¿Cuánto te amas a ti mismo, a tu vida y a tu presente como para desear que se repitan?

 

Martha Cupa León

 

Dedicar esta columna al año que acaba de concluir o al que comienza implica hablar de recuerdos: lo que sucedió en el 2020, o de conjeturas: lo que creo que ocurrirá en 2021. En el primer caso se trata del pasado, y en el segundo, del futuro: ambos son imágenes de hechos o situaciones que están en nuestra mente. Fuera de esta existe el presente.

 La mayoría de las civilizaciones humanas tienen una concepción lineal del tiempo: pasado, presente y futuro. El pasado se genera por la muerte: ya no existe, y el futuro es incierto. Aquí recurro a Friedrich Nietzsche (1844ㅡ1900), quien concibe al tiempo “edípicamente”: cada instante solo existe si mata al anterior, su padre, para inmediatamente ser matado por el siguiente. Para él, pasado y futuro solo son sueños, y el presente es el límite inextenso e inconsistente entre ambos.  

Por tanto, al igual que el filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770ㅡ1831), prefiero soslayar los dos polos del tiempo que son el pasado y el futuro para concentrarme principalmente en el presente. 

De acuerdo con Aristóteles, el tiempo nos circunscribe, nos envuelve, sin que podamos generarlo ni dominarlo. Estoy de acuerdo con él; sin embargo, somos capaces de decidir sobre nuestro presente y con base en lo que hagamos hoy, influir en nuestro futuro.

Concuerdo con mucha gente en que debemos vivir este día como si fuera el último y, por consiguiente, hacer lo que nos agrada. A mí me gusta escribir. A mi esposo, leer el periódico. A mi hija, bailar. A mi hijo, ir al gym. A mi hermana, el chocolate. A uno de mis amigos, el mezcal. ¿Qué pasaría si cada día me dedicara únicamente a escribir, o mi hermana solo a comer chocolates, o mi amigo solo a degustar mezcal? Muy probablemente yo viviría en la pobreza, mi hermana adquiriría una enfermedad grave, y mi amigo se volvería alcohólico: sería muy difícil vivir contentos en nuestro futuro inmediato.

¿Entonces es conveniente vivir este día como si fuera el último, considerando las consecuencias que esto conlleva? Friedrich Nietzsche resuelve este dilema por medio de una de sus ideas más famosas: la del eterno retorno que aparece en La gaya ciencia, también intitulado en español como El alegre saber, una de las obras capitales de este filósofo alemán. 

Nietzsche, conocido por su enfoque poco convencional de la filosofía, presenta la idea de la recurrencia eterna como una especie de experimento mental en el aforismo 341, “El peso más grande”. Ahí plantea la pregunta: ¿Cuánto te amas a ti mismo, a tu vida y a tu presente como para desear que se repitan? Y nos sugiere que amemos nuestra vida de tal modo que deseemos repetirla, conscientes de que todo lo bueno y lo malo que nos ha sucedido se repetiría tal como es y ha sido.  

Propone que una de las maneras de vivir lo mejor posible es tomar nuestras propias decisiones, de acuerdo con el sentido de nuestra vida, y que en lugar de decir “porque así debe ser”, digamos “porque yo lo quise así”. La reinterpretación del tiempo de este filósofo implica la necesidad de amar a la vida en el aquí y ahora, como si fuese un presente eterno, conscientes de los efectos de lo que hacemos: un acontecimiento da lugar a otro. La mente siempre trabaja sobre algo que es previo. 

El presente está siempre inmerso en una época, y una época es, generalmente, una sucesión de presentes. Estamos en la época de reflexión sobre lo que hoy queremos hacer teniendo en cuenta las consecuencias. Según Aristóteles, la prudencia es ordenar las cosas para un fin. Hoy elijo ser prudente: cuidar mi salud, la de mi familia, parientes, amigos y conocidos para vivir con mayor libertad y desear experimentar mil veces todo lo que vivo en mi eterno presente.