*Todos sabemos que a Guerrero nada parece haberle dado más fama, principalmente de la mala, que las dudosas historias de su carácter bravío, según las cuales los guerrerenses son los campeones de la reyerta

Por Tomás Tenorio Galindo

El tamaulipeco Rafael Ramírez Heredia despertó su añeja predilección por Guerrero y, émulo de Alejandro de Humboldt, le dedicó un desbocado librito de viajes en el que practica su derecho a la libre cháchara con el buen ánimo de quienes han sido atrapados por la campechanía del sur. Se  trata de una superficial pero fiel ojeada, suficiente para describir la llana idiosincrasia guerrerense, expuesta aquí más allá de la leyenda y la infamia.

Todos sabemos que a Guerrero nada parece haberle dado más fama, principalmente de la mala, que las dudosas historias de su carácter bravío, según las cuales los guerrerenses son los campeones de la reyerta: pero, en cambio, pocos podrían recordar verídicamente  sus mejores y más auténticas prendas. obtenidas en el goteo de siglos enteros de mezcolanza racial y de ardua sobrevivencia, desde los antiguos tiempos de los cuitlatecos, los chumhias, los yopes y los nahuas, hasta el estropicio de los españoles, los esclavos africanos introducidos a México por Acapulco y el vendaval de los tiempos modernos.

El resultado de esta cruza histórica, como en todo el país, es una bien afincada cultura en la que hay de todo.

Un lenguaje florido y chocarrero que revuelve  castellano con las palabras prehispánicas, en una suma lírica que ha aportado vocablos resonantes y expresivos como sagarate y churrunda, cuija, sarácata y yurémita,  y que funciona a la perfección en el tráfago verbal de los zanjas. Una música explosiva y romántica, en el cual se combinan magistralmente las tamboras, las guitarras y los violines para el lucimiento de los huapangos. bones, gustos, chilenas y corridos, dos de cuyos mejores intérpretes en la actualidad son el trovador Alfonso Salgado y Arturo Vil tela. Uno de los grandes compositores populares de Guerrero, Agustín Ramírez, dejó a su muerte en 1957 un repertorio saturado de poesías para guitarra, entre ellas la clásica “Por los caminos del sur”, a la que recurrió Ramírez Heredia para titular su libro. Y junto a esa música está la danza, cultivada, precaria pero virtuosamente en los pueblitos de herencia india, y por supuesto: la comida, cuyo reinado detenla, sin oposición alguna, el pozole.

Pues bien: el repentino gitano Ramírez Heredia montó en su Volkswagen azul y a mata caballo se propuso recuperar para los lectores el paisaje y la vida cotidiana de Guerrero. Anduvo por todas partes y escudriñó completa su geografía humana, incluido el loco de San Nicolás, que en el rayo del sol de la Costa Chica permanece encadenado a un grueso tronco en medio de la calle y que fue causa de razonable escándalo para el visitante. Registró apresurado la calcinante reverberación de la Tierra Caliente, con su centenaria afición a las peleas de gallos y la perpetua presencia cardenista que allí continúa indemne al cabo de tantos años y pese a la refriega electoral de 1989. Visitó Taxco, la ciudad más bella del estado, y Chilpancingo, la más fea. Acapulco casi no existe en el librito y tampoco se le extraña. Eludió los sitios consabidos y se consagró a los desconocidos, las pequeñas poblaciones y las apagadas rancherías que al final de cuentas constituyen el verdadero corazón de Guerrero. Y lo consiguió. Su breve champurrado sirve para conocer al Guerrero de las cajitas de Olinalá. Ahora tendrá que regresar para ver cómo quedó todo después de la extenuante crecida social de enero.