*Nadie se imaginó que esta afirmación pondría en jaque a las monarquías europeas y a los bancos suizos que guardaban la fortuna de los Románov.

 

Martha Cupa León

Los últimos momentos de Rasputín están rodeados de misterio. Como es lógico, a muchos miembros de la corte rusa les indignaba que un pueblerino místico fuera el principal consejero de la familia real. Durante la Primera Guerra Mundial, sus enemigos lo acusaron de ser un espía alemán e influir en la zarina, de ascendencia alemana, y esto contribuyó a la caída del régimen zarista en Rusia. 

Los simpatizantes de la alianza de Rusia con Francia, deseosos de la derrota alemana, sospechaban que el monje estaba disuadiendo al zar Nicolás II de participar en el conflicto mundial y, por tanto, estaba socavando la política exterior rusa, así que para salvar a la monarquía, el campesino debía morir. 

Según la hija de Rasputín, María, el ministro del Interior ruso, Alexander Protopopov, le había advertido al monje que había un complot para matarlo y le recomendó que evitara socializar durante algunos días, sin embargo, cedió a la tentación de asistir a una reunión con la promesa de que vería a la princesa Irina Alexándrovna, por la que Grigori Yefímovich Rasputín sentía fascinación.

Irina Alexándrovna

La conjura para terminar con Rasputín surgió en el entorno más íntimo de Nicolás: el sobrino del zar, el príncipe Félix Yusúpov, heredero de la mayor fortuna de Rusia y recién casado con Irina, reclutó al duque Dimitri Pávlovich, primo de Nicolás y a quien este quería como a un hijo. El tercer cómplice fue el ultraderechista Vladimir Purishkevich, diputado de la Asamblea legislativa de Rusia. Investigaciones recientes indican que también estuvo implicado el Servicio Secreto Británico.

El 29 de diciembre de 1916, Félix invitó a Grigori a su palacio con la promesa de que vería a Irina. A pesar de haber recibido una advertencia previa del peligro, el monje llegó alrededor de la media noche. Yusúpov lo llevó a un sótano mientras esperaban la llegada de la princesa, quien supuestamente atendía a otros invitados, pero en realidad ella ni siquiera estaba en Rusia. Lo que sucedió después parece sacado de una película de terror. 

Según un libro publicado por el propio príncipe Yusúpov, quien era escritor, le sirvió a Rasputín vino y unos pasteles envenenados con suficiente cianuro como para matar a un elefante: el monje los consumió sin inmutarse. Luego le sirvió dos vasos de vino con la misma sustancia tóxica, pero lejos de sentirse mal, Grigori comenzó a cantar.

El príncipe Félix Yusúpov,

Exasperado porque el veneno no hacía efecto, el príncipe le disparó a Rasputín con una pistola Browning. Cuando se acercó a comprobar si había muerto, el monje se avalanzó sobre él. Purishkevich le disparó con su pistola Savage y lo derribó, pero Grigori se volvió a levantar como un monstruo y salió huyendo por el patio trasero. Vladimir Purishkevich le disparó a la espalda, le acertó dos veces y lo mató. Además le asestó un fuerte golpe en la sien y lo remató con un tiro en la cabeza. Lo ataron con cadenas y lo tiraron al río Nevá, donde apareció días después, congelado.

El mito dice que a pesar del veneno, los disparos y el golpe, increíblemente el monje murió ahogado, pero investigaciones más recientes aseguran que “no se encontró evidencia de ahogamiento. Rasputín ya estaba muerto cuando lo lanzaron al agua”. Un patólogo determinó que la causa de la muerte fue un tiro en el estómago que causó seria hemorragia.

Por otro lado, personas que conocían bien a Rasputín dijeron que él siempre rechazaba los alimentos dulces porque creía que eran dañinos para sus poderes especiales. Creen que los asesinos lo mataron en el momento en que entró al palacio, disparándole a quemarropa. 

Yusúpov se exilió en París después de la Revolución Bolchevique de 1917 y vivió hasta los 80 años. Purishkevich fue arrestado en 1918 en Petrogrado (el nombre bolchevique de San Petersburgo) y después liberado por órdenes del jefe de la policía secreta Felix Dzerzhinsky. Vladimir murió de tifus en 1920 durante la guerra civil rusa. Rasputín fue enterrado junto al palacio de Tsárskoye Seló en enero de 1917. Después de la Revolución de Febrero, su cuerpo fue exhumado y quemado en el bosque de Pargolovo, donde las cenizas fueron esparcidas. 

Se dice que unos días antes de morir, Rasputín le dijo a la zarina: “Espero una muerte violenta antes de que acabe el año. Si es a manos de la nobleza, los zares también morirán en el plazo de dos años”. Estas palabras se convirtieron en una profecía: el monje murió el 30 de diciembre de 1916 y los revolucionarios comunistas asesinaron a la familia Románov en 1918.

Dos años después, durante una fría noche de febrero, una joven fue rescatada del río Spree, en Berlín. Algunos días más tarde, la “señorita desconocida”, como fue registrada en el hospital a donde la llevó la policía, aseguró ser la gran duquesa Anastasia. En ese momento nadie se imaginó que esta afirmación pondría en jaque a las monarquías europeas y a los bancos suizos que guardaban la fortuna de los Románov.

¿Cómo había podido escapar la joven de los soldados bolcheviques que asesinaron a su familia aquel 17 de julio de 1918?  En mi siguiente columna de Otro País Noticias les contaré el mito de Anastasia y la verdadera historia.