“¿Por qué los buscamos? ¡Porque los amamos!”, “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”.            

 

Martha Cupa León 

 

No sabía que ella está en el museo. Se pone frente a nosotros y mi primer impulso es salir de inmediato del lugar. Creí que el público asistente a la proyección especial del cortometraje Buscando a  Francisco solo estaría integrado por espectadores, como yo, pero aquí está la madre del protagonista, con otros familiares de personas desaparecidas.

No me esperaba que, al término de la película, el coordinador del evento llamara a Alicia Trejo para que abundara en el caso de la desaparición forzada de su hijo Francisco Albavera Trejo, ocurrida “hace seis años, tres meses y seis días” como indica la mujer en cuyo rostro se nota un enorme cansancio, pero muestra determinación en la mirada.

Al verla sentada enfrente, creo que no podré soportar ser testigo del gran dolor de esa madre, siento una punzada en el vientre al darme cuenta de la pesadilla que está viviendo. Otra señora sentada en la fila de adelante empieza a compartir una caja de pañuelos desechables para que los presentes, la mayoría de ellos transidos de pena, sequen el llanto.

No, yo no… le digo al joven que me hace llegar la caja, pero al ver sus lágrimas ya no puedo contener el llanto: tomo un pañuelo.  

La mayoría de los presentes en esta biblioteca del Museo de Memoria y Tolerancia son familiares de desaparecidos, pero también hay personas que afortunadamente no han sufrido una experiencia como la que muestra el cortometraje. Ellas están aquí para solidarizarse con las víctimas y para comprometerse a hacer visible la historia Francisco, que es un ejemplo de la tragedia que muchas familias viven –las palabras de Jorge Jiménez, coordinador del evento, me hacen comprender la razón por la que vine.

Y es que en días pasados recibí la invitación del Museo Memoria y Tolerancia para asistir a la proyección especial del cortometraje Buscando a Francisco, que se efectuaría hoy, viernes 30 de agosto, en el marco del Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. En el correo que me enviaron indicaban que la película tenía como objetivo sensibilizar a las personas sobre este problema. 

Vine con la única intención de ver el filme… No esperaba, repito, que la madre del protagonista estuviera presente: si lo hubiera sabido, seguramente no habría venido a ser testigo de su dolor… Pero aquí estoy y el resultado es que estoy siendo empática con su enorme pena… Experimento su sentimiento desgarrador y deseo que no lo sienta ella… ni nadie más.

El filme comenzó con el conocido poema de Martin Niemöyer:

 

Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.

 

Después se mostraron cifras: 34, 202 personas desaparecidas en México en 2018 y, en la actualidad, 36, 000 cadáveres no identificados. De 2009 a 2014, en 23 entidades reconocen 690 fosas clandestinas, 1418 cuerpos, 5786 restos…

–Irónicamente –comenta Jorge Jiménez– gracias a las fosas clandestinas, la gente comenzó a conocer los nombres y ubicaciones de poblados, municipios, que no le habían enseñado en la escuela.

–Gracias a las autoridades, a mí se me quitó lo pendeja –exclama Alicia–. Al principio no sabía nada de leyes, no conocía mis derechos, pero después de vivir mis dos pesadillas, he estado investigando sobre el camino que debo seguir para encontrar a mi hijo o para devolverles la dignidad que les han querido robar a las personas desaparecidas.

Alicia nos comparte:

 

Mi primera pesadilla fue la desaparición de Francisco, y la segunda, enfrentarme a las autoridades competentes, quienes, además de no hacer nada, tratan con prepotencia a quienes, en teoría, deberían proteger.

La vez que fui a denunciar su desaparición, la persona que me atendió me dijo: Reflexione, señora ¿no se enojó con su hijo y por esto él, hasta la madre de usted, se fue de la casa? Si cree que vamos a salir corriendo a buscarlo, está equivocada: aquí las cosas no son como en la televisión.

En el caso de los chicos preguntan si no están metidos en la delincuencia, y en el de las chicas, dicen que seguramente andan con el novio y agregan: no se preocupe, le está dando vuelo a la hilacha y, quizá, hasta con premio regrese.

