*Lo que me hace feliz es filosofar: pensar por mí misma y ayudar a que los demás construyan sus propios pensamientos.

 

Martha Cupa León

Al ingresar al tercer año de preparatoria elegí el área de Ciencias biológicas y exactas: había decidido estudiar Medicina. Mamá estaba orgullosa de que pasaría a formar parte de las personas más influyentes en mi pequeña ciudad natal: los médicos, los maestros y los sacerdotes. Sin embargo, al concluir ese nivel educativo cambié de opinión: estudiaría Filosofía y Letras. Mi madre se mostró decepcionada. 

─¿De qué vas a vivir? ─fue la primera pregunta que me hizo.

─La filosofía abrirá mi mente lo suficiente como para saber ser feliz con pocos recursos ─le contesté, convencida.

─¿Para qué sirve la filosofía? ─fue su siguiente pregunta.

─Para pensar mejor.

─¿Qué significa pensar mejor? 

─Pensar por mí misma, tener mis propias ideas y no imitar las de los demás.

─¿Significa ser original?

─Puede ser, pero la filosofía no busca la originalidad, sino encontrar respuestas a cuestionamientos sobre la vida: la mejor respuesta será lo que yo creo.

─¿Y después de estudiar filosofía cursarás otra carrera que te dé mayores ganancias económicas? ─preguntó mi madre, esperanzada─. Es bueno tener dos actividades: “una para el gusto y otra para el gasto”, como decía tu abuela.

─Podría ser ─le respondí.

Sin darse cuenta, mi madre era una filósofa: no intentaba imponerme sus puntos de vista, sino con preguntas me guiaba a encontrar mis propias respuestas, como lo hacía Sócrates con sus discípulos. Ella misma me puso el ejemplo de que en la vida siempre debemos cuestionarnos todo, mantener la curiosidad del niño que continuamente pregunta: ¿cómo?, ¿por qué?, para hallar razones. 

Ahora ella me cuestionaba para qué es útil la filosofía. Ella, quien desde niña me enseñó a evitar el maniqueísmo de los cuentos de hadas en los que la niña pobre necesita a un hombre rico, o la chica hermosa debe ser rescatada por un joven valiente, y a superar fantasías tales como que la sociedad se divide solo en buenos y malos. Ella, quien me enseñó a relacionarme concretamente con el mundo.

─¿Eres feliz? ─le pregunté alguna vez.

─¿Qué significa ser feliz? ─me respondió.

Y lo que siguió fue un diálogo entre las dos. ¿Por qué digo un diálogo, y no una conversación?, si normalmente las madres conversan con los hijos, no dialogan. Y aquí surge otra pregunta: ¿cuál es la diferencia entre diálogo y conversación? La respuesta nos la da Víctor Andrés Rojas Chávez, licenciado en filosofía con maestría en teología, docente e investigador de la Corporación Universitaria Minuto de Dios, en Colombia:

Conversación es el intercambio de ideas superficiales entre dos o más personas, quienes normalmente están de acuerdo; en cambio, el diálogo es profundo, pretende ahondar en las ideas y comúnmente los individuos que se comunican tienen criterios distintos: se crea una colección de argumentos. El diálogo también es diferente del debate, ya que en este último siempre hay un ganador y un perdedor. En el diálogo todos ganan porque enriquecen su pensamiento. El diálogo es un espacio para construir un pensamiento propio y lograr que el otro piense por sí mismo.

Cuando concluí la preparatoria le anuncié a mamá que no estudiaría Filosofía y Letras, sino Periodismo y Comunicación Colectiva. ¿La razón? Porque soy muy curiosa, me encanta preguntar y, con base en las respuestas de otros, crear la mejor respuesta para mí. Obviamente, en el periodismo tendría que informar lo que otros dicen, pero con base en las ideas de los otros crearía las propias, y estas serían las mejores para mí. 

─Me gusta esa carrera ─me dijo.

No me equivoqué. El periodismo me proporcionó herramientas para: dialogar mejor con el otro; reconocernos y construirnos mutuamente; entreverar nuestras subjetividades con las realidades que nos circundan, es decir, con el ámbito social. En mi vida personal esta actividad me ayudó a crecer como pensadora activa, como descubridora más que como receptáculo y como ser humano valioso y valorado más que como recurso o mercancía.

Obviamente ese desarrollo personal no es exclusivo del periodismo, sino que se puede lograr en cualquier otra actividad, desde cualquier trinchera porque aprender a pensar por sí mismo se logra a través del diálogo. Dialogar es filosofar. Filosofar es relacionarnos concretamente con el ambiente que nos rodea buscando el porqué y el cómo de todo lo que nos afecta. 

Pensar filosóficamente es una forma de ser ciudadano creativo porque al comprender cómo funciona el mundo a través del diálogo con los otros, se forman lazos entre comunidades. Estas plantean opciones de resolución de problemas sociales, políticos o económicos que se convierten en acciones democráticas que benefician a la sociedad.

Cuando las personas se encuentran, el mundo se transforma.

─¿Ser periodista te hace feliz? ─me pregunta mi madre.

─Lo que me hace feliz es filosofar: pensar por mí misma y ayudar a que los demás construyan sus propios pensamientos.