OTRO PAÍS

Tomás Tenorio Galindo

El alboroto causado por la difusión de una lista de contratos de publicidad otorgados a periodistas por el gobierno de Enrique Peña Nieto no alcanzó a ocultar la semana pasada los efectos políticos producidos por la renuncia de Germán Martínez a la dirección general del IMSS. Tampoco opacó el escándalo provocado por los recortes al sector salud, o el que se originó el viernes por las acciones y la posterior renuncia de la secretaria de Medio Ambiente, Josefa González Blanco.

Si la distribución de aquella lista el jueves estuvo destinada a atenuar el impacto que la renuncia de Martínez Cázares tuvo en la imagen del gobierno federal y particularmente en la imagen del presidente López Obrador, o a esconder la percepción social generada por los escandalosos recortes presupuestales en el sector salud, eso no ocurrió. Cada uno de esos acontecimientos adquirió su propia dimensión y surtió los efectos que le corresponden.

La dimisión del ex panista Martínez Cázares ofreció una prueba más de que el agua y el aceite no se llevan. Aun cuando en su adhesión a la campaña de López Obrador en febrero de 2018 Germán Martínez se comprometió a obedecer las órdenes del entonces candidato presidencial, esa lealtad no soportó el rigor del ejercicio gubernamental ni las pugnas dentro del aparato de gobierno. Pero, sobre todo, no soportó el carácter de las órdenes del presidente López Obrador. Porque la “injerencia perniciosa” que el ex director del IMSS denunció en su carta de renuncia no provenía realmente de la Secretaría de Hacienda, como él escribió, sino del presidente mismo, quien muestra una obsesión tan desmesurada con el tema de la austeridad y los ahorros, que sus recortes empiezan a causar mutilaciones y hemorragias por todas partes dentro del gobierno, incluso en un ámbito tan delicado como el de las instituciones de salud según quedó de manifiesto en estos días.

La integración de Germán Martínez al proyecto de López Obrador era más simbólica que relevante. No se pasó con él una tropa de panistas a Morena ni parece haberle atraído votos de la derecha. Pero para López Obrador significó un discreto triunfo, si se considera el perfil de Martínez Cázares, quien en el 2006 desempeñó con éxito el papel de furibundo antilopezobradorista. Su paso por la dirigencia del PAN y por la titularidad de una secretaría de Estado en el gobierno de Felipe Calderón, así como su credo abiertamente neoliberal, definen con claridad ese perfil. Que hace un año, en el arranque de las campañas por la Presidencia, ese mismo personaje apareciera proclamando su fe en el proyecto de López Obrador, representaba una revancha política y un mentís histórico a los estigmas que el calderonismo solía agitar contra el candidato de Morena.

El ex director del IMSS se reincorporó de inmediato a su escaño en el Senado, y pese a todo en el grupo de Morena, pero no se ve cómo podría recuperar la confianza del grupo en el poder, si su carta de renuncia y al mismo tiempo diagnóstico del gobierno deja en evidencia al mismo presidente, quien por inferencia queda descrito como un hombre insensible y ciego, capaz de cometer la atrocidad de recortar presupuestos vitales con tal de nutrir su prioridad que es el reparto de subsidios sociales.

Si esa carta no fue un rompimiento con López Obrador, como por conveniencia política se intenta aparentar en Morena y en el grupo de senadores morenistas, entonces presenciamos un acto de simulación escenificado y consentido por ambas partes. La decisión del ahora senador morenista de no retirarse sin denunciar lo que sucede en el gobierno de López Obrador –la centralización obsesiva, la austeridad sin consideraciones, los recortes generalizados y a costa de todo— constituye un servicio socialmente útil, el de abrir al ojo público el cuarto en el que se toman las decisiones de la Cuarta Transformación. Fue un golpe audaz, como si hubiera sido orquestado por la antigua mafia del poder.

La renuncia de Josefa González también permite ver la cocina lopezobradorista. Ella fue despedida sin contemplaciones por el propio López Obrador una vez que fue informado sobre la prepotencia con que la funcionaria retuvo el vuelo que iba a abordar, sólo porque se le hizo tarde. Fue un cese justificado que, sin embargo, parece haber sido recibido con complacencia por la cesada. Hasta con alivio, si se toma en cuenta que la ex funcionaria estaba fastidiada por no tener recursos para hacer nada, según versiones periodísticas. Es decir, más o menos el mismo estado de ánimo que llevó a Germán Martínez a la renuncia. Se entiende entonces lo que dijo López Obrador al comentar la determinación de Germán Martínez, que habría más renuncias. Hasta donde puede advertirse, todas por las mismas razones.

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