*Seamos disruptivos para resolver nuestros problemas y facilitarnos la vida: descubramos nuestras virtudes, apliquemos nuestra propia lógica en el terreno en que nos movemos

Martha Cupa León

 

Yo era muy ingeniosa en la escuela… hasta que un profesor me lo quitó. Ocurrió en el cuarto grado de primaria: 

En un examen de Química de opciones múltiples se pedía: “Indique verdadero (V), o falso (F), según corresponda”. En el problema número cuatro, decía: “El átomo es la unidad más pequeña de la materia”. Yo, convencida, escribí “F”. Cuando el maestro me entregó el examen me sorprendí al ver que calificó mi respuesta como incorrecta.

─Mi respuesta sobre el átomo es correcta ─le reclamé, indignada.

─¡Por supuesto que no! ¿Acaso no estudiaste? En el libro de texto dice perfectamente que el átomo es la unidad más pequeña de la materia ─la voz del docente se escuchó en todo el salón.

─Sí lo vi, pero también dice que, a su vez, cada átomo posee protones, neutrones y electrones, lo que significa que estos son más pequeños aún que el átomo ─contesté con voz clara y fuerte.

─Las respuestas correctas de los exámenes son las que vienen en los libros de texto, no las que a ti te parecen más lógicas ─me indicó.

Desde entonces aprendí que para tener altas calificaciones en las asignaturas debía apegarme a lo que leía en los libros de texto, aunque lo que estos decían no me pareciera lógico.

Sin embargo, en mi ámbito extraescolar seguí siendo ingeniosa, es decir, continué aplicando mi lógica:

Una mañana que estaba en la parada del autobús pasó por ahí una vecina de unos 60 años.

─¿Estás esperando el camión para ir a la escuela? ─me preguntó.

─Sí ─le respondí.

─¿Por qué no te vas caminando? Queda a unas cuantas calles de aquí. ¡Ah, ustedes los jóvenes son muy flojos: siempre buscan lo más fácil! ─comentó. 

Recordé que esa señora vivía en un tercer piso, así que de inmediato le pregunté:

─¿Usted usará una cuerda para subir a su departamento?

─¡Por supuesto que no, para eso están las escaleras! ─me respondió.

─¡Ah, ustedes los adultos siempre buscan lo más fácil! ─exclamé en el mismo tono que ella.

En ese momento reflexioné que este proceso de hacernos la vida más fácil es algo natural en el hombre y que, por tanto, no se trata de flojera, sino de creatividad. Sin embargo, muchas personas tenemos creencias que aprendimos cuando éramos niños y que damos por hecho sin analizarlas: las acatamos sin cuestionarlas. Este tipo de creencias se llaman paradigmas.

Fui la única mujer en una familia de cinco hijos. Durante nuestra infancia, a mis padres les resultaba muy sencillo regalarnos un balón de fútbol, una bicicleta o cualquier otro juguete varonil para que jugáramos todos los hermanos. Cuando invitaba a mis vecinas a casa, estas se sorprendían de que yo no tenía muñecas o juegos de té y se negaban a jugar soccer conmigo. Decían que este no era juego para niñas.

─¿Por qué hay juegos para niños y juegos para niñas? ─le pregunté a mi madre.

─Porque así se acostumbra ─contestó mientras preparaba la comida.

─¿Y por qué se acostumbra así? ─quise saber.

─No sé… Así también me acostumbraron a mí.

─Y si esa es la costumbre, ¿por qué yo no tengo muñecas y juegos de té? Tere y Mela dicen que yo solo tengo juguetes de hombres, y soy mujer.

─Tienen razón tus amiguitas, le diré a tu padre que te compre una muñeca ─me dijo sin perder de vista a la avena.

Lo anterior pudo ser una gran oportunidad de que mi madre abriera la mente y me dijera que clasificar los juegos para niños y para niñas era una costumbre absurda, pero no lo hizo y, en cambio, me transmitió ese paradigma, con el cual, por cierto, estuve en desacuerdo, pero no se lo dije porque yo también quería jugar a las muñecas con mis amiguitas.

Igualmente hemos aprendido paradigmas a través de frases u oraciones que repetimos sin pensar, por ejemplo: “Pobre, pero honrado” que implica que el dinero solo lo tienen los tramposos, lo cual no es cierto. “Las mujeres son mucho más honestas para gobernar que los hombres”, esto es un error porque no es el género, sino los principios los que nos dan la ética. “Es una persona muy trabajadora” lo decimos como si esto fuera una cualidad, sin embargo, no lo es si esa persona siempre hace lo mismo y no aprende nada nuevo, es decir, si no se desarrolla. 

Del mismo modo repetimos refranes como si fueran verdades incuestionables sin percatarnos muchas veces de que estos se contradicen, por ejemplo: “Al que madruga, Dios lo ayuda”, y luego decimos: “No por mucho madrugar amanece más temprano”. 

Muchos paradigmas también nos limitan: “Ya estoy muy grande para aprender esas cosas” o “los mexicanos no somos ambiciosos”, por ejemplo, son conceptos que hemos escuchado, creemos y, por tanto, nos disuaden de buscar el éxito.

Todos los hombres somos virtuosos en algo. Si revisamos nuestras capacidades nos daremos cuenta de que tenemos, por lo menos, una habilidad secreta. Rompamos con los paradigmas que nos impiden encontrar nuestras gracias y destrezas. 

La gente disruptiva es la que rompe paradigmas. Seamos disruptivos para resolver nuestros problemas y facilitarnos la vida: descubramos nuestras virtudes, apliquemos nuestra propia lógica en el terreno en que nos movemos, calculemos riesgos, preparémonos para asumir y superar las consecuencias de nuestros proyectos y… ¡logremos nuestros objetivos!