*Al derretirse liberan plantas, hongos, virus, bacterias y radiactividad, entre otros

Alrededor del 70 por ciento del agua dulce del planeta está contenida, en forma sólida, en glaciares y campos de nieve, que aún cubren casi 15 millones de kilómetros cuadrados de tierra, pero debido al efecto invernadero y al aumento de las temperaturas, esa superficie congelada se derrite a razón de entre medio metro y un metro por año, según el Servicio Mundial de Monitoreo de Glaciares, de la Universidad de Zúrich.

De acuerdo con un estudio publicado por la italiana Rivista della Natura, los efectos más evidentes se observan en Groenlandia, en el Ártico y en la Antártida, pero también en los Alpes e Italia, donde la situación es preocupante con el glaciar de la Marmolada, el más grande de los Dolomitas, destinado a desaparecer por completo en menos de 25 años.

El hielo antiguo ha registrado y conservado durante siglos las variaciones climáticas, como se sabe por el análisis de los investigadores. “Pero en ellos también quedan atrapadas “trampas” de todo tipo que ahora, con su rápida disolución, están volviendo a la luz y, en algunos casos, a la vida.

De ahí los restos de antiguos cuerpos de animales y humanos que datan de miles de años (como la momia Ötzi o Similaun, del año 3300 aC), hallazgos arqueológicos, plantas, hongos, virus y “bacterias zombis” (microorganismos que podrían reactivarse, algunos potencialmente dañinos), así como mucho carbono.

De hecho, según un equipo de investigación internacional dirigido por científicos de la Universidad de Plymouth, en el Reino Unido, y en el que participaron académicos de la Universidad Bicocca, de Milán, los glaciares también habrían absorbido las llamadas consecuencias radiactivas, las cuales ahora podrían ser liberadas al medio ambiente.

Estos son los residuos de las casi dos mil explosiones nucleares habidas desde que se usa la energía nuclear. Miles de explosiones que liberaron una gran cantidad de partículas muy ligeras a la atmósfera, después de haber viajado miles de kilómetros, fueron a caer y quedaron atrapadas en bloques de nieve, que luego se convirtieron en hielo, ubicados a distancias considerables de los lugares de las explosiones.

El ejemplo más sorprendente es Chernobyl, que en 1986 lanzó grandes cantidades de Cesio 137 al aire, un metal alcalino altamente soluble en agua y químicamente tóxico, que contaminó los ecosistemas de la mitad de Europa.

De hecho, en el glaciar suizo Morteratsch, por ejemplo, se encontró una concentración muy alta de Cesio 137, equivalente a 13 mil 558 Becquerel por kilogramo, aproximadamente diez veces el límite máximo permitido para algunos alimentos humanos, como la carne.

En resumen, el derretimiento de los antiguos glaciares, además del daño ambiental y paisajístico, podría convertirse en una especie de “caja de Pandora”, cuya apertura parece bastante preocupante, dicen los investigadores.