Incluir al que es diferente; hacerlo sentir parte del grupo; reconocer que el otro es diferente de mí, pero merece respeto; escuchar a quienes nos cuentan sus experiencias o comparten sus ideas sin juzgarlos ni aconsejarlos, sino comprendiéndolos…

 

Martha Cupa León

Cuando mi hijo estaba en preescolar, su maestra me dijo que era muy tranquilo y que los demás niños se aprovechaban de esto para molestarlo y que algunos incluso lo golpeaban.

─Debe enseñarlo a defenderse ─me urgió.

Me di cuenta de que la maestra se sentía con autoridad para darme ese tipo de sugerencias y esto me entristeció porque mostraba cómo era el ambiente en esa escuela: niños agresivos a quienes los docentes no estaban dispuestos a educar para la paz y, en cambio, arengaban a los alumnos pacíficos a defenderse: a usar la violencia contra la violencia.

 ─Los niños violentos son inseguros: necesitan imponerse ante los demás para demostrar quiénes son ─le respondí a la maestra─. En casa procuro alimentar la autoestima de mi hijo para darle seguridad en sí mismo y no tenga necesidad de agredir a otros para que lo respeten.

Cuando terminó ese año escolar lo inscribí en la primaria, en otra escuela. Mi hijo Javier  destacó por sus buenas calificaciones y por ser buen deportista: esto provocó la antipatía de Omar, uno de sus compañeros, quien comenzó a malquistarlo con los otros.

─Javier no es tan inteligente ni tan bueno para el fútbol, lo que pasa es que es el consentido de la maestra. 

Mi hijo se enteró de los comentarios de Omar, pero no les dio mucha importancia: estaba más interesado en sus tareas escolares, el fútbol y otras actividades que en prestar atención a su compañero de clases. 

Un día, la mamá de Omar me dijo que su hijo le había confesado que quería ser como Javier y me preguntó si yo podría invitar a aquél a que comieran, estudiaran y jugaran juntos para que Omar aprendiera a ser como mi hijo.

─Por supuesto que sí ─le respondí halagada.

Ambos convivieron durante toda la primaria y después se unieron otros dos niños: los cuatro se volvieron casi inseparables.

Lo anterior ocurrió hace más de diez años. En la actualidad, por fortuna los docentes están más comprometidos para educar para la paz, lo cual me lleva a preguntarme: ¿La paz es posible en nuestro mundo? Estoy segura de que la respuesta es afirmativa: que depende de nuestra actitud individual y del ejemplo que cada uno demos a los demás.

La educación comienza en casa y se refuerza en la escuela. Esta última debe contribuir a erradicar desde la infancia la violencia cultural: la de género; la de la desigualdad social que nos hace creer que unos merecemos más y otros menos, y la que nos hacer ver la explotación y la represión como algo natural. 

Para lograr la paz no es suficiente hablar de valores, sino de la práctica cotidiana de los mismos, especialmente por parte de los adultos, quienes debemos ser conscientes de esta gran misión que tenemos ante los niños, cuya opinión está influenciada principalmente por sus padres, sus hermanos mayores y después por la sociedad.  

Identifico cuál es mi mayor fortaleza, los valores que manejo y los aplico para auxiliar al prójimo. Puede ser algo tan sencillo como escucharlo. Cuando alguien ayuda a otro, siempre habrá una persona que lo imite. Y si cada vez hay más gente que practica la cultura de la paz en cualquier lugar donde se encuentre, seremos capaces de construir un mundo mejor.

Incluir al que es diferente; hacerlo sentir parte del grupo; reconocer que el otro es diferente de mí, pero merece respeto; escuchar a quienes nos cuentan sus experiencias o comparten sus ideas sin juzgarlos ni aconsejarlos, sino comprendiéndolos… Estos son ejemplos de actitudes que crearán círculos de paz y nos conducirán a mejorar nuestro estado físico, intelectual, emocional, espiritual, sociocultural y nos permitirán convivir con mayor armonía con la naturaleza.

¡Vamos a crear un lugar de paz!