 

–No les vamos a creer a las autoridades que nuestros familiares están fuera de casa por decisión propia –se dirige al publicó–. ¿Por qué los buscamos?

–¡Porque los amamos! –Se escucha el coro de la mayoría de los asistentes.

–No queremos solo discursos de las autoridades, sino que los busquen y los encuentren con vida, porque ¡Vivos se los llevaron y vivos los queremos! –gritan con ella, en coro nuevamente.

Jaime le cede el micrófono a Alfredo, quien se pone de pie entre el público y se dirige a este.

–Antes quiero pedirles disculpas porque voy a llorar, pero también quiero darles las gracias por su solidaridad. Vengo de una concentración donde hay miles de casos como el mío… Las autoridades nos preguntan qué les hicimos a nuestros hijos que provocamos  que se fueran. ¿En qué le falló como papá? Me cuestionó un representante del Gobierno… Y eso me desarmó. He ido a todos los rincones del país buscando a mi hijo –externa hipando–. Las autoridades nos aseguran que nos van a ayudar y, mientras esperamos su apoyo, las cambian y llegan otras que ignoran nuestros casos. En cambio, las mujeres siempre están en la búsqueda… Ellas meten las manos para sacar los huesos, les mientan la madre a las autoridades… 

–¿Por qué los buscamos? –se escucha de nuevo el grito de Alicia.

–¡Porque los amamos! –responde el coro.

–Las autoridades no hacen nada –dice la abuela de Waldo, otro chico desaparecido–. Solo nos endulzan los oídos: nos dicen que los buscarán, pero no nos dan resultados, queremos que los encuentren vivos, no solo que nos manden de Semefo en Semefo… Perdónenme, no puedo contenerme –empieza a llorar.

–A las autoridades les vino de poca madre el tema del narcotráfico porque, según ellas, ahora todos los desaparecidos son narcotraficantes –dice Nancy, hermana de Pedro, cuyo paradero desconoce–. Por eso las mujeres nos enojamos, por eso protestamos. ¿Y qué hace el Gobierno? Se enoja porque las pintas que hacemos y las rejas que destruimos desalientan la inversión extranjera… solo le interesa el dinero.

–Yo conocí a Alicia hace poco más de seis años, poco después de la desaparición de su hijo: era sumisa, tranquila, llorona, pero ahora se ha convertido en todo lo contrario: aguerrida, insistente, les mienta la madre a las autoridades  –dice la madre de una joven desaparecida.

–Da vergüenza vivir en un país donde el Gobierno tiene muchas herramientas para localizar desaparecidos y no haga nada y, en cambio, un jovencito como Gael tenga tantas agallas para hacer este cortometraje cuyo propósito es hacer visibles a los desaparecidos.

–Les puse en el escritorio el proyecto ya terminado a los directivos de Procine, y ni así quisieron ayudarme a financiarlo… Lo realicé con mis propios recursos… Decidí que si no me pagan, está bien, pero espero que ustedes lo divulguen para que las autoridades se den cuenta de que sí hay gente que apoya esta lucha –externa el creador del cortometraje.

–¡Hay días que no se deberían conmemorar y leyes que no deberían existir en este pinche país! –se escucha otra voz enardecida.

Termina el evento. Abrazo a una madre, a un padre, a una abuela, a una hermana, a familiares que sufren por sus desaparecidos. Se tratan de consolar entre ellos. De ahí parten a una manifestación en otro lugar de la Ciudad de México. Decido unirme a la lucha. 

Yo no sabía que Alicia presenciaría la proyección. De haber sabido, no hubiera ido, pero fui, la escuché, empaticé con ella, experimenté su dolor y fue tan cruel que no quiero que ella ni nadie más lo padezca: todos estamos expuestos. Por eso me solidarizo con esa madre, con todos los familiares de desaparecidos y me uno a los gritos: 

“¿Por qué los buscamos? ¡Porque los amamos!”, “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”.