*Entender conceptos como  justicia, libertad, cooperación, respeto, diálogo, solidaridad, participación, empatía, democracia, escucha tolerancia, confianza, comunicación, consenso autonomía, aprecio, negociación y corresponsabilidad.

Martha Cupa León

Anita tiene ocho años. Asegura que en su hogar no hay violencia; sin embargo, escucha cuando su papá le da a su mamá el dinero para los gastos de la casa diciéndole “toma tu pago mensual”; o cuando le dice que le da lo equivalente a lo poco que ella era capaz de ganar en su último empleo de medio tiempo; o cuando después de una pelea entre ambos él le cancela la tarjeta de crédito adicional. La niña no sabe que su padre está ejerciendo un tipo de violencia: la económica.

Anita crecerá con la idea de que la forma en que su padre trata a su madre es la normal y cuando crezca permitirá que su pareja le haga lo mismo. Pero si tiene mejor suerte, la niña recibirá una educación para la paz y derechos humanos que le permitirá darse cuenta de que su papá atenta contra el derecho más importante que tiene cualquier persona: la dignidad. 

La dignidad es un derecho que se adquiere al nacer y se debe respetar muy al margen del color de la piel, condición social o nivel de estudios de las personas, destacó Mónica Adriana Mendoza González, licenciada y maestra en Filosofía por la UNAM, y estudios interdisciplinarios de Alta Especialización del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH), durante el curso virtual “Educación para la Paz y los Derechos Humanos”, organizado por el Museo Memoria y Tolerancia. Ahí, la especialista enfatizó la importancia de respetar la dignidad, la cual, aseguró, “es el núcleo duro de los derechos humanos, es el  valor intrínseco de las personas frente a valores extrínsecos que promueve la sociedad”.

Luego de indicar que en México se vive una violencia exacerbada, por lo que mucha gente tiene como principal objetivo preservar su vida, explicó que la violencia es todo aquello que impide a las personas autorrealizarse como seres humanos y satisfacer sus necesidades básicas y sus intereses. “La violencia impide u obstruye (acción u omisión) el desarrollo, la democracia y la vigencia de los derechos humanos”, señaló. 

Existen varios tipos de violencia:

La violencia directa es la que se ejerce por medio de golpes, empujones, bofetadas, sacudidas, pellizcos, patadas y todas aquellas lesiones hechas con diversos objetos. 

La indirecta es cultural, es decir se aplica mediante costumbres, ideas creencias y actitudes que se encuentran arraigadas en una sociedad y que van en contra de la dignidad e integridad de algunas personas o grupos: por ejemplo, que se crea que las mujeres deben estar dedicadas exclusivamente al trabajo doméstico mientras los hombres deben ser proveedores; considerar que las y los hijos son propiedad de las madres y los padres.

La psicológica: insultos, humillaciones, gritos, comparaciones, amenazas, apodos, intimidaciones, burlas… 

Violencia estructural: es aquella que proviene de las acciones u omisiones de las instituciones y que afecta gravemente a la sociedad; por ejemplo, el hambre, el desempleo, la falta de servicios médicos, el insuficiente abastecimiento de agua, la guerra… Es el reflejo de la ineficiencia y la corrupción institucional. Este tipo de violencia es la raíz de las injusticias.

Mendoza González explicó que la educación para la paz y los derechos humanos busca la paz positiva, es decir, aquella que se identifica con la presencia de justicia. Es un proceso activo de construcción de la justicia a través de aflorar, afrontar y resolver conflictos de una manera noviolenta (escrita así, en una sola palabra) para lograr una armonía del ser humano consigo mismo, con los demás y con el entorno. El concepto de la noviolencia está ligado al de paz positiva.

En México hemos aprendido más sobre la guerra que sobre la paz, por eso se nos dificulta la convivencia pacífica. Por lo tanto, la especialista aseguró que una cultura de paz se construye con el aprendizaje a vivir en paz. “La paz puede ser un propósito, una finalidad, un estado deseable, algo que hay que perseguir como condición para la vida plena, es un derecho, un deber, una tregua, un valor”. La educación para la paz plantea una forma de vida, una forma de lucha política y un modelo de sociedad. Implica un proceso transformador que busca hacer valer la justicia. También es una herramienta para resolver conflictos mediante la acción noviolenta.

Educar para la paz supone enseñar y aprender a resolver conflictos. El conflicto está presente de forma permanente en nuestra sociedad como manifestación de la diversidad de intereses y cosmovisiones. El conflicto se define como un choque de necesidades o necesidades no satisfechas; es consustancial a la vida, es un hecho natural de las relaciones sociales, es visto como la posibilidad del aprendizaje. Es una fuerza de transformación de la realidad, por lo que se debe afrontar de manera creativa y constructiva, es decir, noviolenta.

Seguramente, si Anita recibe educación para la paz y derechos humanos exigirá que no solo su pareja, sino todas las personas con las que se relacione respeten prioritariamente su dignidad. Aprenderá a ejercer sus derechos respetando los de los demás, reconocerá sus necesidades y capacidades y sabrá que puede tomar decisiones adecuadas. 

Asimismo desarrollará procesos de comunicación para alcanzar acuerdos y entenderá mejor los conceptos de justicia, libertad, cooperación, respeto, diálogo, solidaridad, participación, empatía, democracia, escucha tolerancia, confianza, comunicación, consenso autonomía, aprecio, negociación y corresponsabilidad. Se convertirá en una persona pacífica.