* Una puerta semi abierta que permite un vistazo al Vaticano, pero es suficiente  para quedar asombrados de las costumbres y el tipo moral de sus habitantes.

Por Tomás Tenorio Galindo

Designado apena 33 días antes, el papa Juan Pablo I murió inexplicablemente envuelto en un misterio aún no despejado, el 28 o el 29 de septiembre de 1978. Albino Luciani, como se llamaba, terminaba a si uno de los papados más breves de la historia, uno de los más conflictivos, y sumió en graves implicaciones al pequeñísimo y poderosísimo Estado Vaticano.

De inmediato se esparció por todo el mundo la versión de que había sido asesinado por personajes del mismo Vaticano, movidos por oscuros intereses presuntamente amenazados por el “Papa de la sonrisa”, como se apodó a Luciani, un hombre extremadamente alejado de los vericuetos de la alta política y más dado a la fe bucólica sin pizca de rebuscamiento. 

Paul Marcinkus, arzobispo y director del Banco del Vaticano fue siempre el más señalado como autor del complot que habría provocado la muerte del Papa, a quién se atribuían intenciones de separarlo del importantísimo cargo. Marcinkus, según la versión, tenía mucho que ocultar del manejo de las arcas del Vaticano, lo cual parecía motivo suficiente para organizar un asesinato en la sede de la Iglesia Católica.

Este era el panorama cuando en 1988 John Cornwell, un periodista inglés, se propuso investigar la muerte de Juan Pablo I, extrañamente animado por un funcionario del mismo Vaticano.

Cornwell preguntó aquí y allá, entrevistó a los personajes clave, a quienes estuvieron con el Papa en sus últimas horas se sometió al sorprendente mundo de chismes y medias verdades que resultó ser el Vaticano, y produjo un excelente libro que mezcla la crónica clásica con el género policiaco, el reportaje vivo, el arte de la búsqueda a toda costa y la paciencia detectivesca. En suma, una novela de la vida real. 

Espeso, Como un ladrón en la noche (ediciones Aguilar) permite una deglución amena, entretenida, eficaz. Está escrito en capítulos más bien breve, destinados a relatar pasajes específicos o a reproducir entrevistas con las figuras protagónicas.

Y es asombroso el resultado de sus investigaciones: quiso escribir sobre una muerte importante y terminó mostrando la cara oculta del Vaticano, en un rastreo quizás más valioso que el de la muerte misma. Por ejemplo: Matcinkus, el más culpable de acuerdo con los rumores, fue probablemente –dice Cronwell- quien más ayudó en la indignación, que virtualmente lo exonera pero también lo muestra como es, un estruendoso gringo montado en las arcas vaticanas, ganado por los negocios y perdido por la fe.

John Cornwell tuvo que arrancarles los datos a los vaticanos, ocupados como estaban por aventarse la pelotita unos a otros, lo que finalmente lo lleva a elaborar una hipótesis distinta del asesinato y a reconstruir por sí mismo los hechos ocurridos en la cas papal aquella noche del 28 de septiembre de 1978, en un ejercicio de imaginación que deja en el ridículo a Santa Sede. Establece de una manera casi irrefutable que a Albino Luciani nadie del Vaticano lo quería en la silla Papal, y que eso contribuyó decisivamente en su muerte “Negligencia” y  “falta de amor”, dice, llevaron a la muerte al Papa, enfermo desde tiempo antes de su designación y sujeto a una enorme presión por el cargo que él no aspiraba y para el cual se sentía terriblemente inepto. 

Dos imágenes pintan ese hecho de un modo rotundo; Juan Pablo I, el Papa, el jefe de la Iglesia Católica, evita salir al jardín de sus aposentos porque el cardenal Villot, secretario de Estado, lo persigue para entregarle alteros de documentos para leer y resolver.

El otro: una vez, salió al jardín con el propósito de estudiar ahí un documento confidencial que le entregó al cardenal Villot. El jardín estaba en la azotea del edificio. Vino un viento en el momento preciso en que el Papa estornudaba y las hojas volaron y cayeron en las calles de la ciudad vaticana. Guardias y bomberos tuvieron que recoger las hojas, sucias , que de aquel documento confidencial. Y el Papa en la azotea, quedó mundo como un niño que no atina a reaccionar frente a lo que hizo mal. 

Albino Lucianni declinó la primera vez que fue designado por el cónclave de cardenales , pero no pudo hacerlo por segunda ocasión y tuvo que afrontar su nombramiento. Era un hombre que huía de los problemas y de las presiones. Cornwell, analizando el carácter del Papa y el peso del cargo, sugiere algo que es completamente posible: que su designación fue equivocada, o que así fue considerada por la jerarquía del Vaticano, lo que podía constituir un punto de partida para evitar que continuase en el mando.

El periodista no pudo confirmar el crimen, pero halló que la responsabilidad de la muerte podía atribuirse a la gente que rodeó al Papa y a erráticas y evasivas costumbres del Vaticano, difícilmente distinguible del chismorreo de lavandera, como compara el propio Paul Marcinkus en un gesto autocrítico. 

Como un ladrón en la noche es seguramente apenas una puerta semi abierta que permite un vistazo al Vaticano, pero es suficiente  para quedar asombrados de las costumbres y el tipo moral de sus habitantes.