Trump aprovechó el hastío de los estadounidenses por las restricciones para combatir el virus afirmando que las advertencias de los expertos de salud de su propio gobierno eran exageradas.

Foto: Evan Vucci / AP

AP. Washington, Estados Unidos. 08 de noviembre de 2020.- El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha perdido. Pero el “trumpismo” no.

El movimiento ganó en las partes del país y entre los votantes a los que Trump cortejó durante cuatro años, llamando la atención una y otra vez sobre los aspectos más viscerales de casi cualquier controversia cultural en el Estados Unidos conservador, apostando a que el miedo y la ira fueran una mano ganadora. Casi lo fueron.

Joe Biden derrotó a Trump en la pugna por la residencia y estaba camino de obtener 306 votos electorales, un total que igualaría la ventaja que Trump exageró como un “alud” hace cuatro años. En un año electoral normal, una victoria así implicaría que Biden habría liderado la victoria de otros demócratas. En lugar de eso, varios candidatos prometedores al Senado y la Cámara de Representantes, incluidos algunos congresistas en el cargo, perdieron sus votaciones.

Para Trump, la situación fue la contraria. Su popularidad entre su base de votantes ayudó a proteger a republicanos en el cargo pero no bastó para salvarlo a él. Obtuvo más votos a presidente que cualquier otro candidato. Excepto Biden. El rechazo a Trump fue personal.

Nada en los comicios hacía pensar que el país estuviera de pronto menos polarizado. Trump consiguió votos en zonas donde ya tenía una base de apoyo, en poblaciones pequeñas y zonas rurales. Biden hizo lo mismo, sólo que más, en entornos urbanos y suburbanos, además de reducir la ventaja de Trump en algunas regiones rurales. El resultado no cambió el hecho de que buena parte del país sigue hablando idiomas políticos distintos.

“Esto desafió las expectativas de todo el mundo. Todo el mundo dijo que si Joe Biden gana, los demócratas ganan el Senado. Si Trump gana, los republicanos ganan el Senado”, dijo Rahm Emanuel, exalcalde de Chicago y que fue jefe de despacho de la Casa Blanca. “Eso no fue lo que pasó. Desde luego había una corriente de fondo”.

“La vida no es binaria”, dijo Emanuel. “Es más complicada. Florida, un estado que votó a Trump, votó a favor del salario mínimo. Illinois, un estado que votó a Biden, rechazó un impuesto progresivo sobre la renta. California, demócrata, votó en contra de la discriminación positiva en el entorno laboral”.

Emanuel dijo que los demócratas podrían haberse equivocado al no concretar sus planes para reconstruir la economía al tiempo que controlaban la pandemia, en lugar de centrarse en responder a los esfuerzos republicanos de tacharlos de socialistas.

“Trump jugó con el hastío de la gente con el COVID”, dijo. “Si hubiéramos dado la misma sensación de urgencia a poner la economía en marcha que a controlar el COVID, habría sido diferente”.

En su lugar, algunos demócratas defendían ampliar la Corte Suprema y poner fin al filibusterismo en el Senado, propuestas que podrían haber despertado temores a un control excesivo de un partido.

“Está claro que fue más frustración de los votantes con Trump que con la ideología del Partido Republicano”, dijo Mike Murphy, estratega de varias campañas presidenciales republicanas, y que rompió con el partido debido a Trump. “Claramente, la campaña presidencial se movía en un mundo aparte de la campaña por el Congreso”.

Como Trump hizo campaña sobre todo en territorio favorable, también ayudó a los candidatos republicanos en esas zonas.

“Trump impulsó a los candidatos republicanos aumentando enormemente la participación en zonas de mayoría republicana”, explicó David Axelrod, exasesor de Obama. “En los estados y distritos de inclinación republicana, ganaron con solvencia”.

Muchos votantes daban un argumento frecuente sobre Trump: Les gustaban sus medidas pero no podían admitir su personalidad motivada por la ira, su uso constante de Twitter como arma y la forma en la que ridiculizaba a cualquiera que osara disentir.

La petición de Biden de un regreso a la decencia y su petición de ser un presidente para todos los estadounidenses, y no sólo la base de su partido, fue una parte importante de su fórmula.

Pero lo ajustado de la carreras, incluso con la baja tasa de popularidad que había mantenido el mandatario, también mostraba el poder inherente de un presidente que opta a la reelección. Hay un motivo por el que en un siglo, sólo tres presidentes electos antes de Trump perdieron su campaña de reelección.

Cuando un presidente pierde, el partido del vencedor suele ganar presencia en el Congreso. En 1980, cuando Ronald Reagan derrotó a Jimmy Carter, los republicanos arrebataron 12 escaños a los demócratas. En 1992, la victoria de Bill Clinton sobre el presidente George H.W. Bush llegó acompañada de tres escaños demócratas del Senado arrebatados a senadores en el cargo. Cuando Franklin D. Roosevelt derrotó al presidente Herbert Hoover en 1932, los demócratas ganaron casi 100 escaños en la cámara baja y una docena en el Senado, dándole las grandes mayorías que necesitaba para aprobar las medidas del New Deal.

Pero ningún presidente en la memoria reciente había mantenido una lealtad tan férrea de su propio partido como Trump. Apenas un puñado de congresistas republicanos osaron desafiarle, temiendo verse a un tuit del presidente de afrontar un rival en las primarias. Estuvieron a su lado durante su juicio político, cuando sólo el senador Mitt Romney, republicano por Utah, votó a favor de condenarle, y fue marginado por Trump. Varios seguían apoyando a Trump incluso en la derrota, haciendo afirmaciones sin pruebas de fraude electoral.

A algunos votantes les gustaban las duras declaraciones de Trump sobre comercio y hacer que otros países pagaran más en los esfuerzos conjuntos de defensa. Merecido o no, le atribuyeron el mérito por una economía que florecía antes de la pandemia. Y Trump aprovechó el hastío de los estadounidenses por las restricciones para combatir el virus afirmando que las advertencias de los expertos de salud de su propio gobierno eran exageradas.

Aun así, siempre hubo un límite en cuánto podían aguantar el agresivo estilo de Trump.

No el suficiente, sin embargo, para dar a Biden una mayoría en el Senado, o al menos no hasta que se conociera el resultado en Georgia de dos segundas vueltas, previstas para enero.

Pero algunos demócratas también señalaron que habían retenido la mayoría de sus escaños en estados disputados y que Biden había ganado en algunos distritos indecisos. “También hay muchos distritos que Biden cambió respecto a 2016, como mi distrito”, dijo la representante Elaine Luria, de Virginia. Su margen de victoria fue más del doble en esta ocasión que en las elecciones anteriores, cuando se enfrentó al mismo rival.

“La conclusión sobre que los republicanos ganaran en escaños tradicionalmente republicanos fue su participación sin precedentes”, dijo Luria. “Trump no pudo aprovechar esa participación para sí mismo, porque sus acciones y mensajes en los últimos cuatro años le hicieron intragable para la mayoría de los estadounidenses”.

Claramente, Biden se veía como una alternativa necesaria y aceptable. No tenía un lema pegadizo como el “Esperanza y cambio” cuando era compañero de fórmula de Obama en 2008. En lugar de eso, canalizó el deseo nacional de acabar con el ruido, pasar página en un periodo tan marcado por el odio y la ira inspirados desde la misma Casa Blanca.