–¿Qué vas a estudiar después de la secundaria? –le pregunta un chico a otro.

 –Nada –contesta el interpelado.

–Entonces, ¿a qué aspiras, qué quieres tener cuando seas grande? –pregunta, sorprendido, el primero.

–Poder, respeto, dinero, una camioneta bien chida y una vieja bien buena… 

–¿Y todo eso cómo lo vas a conseguir?

–Fácil: en el narcotráfico.

–Pero lo más seguro es que ahí te maten muy pronto.

–No importa: prefiero vivir cinco años como rey, que 50 como buey… como mi papá.

Quizás a algunas personas les parezca familiar la charla anterior, y otras la consideren cotidiana, ya que se desarrolla en México, es decir, en una sociedad que normaliza la violencia: los levantones, las ejecuciones, los encajuelados, los cuerpos cercenados, las mujeres asesinadas por su género, los niños violentados… Y todo esto ocurre en el marco de instituciones creadas para impartir justicia, pero que no la ejercen porque se dejan corromper por los delincuentes, otorgándoles impunidad a cambio de dinero.

En nuestro país, dice Jorge Jiménez, coordinador del curso “Derechos humanos y normalización de las violencias”, los delincuentes conocen mejor sus derechos que las víctimas y saben a quiénes darles dinero a cambio de que no los aprehendan.

–Es verdad –dice uno de los asistentes al curso– cuando robaron la bodega donde trabajo, llegó la policía a investigar: los delincuentes consiguieron de inmediato un abogado defensor. Este ya estaba a punto de lograr que los soltaran y que nos encarcelaran a nosotros…

–Yo soy uruguaya –indica otra participante–, y me asaltaron poco después de que llegué a México, en la Alcaldía Benito Juárez. Fui a poner la demanda a la delegación correspondiente y me hicieron dar muchas vueltas. Cada vez que iba me decían que aún no tenían resultados y me preguntaban si seguía en pie mi demanda, a lo que yo contestaba que sí. Entones me indicaban que regresara la siguiente semana. Vivo en Cuautitlán Izcalli: desplazarme de mi domicilio a la delegación implicaba mucho gasto: ya casi había gastado la cantidad de dinero que me robaron, pero lo que más me importaba eran mis documentos… Afortunadamente una persona me localizó por Facebook para decirme que los había encontrado, y me los entregó.

–¡Bienvenida a México! –dijimos casi en coro los demás asistentes.

Normalizar la violencia es una forma de suspender la lucha contra la criminalidad. Hay gente que ya ni se inmuta ante el creciente número de homicidios en nuestro país porque considera que estos “son el resultado de involucrarse con los malos”. 

Desde 2006, año en que comenzó el mandato de Felipe Calderón, quien le declaró la guerra al narcotráfico, nuestro país se vio inmiscuido en alarmantes daños colaterales de los traficantes de drogas. A partir de esa fecha empezaron a aparecer cuerpos mutilados en la vía pública, en calles concurridas de las ciudades, ante gente que no tenía nada que ver con los bandos en pugna. Eran cadáveres en los que parecía que los narcos dejaban su marca: AQUÍ MANDO YO.

De acuerdo con el INEGI, el total de defunciones por homicidios, incluyendo feminicidios, fueron: 10,452 en 2006; 8,867 en 2007; 14, 000 en 2008; 19,803 en 2009; 25,757 en 2010; 27, 213 en 2011; 25,967 en 2012; 23, 063 en 2013; 20, 762 en 2015; 24,559 en 2016; 31,174 en 2017 y 34,202  en 2018. De seguir esta tendencia, 2019 se convertirá en el más violento desde 2006.

Con este panorama, si un taxista abusa de una mujer, la sociedad mexicana dice: “¿Quién le manda a ella tomar un taxi?”, en lugar de enfadarse vehementemente ante el suceso. Si matan a alguien, pregunta “¿en qué andaba?”. La normalización de la violencia es el proceso de resignarse y acostumbrarse a eventos que deben indignar. Lo normal no existe: lo vamos construyendo.

Lo común en México es que roben, maten y que las autoridades atropellen los derechos humanos al no impartir justicia. ¿Por qué se está haciendo “normal” que las personas linchen a un delincuente? Porque saben que si este llega a la delegación, dará dinero a los policías y lo dejarán libre. El estado está dejando de garantizar uno de los derechos de los ciudadanos: la justicia, por eso la gente ya no cree en las autoridades.

Jorge Jiménez cita al sociólogo Fernando Escalante: “En la reacción oficial hay implícita la fantasía de ‘la justicia del narco’. La primera hipótesis con la que trabaja la policía, la que se anuncia a los medios en los comunicados de prensa, y la que sirve generalmente para cerrar la investigación, es que las víctimas eran ‘miembros del crimen organizado’, lo mismo que sus victimarios, salvo excepción –que se explica como excepción–, no hay errores, accidente, equivocaciones, torpezas, caprichos. Nada es un puro azar ni las muertes son gratuitas. Los narcos saben a quién matan y por qué lo matan”.

La violencia no es congénita: se aprende, dice Jorge. “No es normal por naturaleza, sino consecuencia del ambiente en el que crecen las personas, los ejemplos que reciben en su vida cotidiana. Lamentablemente, la practican más los jóvenes con bajos niveles de educación”.

Las conclusiones del curso fueron que los mexicanos debemos exigir a las autoridades de cualquier índole que nos respete derechos como la libertad de movimiento; la igualdad ante la ley; el derecho a un juicio justo y a la presunción de inocencia; la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; la libertad de opinión y de expresión; la reunión pacífica; la libertad de asociación; la participación en asuntos públicos y elecciones; y la protección de los derechos de las minorías. 

Asimismo, se nos invitó a trabajar conjuntamente para que se prohíba, evite y castigue la privación de la vida; la tortura, las penas o los tratos crueles o degradantes; la esclavitud y el trabajo forzoso; la detención o prisión arbitraria; las injerencias arbitrarias en la vida privada; la propaganda en favor de la guerra; la discriminación y la apología del odio racial o religioso.

Y por último, estimado lector, te comparto la tarea final del curso: 

 

PIENSA EN UN DERECHO HUMANO QUE TE HAYA SIDO VIOLENTADO. 

AHORA PIENSA EN LA FORMA DE PODER GARANTIZARLO Y RESPETARLO.