*Sus vínculos con la cúpula del Estado habían convertido al “Monje Loco” en la persona a quien recurrir para conseguir empleos y negocios o evitar ser deportado, entre otros beneficios.

 

Martha Cupa León

Un monje loco de gran carisma y elocuencia nacido en 1869, una princesa perdida cuyo cuerpo fue descubierto en 1997 (102 años después de su muerte) y los últimos zares de Rusia asesinados en 1918 por bolcheviques borrachos, se trenzaron en un pasaje de la historia universal que aún en la actualidad sigue causando asombro. Rasputín, la familia Románov y su hija Anastasia fueron los principales personajes del relato verídico que se ha trasladado a mitos, leyendas, libros, películas y hasta canciones.

Todo comenzó con el nacimiento de Grigori Yefímovich Rasputín en Pokróvskoye, Rusia, un campesino semianalfabeto que era considerado raro, pero dotado de dones misteriosos. Se casó en 1887 y tuvo tres hijos. Cinco años después de unirse en matrimonio abandonó abruptamente su aldea, esposa, hijos y padres, para peregrinar. Ingresó en la secta cristiana conocida como “flagelantes” en la que se creía que para llegar a la fe verdadera hacía falta el dolor y donde las fiestas y orgías eran constantes. 

Posteriormente regresó a su lugar de origen, donde pretendió tener la apariencia de Jesucristo y adquirió fama creciente de sanador mediante el rezo. Desarrolló un gran carisma personal debido principalmente a su conocimiento de las Escrituras, a su verbo fácil parecido al de un oráculo, a su fascinante mirada fija y penetrante: aunque tenía el pelo y la piel oscuros, sus ojos eran azules claros, lo que reforzaba el contacto visual. Era alto y, no obstante su cabello grasoso y su barba con residuos de comida (le gustaba el pescado crudo), les resultaba atractivo las mujeres. Además sabía cómo ganarse a la gente utilizando frases que parecían profecías.

EL SECRETO DE LOS ZARES DE RUSIA

En tanto crecía el prestigio de Rasputín, los zares rusos guardaban un secreto angustiante que ponía en peligro su dinastía. En 1904, después de tener cuatro hijas (Olga, Tatiana, María y Anastasia), la zarina alumbró a Alexei, el ansiado heredero del trono. Sin embargo, la dicha por este nacimiento se esfumó casi de inmediato: el ombligo del bebé sangró durante dos días al cortar el cordón umbilical. 

Fue el primer síntoma de hemofilia, una enfermedad hereditaria que transmiten las mujeres y se caracteriza por abundantes hemorragias internas y externas. En aquel entonces esta enfermedad no tenía cura y la esperanza de vida de un hemofílico era de 14 años. La familia Románov mantenía en secreto la enfermedad del zarévich porque esta noticia podía invalidar a Alexei como sucesor de su padre en el trono.

Una amiga de Alejandra Románov le habló a esta sobre los milagros de sanación que se le atribuían a Rasputín, así que en 1905 Grigori fue llamado al palacio de los zares para cortar una hemorragia de su heredero, la cual se detuvo mientras el stárets (o anciano, como se les llamaba a los curanderos en esa época) rezaba a su lado. 

Al respecto se ha dicho que los poderes de sugestión de Rasputín, sus rezos y su aplomo en momentos en que reinaba la ansiedad quizás ejercieron un efecto calmante, contrayendo los vasos sanguíneos (al contrario de la adrenalina, que los dilata). Grigori insistía en rezar y rechazaba los fármacos, lo que pudo tener efectos benéficos, ya que para calmar los dolores del zarévich se le administraba ácido acetil salicílico (aspirina), del que entonces no se sabía que licua la sangre.

También se ha dicho que Rasputín compartía el don de detener las hemorragias con otros campesinos que hacían lo mismo con el ganado, presionando sobre ciertos vasos sanguíneos para disminuir el flujo de sangre (un secreto que estos sanadores guardan celosamente). Gracias a esas aparentemente milagrosas curaciones, la zarina Alejandra confió ciegamente en Grigori, ya que las pruebas de sanación que le producía a Alexei eran inexplicables. Por tanto, Rasputín se fue a vivir con los zares para estar cerca del heredero.

