otros decían que era idéntica a la princesa. Estos últimos se aferraban además a una peculiar malformación en los dedos gordos de sus pies (Anastasia sufría una afección muy poco glamurosa: juanetes) y al conocimiento que la joven tenía de la historia familiar. Olga: hermana del zar Nicolás, e Irene de Prusia: hermana de la zarina Alejandra, interrogaron a la desconocida.

Antes de continuar con esta historia, retrocedamos al año 1918 para conocer cómo fue aquella noche fatídica en que murieron el zar Nicolás II; su esposa Alejandra; su heredero, el príncipe Alexei y sus cuatro hijas: Olga, Tatiana, María y Anastasia (esta última tenía 17 años):

Tras la renuncia del zar, la familia real había sido obligada a peregrinar durante casi un año a lugares cada vez más modestos y deprimentes, siempre custodiada por el ejército bolchevique que temía que Nicolás II fuese rescatado por los rusos blancos y reinstaurado en el trono. La casa Ipatiev había sido su última parada. 

Aquella noche de julio fueron despertados de madrugada, lo tomaron como un nuevo y fatigoso traslado y se vistieron antes de dejar sus habitaciones. Tal como les había instruido la zarina a sus hijas, en su ropa interior llevaban cosidas todas las joyas imperiales, su salvoconducto en caso de salir de las garras de los bolcheviques. Bajaron somnolientos y resignados y los acomodaron para, supuestamente, tomarles una foto. Desconocían que eran sus últimos minutos de vida.

El batallón improvisado les disparó, pero estaban tan borrachos que pocas balas acertaron y las que lo hicieron rebotaron en los inesperados chalecos de joyas de las princesas. Para rematarlas, los soldados les clavaron las bayonetas y para asegurarse de que todos estaban muertos les dispararon en la cabeza. Según la crónica de los asesinos, Anastasia fue la última en morir. Tras la matanza, los verdugos llevaron los cuerpos a una mina abandonada y allí los quemaron y enterraron: nadie sobrevivió… Pero ¿esta era la verdad?, o como contaba la chica desconocida ¿un soldado arrepentido la rescató y la ayudó a salir del país? 

Las películas que se han hecho sobre Anastasia retoman una peculiar parte de la historia real: el cuerpo de la princesa no fue encontrado, por lo que los rumores de que estuviera viva sí fueron reales, incluso muchas mujeres declararon ser la única heredera sobreviviente. La más famosa fue Anna Anderson, quien es la chica “desconocida” rescatada en el río Spree y a la que supuestamente la ayudó a escapar el soldado. Incluso esta joven llegó a los tribunales para declararse como la verdadera Anastasia Romanov, lo cual supuso la batalla legal más larga de la historia de Alemania, ya que Anna inició un juicio en 1938 que terminó hasta 1970.

El fallo de la sentencia decía que Anderson no había aportado suficientes pruebas para demostrar que era la gran duquesa, pero que tampoco se podía confirmar que la muerte de Anastasia era un hecho probado. Más de medio siglo después de aparecer flotando en un río berlinés, Anna seguía afirmando ser la heredera de la dinastía Romanov y durante muchos años el mundo entero le creyó.

Anna Anderson falleció el 12 de febrero de 1984 rodeada de toneladas de basura. Tras su muerte, a lo largo de los años se siguieron realizando pruebas. Se encontraron muestras de ADN en un pañuelo que le perteneció y se confirmó que no se trataba de la hija de Nicolás II. Los resultados fueron claros: Anna Anderson era una impostora.

Además, se comparó su ADN con el de familias de una lista de desaparecidos entre 1918 y 1920 y se concluyó que realmente se trataba de Franziska Schanzkowska, quien nació en Polonia en 1896. Franziska desapareció en 1920 tras perder la memoria trabajando en una fábrica en Berlín. Se cree que al conocer la historia de Anastasia asumió la vida de la princesa como propia.

En mayo de 1979, trabajando en secreto, el geólogo Alexander Avdonin, nacido en Ekaterimburgo, y el cineasta ruso Geli Ryaboy localizaron la sepultura del zar y su familia, pero ocultaron el descubrimiento por temor a represalias de las autoridades soviéticas. Tras la caída de la Unión Soviética, el hallazgo se hizo público. En 1991 comenzó una excavación oficial que reveló que la tumba guardaba solo nueve personas: cinco Románov y sus cuatro sirvientes. 

El experto forense Sergei Abramov usó medidas craneales para identificar los huesos, y científicos británicos tomaron ADN mitocondrial de los restos y los compararon con el de sus parientes conocidos. En 1993 se anunció que los cadáveres eran los del zar, la zarina, Olga, Tatiana y Anastasia Románov. 

En agosto de 2000, la Iglesia Ortodoxa de Rusia anunció la canonización del zar y de su familia y se inició la construcción de la Iglesia de Todos los Santos en Ekaterimburgo, levantada en el lugar donde estaba la casa Ipatiev, en la que los asesinaron. En 2008, el Tribunal Supremo de la Federación Rusa dictó una sentencia que rehabilitó a la familia Románov, declarándola víctima de la represión política de la dictadura comunista.

 Descubrimientos recientes eliminaron cualquier tipo de duda. En 2007 se encontraron los restos de dos hijos del zar, cuyo ADN mitocondrial coincidía con el de la zarina y las tres hijas encontradas en 1991. Para asegurar que estos restos eran de la familia imperial rusa, los investigadores cotejaron el ADN mitocondrial de la zarina y sus hijos con los del Duque de Edimburgo, consorte de la Reina Isabel de Inglaterra, ya que es el nieto de la hermana de la zarina. 

Con todas las averiguaciones realizadas quedó demostrado que no hubo supervivientes de la familia imperial rusa asesinada en 1918 y se acabó con el mito de que la gran duquesa Anastasia Románov sobrevivió, como se creía en la cultura popular.