Foto: Diego Simón Sánchez / Cuartoscuro

Por Jorge Meléndez Preciado

Una reflexión de Pedro Salmerón Sanginés, cuando estaba a cargo del Instituto Nacional de los Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), en el cual hacía una observación muy ponderada del empresario regiomontano, Eugenio Garza Sada, y consideraba “valientes” a un grupo de muchachos que siendo miembros de la Liga Comunista 23 de septiembre trataron de secuestrar y abatieron al industrial, mostró como la situación del periodismo y de las redes sociales en México no ha cambiado lo suficiente en esta llamada Cuarta Transformación.

De inmediato, la mayoría de los 60 mil tuits que recibió la afirmación de Pedro e innumerables notas periodísticas lo condenaron y señalaban a los guerrilleros como asesinos desalmados. Planteaban Salmerón que el industrial era un buen hombre; después Enrique Krauze escribió un panegírico acerca del millonario (Reforma, 22 de septiembre). A los atrevidos jóvenes que se fueron a la guerrilla, después de las matanzas del 68 y 71, más las represiones que hubo antes, se les consideraron unos criminales sádicos.

Jamás, en los diferentes artículos y comentarios que he leído, se ha puesto el acento no sólo en los acontecimientos comentados, ni siquiera en las represiones que hubo en las universidades en diferentes partes de la nación, de Sonora a Puebla. En esta última ocurrieron antes los homicidios de Joel Arriaga el 20 de julio de 1972 y el de Enrique Cabrera el 20 de diciembre de ese mismo año. Menos aún que al general José Hernández Toledo, quien fue herido en Tlatelolco, y al que bromísticamente se le decía el doctor, ya que encabezó la entrada militar en diferentes centros de estudios superiores, se le condenara.

Tampoco se ha resaltado que antes del homicidio de Garza Sada, en 1973, época de Luis Echeverría, este y su antecesor, Gustavo Díaz Ordaz, fueran censurados por ser empleados de la CIA, motejados como Litempo, y que recibían órdenes de someter cualquier movimiento, sobre todo los que se llevaron a cabo en Guerrero por medio de los líderes Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas.

Algunos de los dirigentes de las normales rurales de aquella entidad, el caso de Carmelo Cortés, a quien yo traté en la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED), se incorporaron a los movimientos armados.

Sin ese contexto, es muy fácil señalar: los jóvenes que llevaron a cabo la acción en Monterrey eran unos delincuentes sin alma, y no percatarse que la rebeldía de los muchachos era parte de una serie de represiones que venían en contra de los movimientos telegrafista, campesinos (Ramón Danzós, entre sus grandes líderes), magisteriales (Othón Salazar, principalmente), ferrocarrileros (Valentín Campa Y Demetrio Vallejo, entre otros) y telefonistas (Agustín Avesia).

Además, es cierto, la influencia de la Revolución Cubana marcó un antes y un después en la forma de encarar la lucha que no tenía ninguna posibilidad electoral, hasta que llegó la reforma promovida por Jesús Reyes Heroles en 1978, la cual dio un nuevo rumbo al país. Pero antes la Brigada Blanca con Miguel Nazar Haro, Fernando Gutiérrez Barrios y hasta el ejército fueron los instrumentos de unos gobiernos que se ostentaban como democráticos y eran una simulación al servicio de los Estados Unidos. Aunque, en el caso de Echeverría se presentó como muy liberal, por eso lo combatieron, absurdamente, los del Grupo Monterrey, a quienes les dio a ganar dinero como nunca antes. Incluso el Estado salvó a través de Nacional Financiera y el Banco Nacional de Obras Públicas a la mayoría de las empresas regias cuando entraron en bancarrota.

Es discutible, por cierto, que el PCM considerara a la Liga Comunista 23 de septiembre como “un grupo manejado por la ultraderecha, sin ninguna ideología revolucionaria”, como asegura un autor de origen extranjero muy ligado al ejército mexicano. Entre los militantes de esta organización izquierdista hubo apoyo, de muy diversas maneras, aunque se discrepara en la acción violenta per se. Sobre todo con los compañeros que provenían de la Juventud Comunista y se incorporaron a los diferente s grupos armados. Fue el caso de Raúl Ramos, a quien asesinaron en el Parque Hundido el 6 de febrero de 1972. Pero también con otros que estuvieron en la Facultad de Economía, el caso de Bonfilio Tavera, quien estuvo desaparecido por años y hace tiempo me informaron que no lo mataron y la libró.

Cuenta un militante de la Liga, Gustavo Hirales Morán (Facebook, 24 de septiembre), que incluso hubo infiltrados dobles entre la Dirección Federal de Seguridad y la mencionada organización, el caso de Manuel Saldaña, algo que muestra la ingenuidad de los muchachos que se alzaron. Y Apunta Gustavo que ahora sabe que el libro de cabecera de Eugenio Garza Sada era: Derrota Mundial de Salvador Borrego, quien era apologista del nazismo.

Luces y sombras. Pero lo afirmado por Salmerón puede ser algo reprobable para muchos, aunque la valentía y, en muchísimos casos torpeza, de esa generación debe estudiarse en serio. Para ello recomiendo el mejor análisis del caso: Represión y rebelión en México (1959-1985) del historiador Enrique Condés Lara (Porrúa- BUAP, tres tomos).

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