Al proporcionarle al zarévich una especie de “hipnosis curativa” y la seguridad que su sobreprotectora madre no podía ofrecerle, los zares comenzaron a confiar en la opinión del curandero sobre los destinos de la santa Rusia. En el gobierno y en la corte se consideraba que la influencia de Rasputín sobre el zar y la zarina era nefasta en un momento en que la situación de la monarquía ya era muy crítica.

 

EL CURANDERO LICENCIOSO

En su época había rumores de que el “Monje Loco”, como le llamaban sus detractores, era una persona licenciosa y de que se le había visto numerosas veces borracho y en compañía de prostitutas y mujeres de la alta sociedad rusa. Una de sus máximas era: “Se deben cometer los pecados más atroces porque Dios sentirá un mayor agrado al perdonar a los grandes pecadores”. Sin embargo, los historiadores no han encontrado pruebas concluyentes que afirmen esta vida licenciosa. Independientemente de su veracidad, esta reputación ha sido trasladada a varias biografías, películas e incluso canciones.

Los zares no prestaban oídos a la mala fama de Grigori y, en cambio, temían que sus rivales le hicieran daño, privándolos del sanador del zarévich. Además Rasputín había profetizado que Nicolás II fallecería en un plazo no mayor a dos años después de la muerte del monje. Por tanto, en 1912 el zar ordenó a elementos de la policía secreta que vigilaran y protegieran al stárets.

La policía empezó a anotar todos los movimientos de Rasputín. Con base en esta labor se conoció la importancia de las prostitutas en la vida de él: las llevaba a su casa, a un hotel, a los baños… Y en ocasiones se relacionaba con varias el mismo día. A veces iba en busca de prostitutas tras estar en compañía de una dama respetable: al parecer, el contraste entre mujeres “buenas” y “malas” le insuflaba un mayor deseo. 

El historiador Josep Maria Casals señala que se hallaron testimonios de prostitutas que hablaban de un comportamiento singular: después de que Rasputín les pedía que se desnudaran, simplemente las miraba durante un rato o se echaba a su lado vestido. Tal vez, indica Josep, el motivo de sus encuentros con mujeres “malas” no era realizar el acto sexual, sino resistir la tentación, trascender lo carnal haciéndole frente. 

En 1914, la Primera Guerra Mundial llevó a Rasputín a la cima de su poder y a su caída final que arrastró a la dinastía. Pese a que el stárets le había sugerido al zar que no participara en dicho conflicto, Nicolás asumió la jefatura del ejército y partió a luchar, dejando a su esposa y al curandero a cargo de los asuntos del país. La zarina seguía al pie de la letra los consejos de Rasputín porque los consideraba emanados de la Providencia. Esta actitud de Alejandra provocó rumores sobre relaciones sexuales entre ella y el sanador.

Un ex amigo despechado del monje robó y puso en circulación cartas que la zarina había enviado a Grigori, en las que ella había escrito frases como “Solo deseo una cosa: dormir durante siglos sobre tu hombro mientras me abrazas”. Estas palabras, procedentes de una mujer consumida por la culpa de haber transmitido la hemofilia a su hijo y devastada por una ciática que la convertía en una inválida, fueron interpretadas en un sentido sexual. La Corona se desacreditaba ante el pueblo, y los monárquicos veían a Rasputín como peligro para la dinastía.

Sus vínculos con la cúpula del Estado habían convertido al “Monje Loco” en la persona a quien recurrir para conseguir empleos y negocios o evitar ser deportado, entre otros beneficios. Los peticionarios le pagaban grandes sumas de dinero que Gregori gastaba en juergas épicas. Esto, obviamente, también menoscababa la reputación de la Corona, así que de acuerdo con varios integrantes de la realeza, para salvar la monarquía, Rasputín debía morir.

Esta historia continuará la próxima semana en Otro País Noticias.