*La historia que podemos conocer en “Apegos Feroces” es veraz, identificarse con ella puede resultar sencillo, aunque también nos enfrenta a pasajes en los que podríamos pensar que las acciones y reacciones de sus personajes son irracionales, que “yo nunca haría algo así”

Nat Tenorio
Febrero 2021

Desde hace unos años he estudiado la filosofía budista, con más o menos entusiasmo dependiendo del momento. Una de las ideas fundacionales del budismo es la de las 4 nobles verdades, y dentro de estos cuatro postulados encontramos uno que habla de lo siguiente:

Samudaya: La segunda verdad considera que todo sufrimiento proviene del apego, la ignorancia y el deseo.
Según este postulado cualquier forma de apego es causante de sufrimiento, así sea el apego “chiquito” que podamos tener por un caramelo. El ideal máximo del budismo es lograr deshacernos de todo apego, incluso el apego a nosotros mismos, y con esto librarnos del sufrimiento.

Si el apego, a secas, genera sufrimiento, ¿qué generará un apego feroz? Planteado así suena muy dramático, pero podría casi asegurar que todas las personas hemos tenido apegos a todos los niveles, desde el apego que sientes por la rebanada de pizza que sobró y temes perder ante uno de tus hermanos, hasta aquella relación tóxica que tanto daño te hizo y no sabes por qué no dejaste antes. El apego es probablemente una de las experiencias humanas más naturales, tal como lo es el sufrimiento.

Es precisamente por esto último que Apegos Feroces no se trata de un libro de sufrimiento exacerbado, es un retrato de la relación de la autora, Vivian Gornick, con su madre, un vistazo a una parte de su infancia y adolescencia en el Bronx, una reflexión sobre la presencia de una mirada femenina casi opuesta a la de su madre en sus años formativos, el antes y el después de la muerte de su padre, y una revisión a su vida romántica. Es un relato desnudo, por lo mismo, sincero y real de una vida.

Vivian a sus 40 y tantos, acostumbra a reunirse con su madre de 70 y tantos para hacer largas caminatas por la ciudad de Nueva York, un punto móvil de encuentro, que bien podría representar lo diferente que puede resultar la relación entre una madre y una hija en diferentes momentos de la vida de ambas. Estas reuniones/paseos sirven como detonador de recuerdos y reflexiones, disparando la narración hacia el pasado.

Nos remontamos a la infancia de la autora en un edificio del Bronx, viviendo la vida comunal de las personas de recursos limitados, una forma de vida comparable a la que se lleva en una vecindad mexicana, la palabra clave de estos lugares es: comunidad, un acuerdo indispensable e implícito de apoyo entre vecinos, o mejor dicho entre vecinas.

Una de las frases iniciales del libro dicta “En total había veinte apartamentos, cuatro por planta, y lo único que recuerdo es un edificio lleno de mujeres.” Bajo esta premisa Gornick nos introduce a su amiga Nettie, quien llega a vivir al edificio y entabla una relevante pero desafiante amistad con su madre y una jovencísima Vivian.

Para cimentar aún más la ausencia masculina del relato (y para resonar más con mis elecciones lectoras del momento) el padre de Vivian muere a temprana edad, otorgándole a su madre el papel de su vida, el de la viuda sufriente, y definiendo en gran medida el desarrollo de la relación entre las dos.

La historia se sigue desarrollando mientras las ideas de Vivian se alejan de las de su madre, creando inevitablemente una distancia intangible entre ellas y facilitando el conflicto, que, irónicamente, es a veces señal de cercanía.
La historia de la adultez de Vivian hace más evidente la ambigüedad de la relación con su madre, reflejo de muchos de los condicionamientos a los que estamos expuestos como parte de la generación en que cada quien nacimos y el contexto que nos tocó en general.

Gornick nos cuenta su salida de la casa materna (y de la ciudad en que creció) mediante sus estudios universitarios y un matrimonio que se deteriora rápidamente, hasta devolverla a Nueva York, divorciada y por esto, cómoda. Llegamos a conocer un poco más de su vida, sus relaciones afectivas con otros hombres, y la compañía, a veces cercana y a veces no tanto, de su madre, hasta llegar a los paseos por la ciudad.

Las relaciones entre madres e hijas siempre son complejas, y normalmente longevas. Si no hablamos de casos excepcionales en los que hay una separación definitiva, son relaciones que fluctúan por diferentes etapas y humores, que se estiran y aflojan, que se debilitan solo para volver a fortalecerse después, que pueden sentirse amenazadas por intervenciones de terceros (como en este caso por la presencia de Nettie en un momento clave de la formación de Vivian), que viven alegrías y tristezas en común, o que se acompañan en aquellas que no son compartidas.

La historia que podemos conocer en Apegos Feroces es veraz, identificarse con ella puede resultar sencillo, aunque también nos enfrenta a pasajes en los que podríamos pensar que las acciones y reacciones de sus personajes son irracionales, que “yo nunca haría algo así” pero la realidad es que solo nos pone frente a un espejo que incómodo o no, es un reflejo de la humanidad que compartimos.