*Cuando reflexionemos, en una década, sobre la gestión pública de la #Covid_19 deberemos reconocer que hubo actrices y actores que pudieron vivir ilustradamente su entorno.

Fuente: Tiempo Nuevo

Salvador Guerrero Chiprés

Decía Kant en 1784 que la ilustración “consiste en el hecho por el cual el hombre sale de la minoría de edad”. Es decir, cuando existe decisión, independencia y ánimo para separarse de la conducción de otro, se establece la condición fundamental de la mayoría de edad.

El filósofo expresaba gran optimismo respecto de que, dadas las condiciones de fines del siglo XVIII, todos serían, creíblemente para este 2020, capaces de aquella independencia de criterio.

No ha ocurrido de manera generalizada. No ocurre con respecto al debate de la gestión pública de la pandemia.

El periodismo y la política están con frecuencia supeditados a escuchar, sentir, expresar el modo y humor de los tiempos inmediatos. Tienden a evitar responsabilidades mayores en ausencia de su propio kantiano sentido de ilustración.

Cuando reflexionemos, en una década, sobre la gestión pública y las representaciones mediáticas de la Covid-19 —nadie se acostumbra al uso del artículo en femenino— deberemos reconocer que hubo actrices y actores que pudieron vivir ilustradamente su entorno, con independencia y criterio mayor al de los más poderosos centros de gravedad de la opinión, de ejercicio del poder y de las referencias globales, incluso respecto de la Organización Mundial de la Salud.

Me parece que es el caso de la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum.

Por ejemplo, en la conferencia de prensa de este lunes presentó evidencia de su crítico y cortés distanciamiento en relación con  “la minoría de edad” de la que hablaba el autor de Filosofía de la Historia y que se expresa en algunos espacios del poder y de la opinión pública.

Frente a la tentación casi indeclinable para los opositores de inculpar al Ejecutivo federal de una supuesta estrategia fallida, por ejemplo por sugerir tardíamente el uso del tapabocas, Sheinbaum invitó a su presentación ante los reporteros al Nobel Mario Molina quien, con sencillez y claridad, justificó el uso del cubrebocas a partir de un estudio que acaba de publicar. No hubo ni hay error, precisa el científico.

Molina, ganador del Premio Nobel de Química en 1995, demuestra otra vez la relevancia científica de la evidencia y se sincroniza con el posible tránsito de México hacia el cambio de semáforo.

Publicó en la prestigiosa revista PNAS el artículo “Identifying airborne transmission as the dominant route for the spread of COVID-19”, en el cual analiza la relación entre los movimientos de la curva de contagio en territorios paradigmáticos de la Covid-19 (Italia, Nueva York) y una población que utiliza el cubrebocas en China como parte de un hábito protector ante la contaminación característica de los nuevos centros urbanos de aquel país. Sentido común y ciencia.

Es inevitable, parte de un argumento político antes que científico, que la discusión de la utilidad del uso de cubrebocas para prevenir el contagio sea pretexto de algunos miles de piezas periodísticas que viajan de la ilustración a su total ausencia.

Con la citada participación, Sheinabum respalda una política pública muy clara, como lo es la recomendación no solamente de usar el cubrebocas, sino la de usar la inteligencia para establecer su propia identidad política.

@guerrerochipres