*Callar ante una pregunta es como el rebotar de un arma contra el escudo o la armadura. El que enmudece no queda a merced de nadie.

Martha Cupa León

Caminas relajada por la calle, un extraño se te acerca para preguntarte por un edificio, se lo señalas, tu respuesta le parece suficiente y se aleja. El desconocido te retuvo por un instante, te hizo recordar. Le contestaste rápido y con precisión, por tanto, se fue: entregaste lo que te pedía y no hay razón para verlo otra vez.

Continúas tu camino. Otro desconocido también te hace una pregunta: “¿Cómo te llamas?”. Le dices tu nombre: sin darte cuenta le has permitido acercarse a ti. “¿A dónde vas?”, la pregunta es como una mano que quiere atraparte, le respondes y esto para él significa que lo autorizas a tocarte, a olfatearte como el depredador que desea saber si te puede comer y a qué sabes. 

“¿Dónde vives, dónde estudias o trabajas?” continúa y la acumulación de preguntas te irrita porque con cada respuesta muestras aspectos de tu personalidad; aunque estos sean superficiales, guardan relación con otros subyacentes más importantes para ti y no estás dispuesta a mostrárselos a un desconocido. Entonces “la presa” tratará de evitar ser tocada: te pones a la defensiva. Procuras protegerte y buscas una respuesta sensata que ponga fin a esas preguntas que aumentan el sentimiento de poder del que interroga, sometiéndote cada vez más con tus respuestas.  

La pregunta más inocente es la que permanece aislada y no arrastra tras de sí ninguna otra. Pero el desconocido no se conforma con ninguna de tus respuestas y sigue interrogando. No encuentras la respuesta que acabe con sus deseos de seguir indagando. Se te ocurre que podrías reconocer la superioridad del que interroga adulándolo, de modo que este no necesite manifestarla él mismo; o bien puedes desviar su atención sobre otros a los que sería más interesante o productivo interrogar. 

Dice Elias Canetti que la respuesta nos aprisiona siempre, incluso en circunstancias normales. Ya no podemos abandonarla sin más ni más. La respuesta nos obliga a situamos en un lugar determinado y a permanecer en él, mientras el que interroga puede apuntar desde cualquier ángulo; nos rodea y elige la posición que más le conviene. El cambio de posición le confiere una especie de libertad que el interrogado no puede tener. 

En su libro Masa y poder, Canetti indica que hay preguntas que no deben hacerse a un extraño: si se las hacemos equivaldría a atacarlo, herirlo, invadirlo. La reserva, en cambio, lo convencerá de que lo respetamos, de que lo consideramos muy fuerte: esta es una forma de adularlo. Así se sienten seguros y permanecen en paz los humanos: manteniéndose a cierta distancia unos de otros, a salvo de cualquier pregunta, como si todos tuvieran la misma fuerza. 

La primera pregunta que suele hacerse a una persona es su nombre, es decir, su identidad; la segunda se refiere a su domicilio, el lugar donde vive. La edad y la profesión revelan su actividad, su influencia y prestigio social: ¿cómo hay que proceder con ella? Su estado civil muestra el entorno humano más inmediato que le pertenece: cónyuge o hijos. El origen y nacionalidad dan una referencia sobre sus posibles tendencias. Aunque nos incomoden tantas preguntas, contestamos con la verdad a gente que nos simpatiza.

Sin embargo, cuando se trata un interrogatorio judicial, que tiene un objetivo determinado, la pregunta se carga de desconfianza. El interrogador es el más poderoso, y el interrogado, el más débil y a este solo se le dejará libre si logra hacer creer que no es un enemigo. Le preguntan los caminos que ha recorrido, los lugares donde estuvo. Las horas que vivió, que entonces le parecían parecían libres y no controladas, son puestas de pronto bajo acusación. 

El interrogado debe recorrer de nuevo todos los caminos, volver a habitar todos los espacios, hasta que quede lo menos posible de aquella libertad de la que gozaba en el pasado. El juez ha de saber muchísimo antes de poder juzgar. Su poder está particularmente basado en la omnisciencia. Para adquirirla tiene derecho a hacer cualquier pregunta: “¿Dónde estabas? ¿Cuándo estuviste allí? ¿Qué hiciste?”. En la respuesta que sirve de coartada, un lugar se opone a otro, una identidad a otra: “A esa hora yo estaba en otro lugar. Yo no soy el que hizo aquello”. 

Y ahora decides rebelarte contra el desconocido que no cesa de interrogarte. Logró someterte con cada una de tus respuestas y sigue indagando. Sigues buscando la respuesta sensata que ponga fin a las preguntas… Decides guardar silencio. Lo ignoras. 

Dice Canetti que callar ante una pregunta es como el rebotar de un arma contra el escudo o la armadura. El que enmudece no queda a merced de nadie. El extraño se siente incómodo con tu silencio. Ahora sus preguntas son como flechas lanzadas al aire porque no obtiene respuestas y, por tanto, ya no le permites sentirse más fuerte que tú: ya son iguales. 

Se aleja. Ya no puede tocarte como con una mano con sus preguntas. Tu silencio le hizo entender que no eres su presa y que, por tanto, ya no puede olfatearte y mucho menos aprisionarte.